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OFRECIDO POR DR. ÁLVARO IGLESIAS PUZAS

El cáncer de piel es el tumor más frecuente y también uno de los de mejor pronóstico. La detección precoz favorece su curación completa en la mayoría de los casos, pero el margen se estrecha con el tiempo en que la lesión pasa desapercibida

El cáncer de piel tiene una particularidad que no comparte con casi ningún otro tumor: está a la vista. No es necesaria una analítica ni una prueba de imagen para sospecharlo. Aparece en la cara, en una oreja, en el dorso de una mano, en la espalda, y a veces lleva meses ahí antes de que alguien repare en él.

Esta ventaja diagnóstica a menudo se desaprovecha y el motivo no tiene mucho misterio. Muchas de estas lesiones en la piel son asintomáticas, es decir, no duelen y no entorpecen nuestra vida diaria.

«No avisan, así que en muchas ocasiones el paciente ni siquiera consulta por ellas», explica el doctor Álvaro Iglesias Puzas, dermatólogo especializado. «Viene por otra cosa y la detectamos incidentalmente o nos lo cuenta al final de la visita, incluso cuando ya está con el abrigo puesto. Y muchas veces llevaba tiempo dándole vueltas.»

El origen de estos tumores

Pasamos las tardes de agosto en la playa de San Lorenzo. Volvemos con algo de color o incluso con la piel roja durante unos días. Esta escena habitual todos los veranos sugiere que hemos recibido una cantidad importante de radiación y hemos acumulado cierto daño. También la exposición mantenida en actividades recreativas o laborales durante el resto del año hace que vayamos acumulando cierto «desgaste», y esto suele ponerse de manifiesto con el tiempo.

«Aquí en consulta es muy habitual escuchar que uno nunca ha tomado el sol de forma activa», cuenta el dermatólogo. «Y puede ser verdad, porque esa persona no se ha tumbado en una playa en su vida. Pero ha pasado años realizando actividades de forma continuada al aire libre, y eso la piel nos lo cuenta igual.»

A esa exposición se suman en Asturias otras dos circunstancias: una gran cantidad de personas con pieles claras y predispuestas, frecuentes en toda la cornisa cantábrica, y una de las poblaciones más envejecidas de España. Por todo ello, el cáncer cutáneo se sitúa como uno de los diagnósticos oncológicos más frecuentes del Principado.

Qué hay que observar

Para las lesiones pigmentadas, la referencia sigue siendo la regla ABCDE: Asimetría, Bordes irregulares, Color heterogéneo, Diámetro superior a seis milímetros y Evolución en el tiempo . A ella se añade el llamado signo del patito feo, que consiste en identificar la lesión que desentona o muestra diferencias con respecto al resto.

El cáncer de piel distinto del melanoma presenta otras señales: una herida que no cicatriza con el tiempo, una zona áspera que descama y reaparece siempre en la misma localización, un punto que sangra con facilidad. Las zonas más habituales son las de exposición crónica: cara, orejas, labio inferior, dorso de las manos y escote.

Qué ocurre cuando algo llama la atención

El dermatólogo repasa la piel entera con un dermatoscopio, un aparato parecido a una lupa con luz que permite ver el patrón de las lesiones. Cuando alguna requiere confirmación, se remite una muestra para su análisis histológico.

Lo que viene después no responde a un protocolo único. En su consulta como dermatólogo privado en Gijón, el doctor Álvaro Iglesias Puzas insiste en que el cáncer de piel no es una sola enfermedad, sino un conjunto de tumores que se comportan de forma muy distinta entre sí.

«Dos personas pueden tener el mismo diagnóstico y necesitar tratamientos diferentes», señala. «No es igual una lesión en la espalda que otra en el borde de un párpado, ni un paciente de cuarenta años que uno de noventa años con numerosas comorbilidades».

«Y el diagnóstico correcto es el principio, no el final», añade. «Después hay que decidir qué corresponde en cada caso, resolverlo de forma personalizada y realizar un seguimiento estrecho, porque quien ha tenido un tumor cutáneo tiene bastantes probabilidades de desarrollar otro con los años.»

El margen que da encontrarlo pronto

Los carcinomas cutáneos, los más frecuentes, rara vez comprometen la vida cuando se tratan a tiempo, aunque pueden llegar a destruir el tejido de alrededor si progresan con el tiempo o asientan en zonas delicadas como la cara. En el melanoma el calendario pesa todavía más: detectado cuando el tumor aún es superficial y no ha profundizado, la gran mayoría de pacientes mantienen un buen pronóstico cinco años después. Diagnosticado tarde, el escenario cambia por completo.

Entre un extremo y otro no suele haber una diferencia de años, sino de meses. Y casi siempre son los meses en que la lesión estuvo a la vista sin que nadie la mirara.

«La piel es un órgano accesible y eso nos permite diagnosticar pronto, pero aprovechar esa ventaja depende de dos cosas: que la persona consulte cuando nota un cambio y que la lesión se valore bien desde el principio», resume Iglesias Puzas.