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Veneno: Naturaleza Letal muestra escorpiones, tarántulas, ranas flecha y el monstruo de Gila en una exposición que revela cómo el veneno es clave en su evolución y supervivencia

La jornada de Raúl, cuidador principal de la exposición, arranca antes de que el público llegue al Bioparc Acuario de Gijón. Son las ocho y media de la mañana y ya cruza la zona de cuarentena, donde comienza la rutina. Sobre su carro de trabajo transporta pinzas largas, guantes de protección homologados, pulverizadores, un gancho de seguridad y un registro con el historial de cada animal. Allí repasa con calma una lista exhaustiva: temperaturas, luces, humedad y la planificación de las raciones diarias. Ratones, pollitos, grillos y otros insectos forman parte del menú, enriquecido con calcio y vitaminas para mantener la calidad nutritiva.

@bioparc_acuariodegijon

âš ï¸â˜ ï¸ Hoy hemos acompañado a Raúl en la alimentación e hidratación de las especies de la expo "VENENO: Naturaleza Letal" ðŸðŸ•·ï¸Si quieres conocer más sobre estas especies no te pierdas nuestras visitas "Explorando el Veneno" âž¡ï¸ Ya disponibles en nuestra web @GRUPO ATROX

♬ no tiene sentido - Beéle

«Incluso los insectos que sirven de alimento tienen una dieta enriquecida con vitaminas específicas», explica Raúl, «para que cuando se conviertan en presa transmitan todos los nutrientes que tendrían en su hábitat natural». Tras preparar las presas, recorre uno a uno los terrarios. Lo primero: comprobar la actitud de cada animal, su respiración, su nivel de hidratación y cualquier señal de estrés. «Las serpientes, por ejemplo, cuando mudan gastan muchísima agua. Hay que vigilarlas con especial cuidado», apunta mientras pulveriza el recinto de una víbora cuyos ojos velados anuncian el inminente cambio de piel.

Todo se ejecuta con la precisión de un procedimiento clínico. Raúl revisa las cerraduras, observa la posición de cada ejemplar y su comportamiento antes de abrir cualquier puerta. Con especies como la víbora de pestañas o la cornuda no hay margen para la confianza: muerden y sueltan la presa, dejando que el veneno actúe antes de devorarla. «Son animales muy tranquilos, aunque cueste creerlo», explica Raúl con la serenidad de quien lleva cuatro años cuidando de ellos, «y de algunos, incluso, conozco a sus padres y hermanos».

En el terrario de las ranas flecha, Raúl reparte pequeños insectos vivos cuidadosamente seleccionados. «En la naturaleza adquieren el veneno de hormigas y escarabajos», explica, «aquí no son peligrosas porque no tienen acceso a esas presas tóxicas, pero aun así controlamos su dieta para mantenerlas sanas».

Los anfibios requieren una delicadeza todavía mayor. Su piel, altamente permeable, hace que cualquier contacto pueda resultar fatal. Raúl se coloca entonces guantes de látex estériles en lugar de los de seguridad habituales. «Podemos enfermarlos nosotros si no mantenemos unas condiciones higiénico-sanitarias», subraya. Entre sapos vientre de fuego, tritones de cola de espada y renacuajos de rana dorada, su tarea se parece en parte a la de un jardinero: retira hojas secas, revisa los sistemas de filtrado, ajusta sifonados y controla el pH del agua. «Es un poco como cuidar un invernadero, pero con inquilinos letales», bromea, «y limpio muchos cristales, créeme».

Pero detrás de ese humor, la atención es máxima. El acuario todavía se está desperezando, solo se percibe el zumbido de los filtros, el roce de las puertas técnicas y el ruido de los aspiradores. Raúl prosigue la limpieza de bebederos, repone sustratos y desinfecta utensilios con soluciones antifúngicas para evitar cualquier contaminación cruzada.

En la zona de cuarentena, Raúl prepara también la comida del monstruo de Gila: un pollito descongelado al que retira patas y pico para prevenir lesiones. «En la naturaleza buscaría nidos de aves, pero aquí reducimos todos los riesgos posibles», detalla mientras ofrece la presa con unas pinzas de medio metro a uno de los pocos lagartos venenosos del mundo.

Entre revisión y revisión, consulta sus registros. Cada animal tiene su ficha: peso, historial de alimentación, tratamientos veterinarios, observaciones de comportamiento. «Es la única forma de detectar un problema a tiempo», aclara. «Si un animal deja de comer, puede ser por estrés, enfermedad o un fallo en el entorno».

La seguridad se revisa con el mismo rigor. Doble cristal, recintos con cerradura y señalización clara. Además, existe un protocolo de emergencias activo cada día, coordinado con el hospital de Cabueñes, que dispone de antivenenos específicos y personal formado para cualquier eventualidad. «Aunque el riesgo es mínimo, no se improvisa con estos animales», insiste Raúl.

Poco antes de abrir al público, recorre la exposición por última vez. Los escorpiones permanecen en sus cuevas, las tarántulas agazapadas bajo la corteza, las serpientes enroscadas con calma y las ranas flecha, quietas, sobre las hojas húmedas. Todo preparado para recibir a los visitantes.

Cuando las puertas se abren, a las diez y media, el público se detiene fascinado ante los terrarios. Niños asombrados ante los colores imposibles de las ranas, adultos que contienen la respiración al ver la víbora del Gabón, preguntas sobre si la viuda negra podría matar a un ser humano. Raúl, desde un segundo plano, observa junto a las educadoras de parque a los que se acercan para resolver dudas, con la paciencia de quien no solo cuida animales, sino también cambia prejuicios. «Lo mejor es ver cómo pasa la gente del miedo al respeto», dicen, «de la sorpresa al asombro».

Detrás de cada cristal, la naturaleza letal aguarda. Silenciosa. No hay gritos ni sobresaltos, solo la certeza de un poder fascinante y real. La naturaleza no necesita alzar la voz para imponerse. Basta con aprender a escucharla.