Huertos escolares en Asturias: «Queremos que todo nuestro jardín sea comestible»

El IES Rosario de Acuña, en Gijón, puso en marcha el suyo este mismo curso, repartió varias cosechas y ya tiene organizado un equipo para hacerse cargo en verano

En el IES Rosario de Acuña, situado en el barrio del Polígono de Gijón, todos los caminos llevan al huerto ecológico que cultivan y cuidan un grupo de alumnas y alumnos de 3º del Programa de Mejora del Aprendizaje y del Rendimiento (PMAR). Es uno de los ocho huertos escolares ligados a proyectos pedagógicos de innovación educativa que están en marcha en Asturias. Lo empezaron a montar este mismo curso y, pese a todos los inconvenientes que ha supuesto la pandemia de coronavirus, de dos de los cuatro grandes bancales que lo integran ya han ido recogiendo varias producciones de repollos, coliflores, berzas, kale, puerros, zanahorias, lechugas, ajos, perejil, albahaca y otras variedades de verduras y hortalizas que crecen libres de químicos y plagas.

«Salimos todos los viernes a trabajar dos periodos de hora y media cada uno y, si tenemos tarea atrasada, algún otro día», explica Clara Rosa Rodríguez, profesora de ámbito científico en 3º de PMAR a cargo del proyecto Aula a huerta, ecológica y sostenible. «Decidimos usar bancales de diseño propio. Compramos jardineras listas para montar y el grupo del taller de madera, que también nos hizo las mesas de trabajo, añadió listones para hacer la zona de cultivo más amplia», añade. Son varios los departamentos que participan con diversas actividades en este proyecto, que tiene como principal objetivo «ser felices cultivando comida sana y aprender haciendo». 

El huerto, además de permitir al alumnado conocer de primera mano los procesos biológicos y productivos, permite aprovechar las zonas verdes del recinto escolar de forma sostenible, descubriendo de paso los beneficios de la agricultura ecológica en el medio ambiente y en su propia salud. «La idea es hacer un jardín comestible. Queremos que todo nuestro jardín sea comestible», recalca Rodríguez.

Frutales y frutos rojos

El Acuña, en este sentido, es uno de esos centros escolares -como todos los del barrio- que tienen la ventaja de disponer de una gran zona verde, hasta ahora centrada en planta y arbolado ornamental. Este año ya se han plantado algunos árboles frutales como nisales y hasta un olivo, dentro de una de las actividades del departamento de cultura clásica relacionada con los mitos, así como arbustos de pequeños frutos como grosellas o frambuesas, que irán ocupando una amplia línea en la zona del instituto que linda con la escuela de educación infantil Alejandro Casona, que también tiene desde hace tiempo un cuidado huerto escolar que, con la pandemia, han dividido en dos zonas para trabajar con distancia. Con ellos han hecho una actividad para recuperar envases para un jardín vertical compartido.

En el Acuña, antes de que acabe el curso, tendrán también listos otros dos bancales con los cultivos de verano como tomates, pimientos, berenjenas, guindillas o physalis. En la zona de trabajo, en la que tienen los semilleros, también tienen plantada frambuesa, grosella y calabazas. Como la iniciativa tiene por objeto fomentar un aprendizaje colaborativo y cooperativo, también reciclan pequeños contenedores que aportan las familias del alumnado para plantar patatas, alguno mezclado con fresas, de las que también quieren producir planta ahora que ya tienen lista la estructura del huerto.

Ya han cosechado bastante verdura y hortaliza. De las lechugas, por ejemplo, hasta tres producciones. Se la reparten entre ellos, a condición de que luego publiquen en el grupo de clase la foto y la receta de lo que han cocinado con lo que se han llevado para casa, o se la ofrecen al profesorado a cambio de la voluntad como hicieron recientemente con ajos, zanahorias o diferente verdura de hoja. «Lo pusimos en la sala de profesores para que cogieran lo que quisieran y juntamos 14 euros para comprarles fruta», cuenta otro de los alumnos, Miguel Azevedo. El proyecto también nace para fomentar hábitos alimenticios saludables entre el alumnado, apreciando y disfrutando de lo que se cultiva, pero también entre toda la comunidad educativa del centro, profes incluidos.

Asociaciones de cultivos

La estructura de los bancales elegidos da mucho juego. «Decidimos utilizar jardineras altas porque debajo hay mucha piedra de cuando construyeron el centro. También pusimos malla dentro para que no se junten las raíces con el suelo y proteger la madera para dure más», explica una de las alumnas, Alba Duarte. Siempre dejan que se espigue alguna planta para ver el ciclo completo y apreciar que existen muchos tipos de flores y, como es un huerto ecológico, utilizan humus de lombriz, compost y un abono natural para que los caracoles no entren y se coman los plantones, pero solo al principio.

Hacen uso de asociaciones de cultivos para que se ayuden entre ellos y están pendientes de que no entren plagas. «Si salen mariposillas hay que buscar porque alguna larva puede quedar  por ahí y salen de un día para otro, pero donde hay puerros es difícil que haya plagas», explica Clara Rosa Rodríguez. También recurren a la albahaca, la ruda o los tagetes, muy útiles en el huerto ecológico.

¿Quién va a cuidar el huerto en verano?

En el exterior del centro solo hay dos puntos de agua y, aunque ya están ideando un sistema de riego, hasta ahora lo hacían a pulso con las regaderas. «No se quejan», dice Rodríguez, mostrando la distancia que hay con los bancales, «además hay un grupo de apoyo en el recreo; siempre hay alguien pendiente, porque este año tenemos más actividades de tarde, y se riega a diario». El huerto ecológico, aparte de la docena de estudiantes de PMAR que lo miman, tiene colaboradores voluntarios. «Puede que no parezca mucho, pero es muy importante para nuestra pequeña comunidad. Si hay una frase que resume el proyecto es colaborar y practicar todos», asegura la docente.

«Despeja mucho de todas las clases trabajar en el exterior y, cuando empezamos a plantar y a recolectar, aprendimos a llevarnos bien, a colaborar en equipo, a organizarnos, a compenetrarnos», añade Alba Duarte, dejando muy satisfecha a su profesora. El proyecto tiene precisamente ese objetivo: ser un espacio de encuentro y participación, fuera del aula, que permita de forma indirecta mejorar la convivencia y la autoestima individual del alumnado, motivando y previniendo el abandono escolar.

El verano ya lo tienen resuelto. En julio el alumnado del Plan PROA estival estará pendiente durante las mañanas y, en agosto, ya tienen organizado acudir por turnos. Alumnado, profesorado y conserjes. «Todos participan en el proyecto. Además para entonces ya tendremos sistemas de depósito de riesgo. Está todo controlado para que en septiembre esté todo crecido y no se pierda nada», explica Rodríguez, que no pasa por alto que es un proyecto que casa perfectamente con la promoción de la alimentación ecológica, saludable y de kilómetro cero, que puede llegar a ser una oportunidad de trabajo para los ahora estudiantes y que, ya de mano, aumenta su autosuficiencia.

El amor por la tierra

Ella aprendió todo lo que sabe de agricultura ecológica con Santiago Pérez, el primer agricultor que la puso en marcha en Asturias allá por los años 80 en su finca de Pruvia, en Llanera, que siempre está abierta a nuevos aprendices. «Soy alumna suya, de seguimiento de vida. Tiene dos hectáreas de terreno que llevan décadas siendo rentables para tres familias», apunta. La semana pasada, como el proyecto también pretende preservar la cultura local e impulsar en los jóvenes el desarrollo de valores que dignifiquen la vida en el medio rural a través de encuentros con personas mayores, fue invitado al instituto para charlar y compartir su enorme saber -de cultivos, pero también de respeto por el entorno y por los demás- con los estudiantes.

El proyecto del IES Rosario de Acuña no ha hecho más que empezar, puesto que también quieren colocar carteles con códigos QR en cada cultivo o frutal explicando sus usos, promover el compostaje comunitario implicando a toda la comunidad educativa, crear una guía de cultivo ecológico urbano para difundirla entre las familias y el barrio, realizando también actividades y talleres, o crear redes con otros centros que también tengan huertos escolares para ir completando ese círculo que supone ser conscientes de que el momento actual, en plena crisis climática, requiere prácticas y hábitos de consumo sostenibles y respetuosos con el entorno y la Tierra.

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