Los agricultores de cabecera que están revolucionando el campo asturiano

Cuatro pequeños productores del área central que venden directamente a consumidores explican por qué vivir de la huerta en Asturias es una salida laboral con presente: «No es tan esclavo como nos vendieron»

¿Qué es un agricultor de cabecera? Pues aquel que, con los productos que salen de su huerta, alimenta directamente a un grupo de personas y familias. Sin intermediarios de distribución, como llevan años aconsejando desde organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), al entender que la agricultura familiar y los pequeños productores son claves para la transición agroecológica por la que deberían pasar los sistemas alimentarios actuales para ser más sostenibles y garantizar la seguridad y la soberanía alimentarias en esta época de incertidumbres por el cambio climático y pandemias como la del coronavirus.

En Asturias, en donde apenas el 2% de los productos hortofrutícolas que se comercializan son de aquí, también se quiere impulsar esta agricultura familiar y ecológica de proximidad porque, de mano, es una de las patas de la economía rural que se necesita para que el campo asturiano no siga perdiendo habitantes. El comisionado para el reto demográfico de Asturias, Jaime Izquierdo, hace años que viene planteando esta idea del agricultor de cabecera o de familia, «por analogía con el médico de cabecera», que, según recoge en su ensayo La ciudad agropolitana. La aldea cosmopolita, es quien trabaja la tierra en la periferia rural para atender «el abasto total o parcial» de un número  determinado de familias que vive en la ciudad.

«Esa captura de mercado, y el establecimiento de una relación de fidelidad y confianza, le crea al agricultor un horizonte de estabilidad para dimensionar su explotación», explica, sobre una figura que encaja como un guante entre las iniciativas que se necesitan para revitalizar el medio rural periurbano y devolverle el protagonismo que tuvo antaño suministrando alimentos en las ciudades. Cuatro pequeños agricultores ecológicos del área central de Asturias, cuyas explotaciones son las huertas de cabecera para familias de Oviedo, Gijón y Avilés, explican a continuación por qué decidieron reciclarse laboralmente para trabajar la tierra y vender lo que obtienen de ella directamente a las familias que confían en sus productos. 

Diego Bárcena, de Huerta La Enredadera, en Corvera d'Asturies
Diego Bárcena, de Huerta La Enredadera, en Corvera d'Asturies

Diego Bárcena, de la Huerta La Enredadera, en Villa (Corvera d'Asturies)

De crear carne de laboratorio a cultivar en ecológico

Hasta hace tres años, Diego Bárcena, que estudió biología molecular e hizo un doctorado en biomedicina, se dedicaba a crear carne de laboratorio. Era especialista en tejidos sintéticos: «Mis estudios están relacionados con la alimentación y acabé teniendo claro que el camino a seguir no era hacer carne de laboratorio, sino que más gente se anime a dar el salto a la agricultura».

Con ello en mente, lo hizo y se vino a vivir a Asturias aprovechando que justo acababa de terminar un contrato de investigación. «La vida del investigador no es muy agradecida, en España sobre todo, pero yo estaba fuera y tampoco lo es», explica Bárcena, que nació en México y cuya madre y abuelos son asturianos. «Nos vinimos a Asturias con mi abuela. Teníamos unas fincas de mis abuelos y ahora mi zona de actuación, o de cabecera, es Avilés y comarca», dice, explicando que tiene unos 2.000 metros cuadrados de terreno en Villa, una parroquia de Corvera d’Asturies, que en estos tres años ha convertido en la huerta La Enredadera.

Como otros pequeños productores ecológicos de frutas y hortalizas, reparte a domicilio tras pasar cada semana por whatsApp un listado con lo que tiene disponible en la huerta. El domingo prepara los pedidos y, el lunes, dedica la mañana a vender en la plaza de Avilés y, la tarde, a repartir casa por casa. A la plaza acuden a recoger sus productos quienes han hecho un pedido inferior a 10 euros, que es el mínimo para el reparto a domicilio.

«Tengo dos o tres familias fijas cuya alimentación depende en más del 30% de mi huerta, que piden 40 euros a la semana de verdura. No sé si son vegetarianos, concienzudos con la salud o que tienen confianza en lo que vendo», dice Bárcena, que vuelve a jugar con la terminología del médico de cabecera para explicar que tiene al menos otros 20 clientes o familias «con patologías menores» que piden con una frecuencia más esporádica. Una semana sí y otra no, o que directamente se acercan a la plaza. 

Si antes formaba parte de los estudios de laboratorio con los que se pretende resolver los problemas de la seguridad alimentaria del planeta, ahora también, pero teniendo claro «de dónde viene la comida» y apreciando lo gratificante que es «vivir con las estaciones». Y, aunque a veces queden desdibujadas por el cambio climático, «como no tenemos ninguna experiencia, como somos nuevos agricultores, quizá sea más fácil adaptarnos. No vienes con la experiencia de que la faba hay que plantarla en tal mes. Todo es nuevo», dice, poniendo como ejemplo las conversaciones de los campesinos de siempre en la plaza de Avilés.

Hay un interés muy grande en la población por alimentarse de forma saludable, luego ya se verá si es temporal o permanente

«A todo el mundo se le espigaron las berzas en febrero y se sorprendían por ello. No mencionan el cambio climático, pero lo están notando». Diego Bárcena no tenía ninguna experiencia en agricultura ecológica cuando llegó a Asturias dispuesto a trabajar la tierra de sus abuelos. Preguntando por «las huertas de cabecera de la zona», dio con otra pequeña explotación ecológica, la huerta La Figal, que está en manos de Adrian Hopkins, en Illas, muy cerca de La Enredadera.

«Empecé a trabajar con él una vez a la semana. Estuve un año y medio de aprendiz y para mí es un referente en Asturias y en España. Trae todas las técnicas anglosajonas de cultivos y su visión para optimizar la tierra me gusta mucho: no se trata de cultivar una hectárea o 12, sino en 2.000 metros cuadrados sacarle el máximo rendimiento a lo poco que tengas», explica Bárcena, que está sorprendido por los resultados de ventas a raíz de la pandemia de coronavirus. Todos los agricultores de estas huertas familiares incrementaron sus ventas.

«Hay un interés muy grande en la población por alimentarse de forma saludable, luego ya se verá si es temporal o permanente, pero sí que se nota un cambio», dice Bárcena, a quien algunos clientes le han confesado que llevaban 20 años sin bajar a comprar verdura a la plaza de Avilés. Por eso piensa que sí que se puede vivir de la tierra. «Es que si no se puede estamos jodidos», precisa, pensando en los males que nos asolan si no conseguimos un desarrollo más sostenible que evite pandemias y mitigue el proceso de aceleramiento del cambio climático.

«Si no logras vivir de ello económicamente, por muchos ideales que tengas, no sirve de nada. Tiene que llegar un punto en el que puedes vivir bien de ello», dice, empeñado en demostrarlo para que resulte «igual de apetecible poner tu propia huerta que abrir una peluquería o un bar, que también es esclavo y también te da poco». Bárcena recuerda que cuando empezaba, al hablar con asturianos, siempre le decían que «eso no da nada, que es muy esclavo, que no y que no…, todo era negativo». Aunque también, añade, «quieren los valores de la tierra; quieren consumir huevos frescos y añoran la época de los abuelos. Y por el otro lado, te desincentivan de hacerlo. Hay que encontrar un punto medio».

Mientras sigue trabajando en su huerta -«que no es tan esclavo»-, repartiendo a domicilio y vendiendo en la plaza de Avilés, satisfecho con el giro que le ha dado a su camino en la vida, quiere compartir lo que ha aprendido de la huerta y está intentando crear un grupo de pequeños agricultores para «ayudarnos entre nosotros con conocimiento y formaciones internas». Y, lo más importante, para «facilitar la entrada a nueva gente, de manera que tengan una red de apoyo si quieren empezar con una huerta».

 

Laura Ibarra, en la huerta
Laura Ibarra, en la huerta

Laura Ibarra, de Haba Garden, en Valle Zureda (Lena)

«Hacen falta más pequeños productores»

Laura Ibarra, que es la única pequeña productora ecológica del área central entre Oviedo y la frontera con León, cuenta que durante el confinamiento la demanda de producto ecológico de proximidad fue una locura absoluta. «Mis ventas han mejorado con la pandemia, pero en los meses de confinamiento no teníamos para satisfacer la demanda. No hubo producción suficiente en Asturias para abastecer», dice, explicando que los agricultores de cabecera del triángulo que forman Oviedo, Gijón y Avilés son pocos -en torno a una veintena- y «nos conocemos todos».

De hecho, ella distribuye sus productos y los de otras huertas de cabecera, incluida la de la finca El Cabillón que la Fundación Edes tiene en Tapia de Casariego, que «tienen muchos invernaderos y compensan los fallos de producción de los pequeños».

«Hacen falta más pequeños agricultores, salir adelante es complicado pero es un nicho de mercado», considera Ibarra, que lleva 10 años trabajando la tierra y está al frente de Haba Garden, que ocupa 2.500 metros cuadrados en varias fincas en Valle Zureda, en Lena. Es decir, media unidad de trabajo. «Empecé porque me pidieron en L'Arcu la Vieya, que es la tienda de comercio justo de Oviedo, que fuera su productora», explica Ibarra, que entonces estaba embarazada y ahora es madre de dos hijos. «He ido muy despacio y ahora, que ya tienen 10 y 6 años, vamos a otro ritmo y puedo hacer más cosas».

No quiero más clientes, no puedo abastecer a más familias

En 2017 solicitó una subvención de desarrollo rural para el reparto a domicilio que no era la ayuda para menores de 40 años porque «como fui despacio por la crianza, me pasé de la edad». Ahora atiende a unas 30 familias en Pola de Lena, Mieres y Oviedo, aparte de lo que vende en L'Arcu la Vieya. Tiene una lista de correo y cada semana les pasa lo que tiene disponible. «No quiero más clientes, no puedo abastecer a más familias -dice-. La verdad es que me vendría muy bien que hubiera alguien más por mi zona».

Ibarra, que es de Oviedo pero lleva 16 años viviendo en Lena, vivió también 10 años en Navarra. Allí se inició en la agricultura ecológica -«cuando alguien me cuenta que cultiva y que no lo hace en ecológico, me resulta raro. En pequeñas producciones no tiene sentido no hacerlo así»- y vivió en el monte una temporada. «Cuando empiezas una forma de vida así, ya no hay marcha atrás. Cuando volví a Oviedo, para trabajar en la oficina técnica de la variante, estaba en un piso. No había río ni podía encender el fuego. Te acostumbras y se me hizo raro estar como encerrada», recuerda.

Casi como quienes vivieron el confinamiento por la pandemia en las ciudades y pensaron en cambiarlas por el campo. «A mí encanta, yo estoy feliz haciendo lo que hago. Lo hago porque me gusta. Es mi pasión y mi forma de vida. Vivir en el campo y vivir del campo», dice Ibarra, que reconoce que es un empleo en el que «trabajas muchísimas horas, es físico, tienes que estar fuerte y sana, ser autónoma con muchos gastos, dependes de la climatología»… Pero que compensa. «Ganó más que cuando empecé, pero hay un límite ahí entre la calidad de vida y la calidad de negocio. Cuando quieres calidad de negocio, no tienes calidad de vida», considera Ibarra.

Lucía Díaz, de Trébole de Agua, en Villaviciosa
Lucía Díaz, de Trébole de Agua, en Villaviciosa

Lucía Díaz, de Trébole de Agua, en la riverA (Villaviciosa)

«Trabajar la tierra es un lujo y te da una libertad que no tienes en ningún otro sitio»

Lucía Díaz lleva un par de años al frente de Trébole de Agua, un proyecto de producción ecológica que antes estaba en manos de otras personas en otra explotación. «Heredé los clientes, no la tierra. Antes tenía huerta para casa y mi pareja tiene algo de tierra, me animó y de aquella pedí una primera instalación», explica esta gijonesa que estudió Periodismo -«le dediqué poco tiempo, llevaba años con trabajos temporales, precarios, criando a mi hija…»- y ahora gestiona casi dos hectáreas en La Ribera, en Villaviciosa, en donde está en pleno proceso de montaje de unos mil metros cuadrados de invernaderos.

La producción la vende a domicilio a través de una lista de WhatsApp a consumidores de Gijón, Villaviciosa y Cabranes. «No pedimos ningún tipo de compromiso. Todas las semanas mandamos lo que tenemos y hay quien pide y quien no. Tenemos gente que pide todas las semanas, otros una vez al mes y hasta por temporadas, por ejemplo cuando en verano hay tomates y otras cosas ricas», explica. A la semana prepara por lo menos unas 20 cestas, aparte de las que se vayan sumando cada dos semanas, al mes o temporada.

La huerta ecológica de su casa la tuvo 10 años y también vivió en colectivos en los que el terreno era mucho mayor. También forma parte de Biltar, la red de semillas de Asturias, «en donde hay profesionales como Susana, de Libélula Huerta. Tenía referentes cercanos y compartir conocimientos hace que te animes. Es mucho más fácil que hacerlo sola».

La pandemia le pilló con el montaje de los invernaderos: «No teníamos mucha producción y paramos durante un mes y pico, pero todo el mundo se volvió loco a comprar local. No sé si va a durar o no, pero luego en verano las ventas fueron bastante normales, como cualquier año. Por un lado hay ganas de que se convierta en algo real, pero luego por el otro si pones demasiadas lechugas y te las tienes que comer tú…»

Se valora mucho el producto local e incluso más aún más que sea ecológico

En todo caso, tiene claro que la pequeña producción ecológica de hortalizas y frutas es un mercado laboral emergente. «En Asturias se consume cerca del 2% de producción local. El campo de crecimiento es enorme. Además, hay una cosa muy buena que es que la gente, en general, valora mucho el producto local y yo diría incluso que valora aún más que sea ecológico según qué nichos de mercado». Por ello, considera que «merece la pena a nivel de negocio hoy en día tal y como está la cosa».

«Nos vendieron que vivir de la tierra era muy esclavo pero, teniendo en cuenta los niveles de esclavitud laboral que hay hoy, no, ya no es tan esclavo como antes», afirma. No es tan esclavo y se puede vivir de ello: «Te da de comer a ti y no tiene por qué ser una inversión grande si tu familia tiene tierras o tienes acceso a ellas más o menos fácilmente. Si no tienes tierras igual ya no es tan fácil, pero sí que puede ser una opción laboral».

Eso sí, considera que es importante concienciarse de que la producción local «no consiste solo en llegar aquí, conservar un territorio y generar una economía local, sino que también le das a la agricultura unas condiciones dignas, pagas unos precios justos y ahorras intermediarios». Y además se obtiene «un nivel de libertad que no te lo da otra cosa a día de hoy: te organizas tú tus tiempos, tus ritmos, conciliaciones familiares… Para mí, personalmente, trabajar la tierra es un lujo». Pone un ejemplo de esta misma semana, cuando fue a dejar a su hija al colegio a las nueve de la mañana «y había una luz que da igual en qué oficina estés o lo que estés haciendo, porque no la vas a tener en ningún sitio más que fuera, al aire libre». 

Darío de las Heras, de La Huerta Joyana, en plena faena
Darío de las Heras, de La Huerta Joyana, en plena faena

Darío de las Heras, de la Huerta Joyana (Illas)

«Gano la mitad que en Madrid pero no tengo que dar explicaciones a nadie»

Darío de las Heras, que dejó Madrid en 2012 para venirse a vivir a un pueblo de Illas -«mi mujer y mi padre son asturianos»-, dice que era un profano cuando empezó a trabajar la huerta. «He estado peleando y haciendo callo hasta que me profesionalicé hace dos años. Y, aunque cuesta sacar dinero de la tierra y hay muchas cosas que no dependen de uno, estoy contento», asegura. Y eso que ha pasado por dificultades económicas, «con la familia cobrando el subsidio los dos, cobrando 850 euros y pagando 500 de alquiler, pero la verdad es que hemos empezado a levantar cabeza los dos a la vez».

Él, repartiendo las verduras de La Huerta Joyana, que es el pueblo en el que vive, a domicilio y en el mercado de la plaza de Avilés. Y su mujer, que era administrativo, hizo el grado de enfermería y desde hace año y medio trabaja en el hospital de San Agustín. «Cuando he empezado yo a levantar cabeza ha sido justo cuando ella también, aunque la que da seguridad a la economía es ella. Te puede venir un buen verano, pero al siguiente malo y es complicado».

De las Heras tiene la unidad de trabajo completa: 5.000 metros en exterior. También acaba de montar un tercer invernadero y tiene un cuarto a medias. «Me estoy dando cuenta de que ya no llego a más», dice, señalando que el casero -«tengo mucha suerte»- le ha ofrecido más tierras pero ya no quiere más. Ahora atiende a unas 40 familias a través de WhatsApp, de las que una veintena hacen pedidos semanales.

«Hay una docena de familias muy afines y fieles desde que empecé y que para mí ya son como amigos. Los viernes envío lo que tengo disponible en la huerta, porque cada semana puede cambiar, y sirvo los martes. Me organizo el fin de semana para la cosecha del mercado y para los repartos», explica, indicando que los pequeños productores de la zona central participan también en el mercado de Raíces en Salinas.

«Hay bastante compañerismo, no nos vemos como competencia, y ahí está la idea de hacer una asociación de pequeños productores», dice. Como al resto, durante los primeros meses de la pandemia, le aumentaron los repartos a domicilio. El doble. «Por eso en verano no podía atenderlo todo, me desbordé con los pedidos en primavera. Fue exagerado. La gente estaba en casa aburrida viendo Facebook y cocinando. No hay mal que por bien no venga». 

Hacemos más política con nuestra cesta de la compra que yendo a votar cada cuatro años

De las Heras obtuvo en su momento la ayuda a jóvenes agricultores pero «por los pelos porque me faltaban tres meses para cumplir los 41 años». 50.000 euros a fondo perdido. «Hay ayudas de Europa que la gente ni se plantea y 50.000 euros para la agricultura cunden mucho, para el tractor, para los invernaderos…»

También es agricultor por convicción: «En general todo el mundo está en esto por un tema de conciencia ecológica. Te das cuenta de que tienes claras otras cosas. Yo gano la mitad que en Madrid pero no tengo que dar explicaciones a nadie. Sí, los marrones me los como yo solo, pero el contacto con la naturaleza es la caña. El jabalí me hace unos estropicios de la virgen y, esto sé que es una gilipollez, pero cuando bajo a los invernaderos y me encuentro a uno, subo contento para casa».

En su opinión, la pequeña producción ecológica debería ser más promocionada como nicho emergente de empleo, aunque reconoce que «la maquinaria y el monstruo nos pueden. Yo no como un tomate en enero porque como mis tomates cuando los tengo. Tengo la huerta, claro, pero nos han educado a lo bestia para que pensemos que tenemos que tener disponible cualquier producto en cualquier momento del año de cualquier latitud del planeta».

Es decir, lo contrario del desarrollo sostenible que aporta el consumo de productos de proximidad y respetuosos con la Tierra, en mayúsculas. «Lo tenemos asumido. La gente no sale a comprar pensando que es enero y que no va a encontrar tomates. Así es como nos han educado a consumir», insiste de las Heras. «Hacemos más política con nuestra cesta de la compra que yendo a votar cada cuatro años», concluye.

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