¿'Conejita', espía? No: Amazona

Por qué la flamante premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2021, Gloria Steinem, sigue levantando pasiones y odios

La vida de Gloria Steinem es cualquier cosa menos corriente. Definirla con una sola palabra -feminista, periodista, escritora, activista- sería, simplemente, una grosera reducción de la realidad. Una realidad personal de la que Steinem siempre ha querido ser capitana y amazona, de la que siempre ha aferrado con fuerza las riendas.

Nació en una ciudad norteamericana del tamaño de Gijón, Toledo (Ohio) en 1934, hija de un simpático comerciante de antigüedades judío, Leo Seinem, y una presbiteriana, Ruth Nuneviller. Antigüedades tal vez puede dar una impresión equivocada: vivían en una caravana que se movía de aquí para allá en función del precario negocio familiar durante una época entre (o dentro de) la Gran Depresión y la segunda guerra mundial que parece sacada de una novela de Steinbeck.

Ella contó en su famoso libro My Life on the Road (Mi vida en la carretera) que a veces, su padre tenía un deseo tan intenso de ponerse en camino que dejaban los platos sucios de la cena en el mostrador y simplemente se iban. Anhelaba su viaje a ninguna parte. Para la pequeña Gloria, esa fue una vida al parecer feliz, pero en absoluto para su madre, angustiada siempre por cómo podrían poner comida en su mesa cada día.

Así que ese nomadismo no duró mucho. Una grave crisis nerviosa de su madre desembocó en un divorcio. Gloria tenía diez años cuando se quedó a vivir junto a Ruth en Toledo, mientras su padre se mudaba al otro extremo del país, a California.

La situación económica de su hogar se agravó debido a las dificultades que su madre pasó para encontrar un trabajo; no solo por su estado de salud, sino por la situación femenina de la época. Este hecho definiría un rasgo fundamental de la aguda mente y, por tanto, de la carrera de Gloria: la conciencia de la escasa consideración que las mujeres tenían en los EEUU de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Eso forjaría un núcleo duro de su pensamiento que ya no abandonará nunca.

 ¿Activista, espía?

Obviamente no lo tuvo fácil, pero era una joven brillante y luchó. Con ayuda de su hermana mayor, asistió a la universidad y obtuvo una licenciatura en letras magna cum laude. Inquieta y poco convencional, a partir de ahí su devenir sigue curiosos vericuetos. Fue contratada por un extraño organismo llamado Servicio de Investigación Independiente (IRS por sus siglas en inglés) que resultó ser nada menos que un instrumento financiado por la CIA. Años de guerra fría y macartismo generan en la agencia una suerte de delirio paranoico, espejo de su antagonista, la KGB, que pretende fichar y controlar todo aquello que huela a disidencia política.

Para sus críticos, siempre aclaró que trabajar en el IRS eso no significaba haber pertenecido a la CIA ni mucho menos; puesto que desconocía quién lo financiaba. Nada más lejos. De hecho, también era sospechosa por lo contrario: había asistido a dos festivales juveniles respaldados por los soviéticos en la década de 1960, viajes pagados precisamente por el IRS.

 Y conejita Playboy, pero no

Mientras hacía sus avances como periodista escribiendo aquí y allá, para realizar un artículo titulado A bunny’s tale (Historia de una conejita), trabajó como conejita Playboy. Así desvelaría cómo se explotaba laboralmente a las mujeres que trabajaban en esos clubes. Pese a tratarse de un trabajo audaz de denuncia, irónicamente fue clasificada como conejita del ahora apolillado imperio Hefner, y eso le pasó factura profesional.

Las secuelas de ese trabajo se prolongaron duraron décadas. Intentara lo que intentara, automáticamente era clasificada como «reportera femenina», y guapa por añadidura, lo que excluía trabajos serios.

Gloria aprendió en su propia experiencia que la clase social y la raza llegan a duplicar o triplicar, si es que tal cosa puede ser medida, el grado de opresión al que están sometidas las mujeres. Ella misma experimentó problemas para alquilar un apartamento porque, al parecer, los propietarios creían que las mujeres solteras y hermosas resultaban demasiado irresponsables para pagar su alquiler regularmente. Problemas menores comparados con los de las mujeres pobres y negras de la América profunda, y ella lo sabía.

Situémonos en un contexto que ahora parece increíble: en EEUU, que era un país democrático desde su génesis, hasta 1974 no era posible que una mujer dispusiera de una tarjeta de crédito a su nombre. No se la daban, y ya está. Y el acoso sexual no era considerado delito hasta el año 1977, justo 200 años después de la fundación del Estado cuyos cimientos se construyeron, al menos sobre el papel, sobre la igualdad de todas las personas. No estamos en España para muchas críticas, pues como mucha gente desconoce, durante la dictadura franquista una mujer no podía ni abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido. No hablemos ya de la consideración de acoso sexual, un concepto que no figuraba en los manuales de derecho.

El gran salto que la convierte en un icono del feminismo ocurre en el año 1969, cuando publica el artículo After Black Power, Women's Liberation (Después del poder negro, la liberación de las mujeres). Funda en 1972 junto a un grupo de mujeres la revista Ms. (Abreviatura de señorita, un título que nada tenía que ver con la boba prensa para mujeres). Agotó en una semana sus primeras 300.000 copias. El éxito fue explosivo.

Su actividad a partir de ahí es frenética: organiza e imparte conferencias, hace campañas políticas, promociona sus libros, recauda fondos para causas sociales… alguien dijo una vez que, si Steinem tuviera un cuentakilómetros en sus piernas, habría dado ya varias veces la vuelta al mundo. Se convirtió en el rostro y la voz del feminismo.

 Feminismo y transgénero

Naturalmente, en vida tan larga e intensa como la suya, se ha enfrentado con cuestiones en las que el punto de vista de la sociedad también ha variado mucho. Tampoco se puede criticar con parámetros de ingeniería actuales un puente romano; sería un acto de soberbia.

En 1977, ese año del que hablábamos antes sin crédito bancario para las mujeres, fue famoso el caso de la operación de cambio de sexo de Renée Richards, que recibió feroces calificativos en la época. Richards, tenista, militar y médica oftalmóloga, acaparó la atención mundial tras realizarse una cirugía transgénero en 1975. La Asociación de Tenis le negó la participación en el Open de Estados Unidos, por lo que apeló a la Corte Suprema de Nueva York, que falló a su favor en 1977.

Steinem escribió que, si bien apoyaba el derecho de las personas a sentirse con su propia identidad sexual, los transexuales se estaban ajustado a un rol de género ligado inexorablemente a partes físicas del cuerpo. «Si el zapato no calza, ¿debemos cambiar el pie?», decía. Era una posición que ahora sería calificada de muy conservadora.

Más de treinta años después, aclaraba que su ensayo de aquel momento estaba «escrito en el contexto de las protestas globales contra las agresiones quirúrgicas de rutina, llamadas mutilación genital femenina por algunos supervivientes» y mostró su apoyo inequívoco a las personas transgénero, reconociendo que «han hecho la transición, están viviendo vidas reales y auténticas. Esas vidas deben ser celebradas, no cuestionadas», y se disculpó.

De hecho, en fechas más recientes, se opuso públicamente a la eliminación de las protecciones de los derechos civiles para la atención médica transgénero por parte de la inefable y ultra-todo Administración Trump: «La salud de cualquiera de nosotros afecta la salud de todos nosotros, y excluir a las personas trans nos pone en peligro a todos».

 Matrimonio, sí o sí

A principios de la década de 1990, se casa con un rico constructor neoyorkino, Mort Zuckerman, lo que -una vez más- fue objeto de ataques. La defensora de las causas sociales femeninas viajaba en una limusina mientras denunciaba la situación de las mujeres pobres, decían. No fue una relación duradera. En el año 2000, se casó con el empresario y activista por los derechos de los animales David Bale (padre del actor Christian Bale, por lo que se convirtió en su madrastra), y vuelta con las críticas: «pensábamos que Gloria despreciaba el matrimonio y ya va por el segundo».

Pero el contexto no era el mismo en absoluto, como ella explicó: «Pasamos 30 años en los Estados Unidos cambiando las leyes matrimoniales. Si me hubiera casado cuando se suponía que debía casarme, habría perdido mi nombre, mi residencia legal, mi calificación crediticia, muchos de mis derechos civiles. Eso ya no ocurre. (Ahora) es posible construir un matrimonio igualitario». Desgraciadamente, Bale falleció solo tres años después del enlace, a la temprana edad de 62 años.

En 2005, junto a Jane Fonda y Robin Morgan funda el Women's Media Center, una organización que tiene como objetivo hacer visibles a las mujeres en los medios de comunicación.

Y nunca ha parado en su particular combate. Ha ganado una lista tan larga y sorprendente de premios y distinciones que probablemente a ella misma le resultaría imposible recitarlos todos de memoria. Ha escrito numerosísimos libros, artículos y discursos; ha aparecido en docenas de programas de televisión e incluso series y películas. Tan abundante y prolífica ha sido, que se diría que circula por ahí más de una Gloria Steinem.

El 25 de marzo de 2021 celebró su 87 cumpleaños al pie del cañón y, este mismo año, recibió el Premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades por toda una vida en el ring. Gloria Steinem puede decir, sin duda, que ha vivido.

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