De un altar hasta el Museo de Bellas Artes: el largo y oscuro viaje de una joya artística

Cómo pasó el Cristo de Zurbarán de la pinacoteca de Sevilla a las manos de un empresario vasco, a través de Franco, y luego al legado Masaveu

Recientemente, el Museo de Bellas Artes de Bilbao organizaba una peculiar exposición: se trataba de una recopilación de las obras, dispersas en la actualidad, que en su momento pertenecieron a un gran coleccionista vasco, Félix Fernández-Valdés. Un industrial que atesoró discretamente cientos de pinturas que colgaba en las paredes de su casa.

Entre ellas, una de sus favoritas (la contemplaba en su habitación a diario) constituye actualmente parte de lo más valioso del Museo de Bellas Artes de Asturias: un Cristo de Zurbarán. Según los expertos, este gran óleo, de dos metros y medio de altura, es uno de los mejores entre los muchos que el pintor realizó sobre el tema del crucificado.

El origen actual del óleo está claro: llegó a Oviedo a través de legado de la familia Masaveu, que a su vez lo adquirió a los herederos de Fernández-Valdés. Cuánto les costó, es algo que solo ellos y los vendedores saben, pero, para hacerse una idea, hace poco más de dos años salió a subasta en Londres otro Cristo del mismo autor y de calidad inferior en unos cuatro millones de euros.

El «Cristo» de Francisco de Zurbarán (pintado hacia 1638-40) que pertenece al Museo de Bellas Artes de Asturias.
El «Cristo» de Francisco de Zurbarán (pintado hacia 1638-40) que pertenece al Museo de Bellas Artes de Asturias.

El empresario bilbaíno, un rico importador de materias primas, comenzó a finales de los años 30 del pasado siglo su colección, aunque fue en plena dictadura franquista cuando consiguió la mayor parte de las piezas, un momento en el que muchas obras de arte cambiaban rápidamente de manos. Algunas fueron robadas a sus dueños legítimos, que estaban muertos o en el exilio tras la Guerra Civil.

Cómo llegó a las suyas el Cristo de Zurbarán, datado en torno a los años 1638 y 1640, es ciertamente misterioso. El mismo Museo de Bellas Artes señala que «aunque no tenemos información acerca de para qué iglesia o convento fue pintado, seguramente se trate de un cuadro de altar. Los datos más antiguos que poseemos, gracias a una inscripción antigua en el dorso del lienzo, sitúan la obra en la colección del marqués de Villafuerte en Sevilla». En realidad era en origen propiedad de una marquesa, no marqués.

Es decir, que esa rica familia pudo comprarlo para su uso en una capilla privada, como parecen confirmar dos inscripciones en el dorso del lienzo. Según señala la experta Odile Delenda en Los Cristos crucificados de Francisco de Zurbarán (Wildenstein Institute, París), fue mencionado por primera vez en 1906 por Elías Tormo. «Lo curioso es que el célebre historiador señala la presencia del lienzo en la exposición de 1905, mientras que no figura en el catálogo que hizo Viniegra de la muestra del Prado».

Y cita a Tormo: «El Cristo de Motrico es de Zurbarán indiscutiblemente y uno de los mejores Cristos, por añadidura: inferior, en verdad, al de la marquesa de Villafuerte, ya difunta -a cuya memoria debo dedicar aquí sentido homenaje al recordar toda su bondad amabilísima-, con la que logré, tras repetidas cartas, vencer el celoso amor y oposición al viaje de “su Cristo” a la Exposición Zurbarán, de la que fue por cierto principal ornamento».

Delenda explica que al dorso del cuadro de Oviedo figura una inscripción antigua: «Propiedad de Da. María Ponce de León/Marquesa de Villafuerte de/Sevilla» y «Este cuadro es propiedad de los Herederos de la Exma. Sra. Doña María Josefa Ponce de León/Marquesa de Villafuerte», en dos letras diferentes, dice la investigadora, sobre el lienzo en que se halla forrada la tela original.

Aquí da una nueva pista: «Estuvo depositado muchos años en el Museo de Sevilla, según recoge Guinard, y fue luego de la Colección Valdés de Bilbao (…)». Es decir, que puede haber pasado del depósito del museo a las manos de Félix Valdés, adquirido cuando las instituciones públicas no tenían mucho reparo en deshacerse de las obras a cambio de dinero, especialmente si quien lo adquiría tenía influencias. Hoy día esa transacción sería impensable.

Por lo tanto, queda un gran vacío entre la muerte de la marquesa, Josefa Ponce de León, apodada La Generala, fallecida en 1906, y la adquisición por parte de Félix Valdés. ¿Se deshicieron sus herederos del cuadro, o fue incautado durante la Guerra Civil y nunca devuelto, como tantas otras obras? En todo caso, ese Cristo de Zurbarán no consta en el registro de las incautaciones y devoluciones del Ministerio de Cultura correspondientes a actas de la guerra, aunque también podrían haberse perdido.

De una forma u otra, desde que Valdés se hace con el Cristo, este permanecerá en su residencia del número 15 de la Gran Vía de Bilbao hasta que fallece en el año 1976. A partir de ahí, la colección se va dispersando entre sus numerosos herederos (tuvo siete hijos), y buena parte se vende a particulares e instituciones.

El político Iñaki Anasagasti cuenta en su blog, refiriéndose a Valdés, que «según explicó su nieto, en el origen de su pasión por el arte se encuentra la figura de su tío, el también coleccionista Tomás de Urquijo, quien le legó todos sus bienes. Entre ellos se encontraba el Cristo crucificado (1577), muy acorde con las profundas convicciones religiosas de Valdés, de El Greco, quien, junto con Zurbarán, era uno de sus pintores predilectos».

La conexión asturiana

Valdés, dice Anasagasti, no era un experto en arte, «pero se dejó aconsejar, entre otros, por su gran amigo, el marchante, copista y restaurador Luis Arbaiza, y por los pintores Darío de Regoyos y Aureliano de Beruete».

Unas fotografías que se expusieron en el Museo de Bellas Artes de Bilbao dan testimonio de cómo el empresario «había convertido su casa (…) en un auténtico museo. (…) Y en su dormitorio contemplaba todos los días el Cristo muerto en la cruz, de Zurbarán, y el San Francisco de Paula, de Ribera».

Negocios con los Franco

Otra de las joyas de la colección Valdés fue el retrato La marquesa de Santa Cruz, a la que Goya representó como Terpsícore (1805). Según los investigadores, ese óleo salió de España durante la Guerra Civil. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la pintura volvió al Prado pero faltó poco para que fuera entregada a Hitler, ya que Franco quiso regalársela al dictador alemán porque, dicen, confundió un dibujo de un lauburu vasco en la lira un lauburu con una cruz gamada.

En 1944, un particular se lo reclama al Museo del Prado y se le entrega. Tres años después, Fernández-Valdés lo compra por 1,5 millones de pesetas con un cheque a favor del general Francisco Franco Salgado, primo del dictador. La compra se ejecutó libre de todo impuesto y se omitió en todo momento quién vendía el cuadro. En el recibo se hacía constar que Franco Salgado lo había recibido en calidad de «secretario particular de su Excelencia el Jefe del Estado», Francisco Franco Bahamonde.

Años más tarde, a principios de los 80, fue exportado ilegalmente a Inglaterra. Un juicio favorable al Estado español interrumpió esa nueva venta en 1986, pero hubo que compensar al propietario de entonces.

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