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Francisco Javier González Menéndez

Asturias envejece. Hoy, casi tres de cada diez asturianos tienen 65 años o más: alrededor de 287.000 personas. Y las previsiones apuntan a que en 2039 este grupo podría representar casi el 36% de la población.

Este cambio demográfico obliga a pensar no solo en cuántas plazas residenciales necesitaremos, sino también en cómo queremos cuidar a quienes vivan en ellas. De hecho, el propio Principado ha anunciado más de 700 nuevas plazas hasta 2028. Pero aumentar la capacidad del sistema es solo una parte del reto. Hay otra pregunta igual de importante: ¿qué hace que una residencia sea realmente segura?

Cuando una familia confía el cuidado de una persona a un centro residencial (por edad, dependencia o discapacidad), espera que esté bien atendida. Y esa seguridad no depende únicamente de evitar una caída o administrar correctamente una medicación. También depende de que haya profesionales suficientes, de que la información pase bien de un turno a otro, de que los trabajadores puedan comunicar un problema y de que la organización aprenda cuando algo falla.

Eso es, en esencia, la cultura de seguridad.

Durante los últimos años he estudiado esta realidad en las residencias públicas para personas mayores de Asturias dentro de mi tesis doctoral. La investigación permitió escuchar a sus profesionales y observar el funcionamiento cotidiano de los centros. No queríamos quedarnos únicamente con los cuestionarios, sino acercarnos a lo que sucede en el día a día. Y encontramos una realidad con luces y sombras.

Una de las principales fortalezas está en las personas que trabajan en los centros. La enfermería desempeña un papel especialmente relevante, pero la seguridad depende del conjunto de profesionales que sostienen el cuidado diario. El trabajo en equipo y la colaboración permiten responder incluso en situaciones difíciles.

Justo ahí aparece uno de los mensajes más importantes de esta investigación: la seguridad de las personas residentes no puede depender permanentemente del esfuerzo extraordinario de quienes las cuidan.

El estudio detectó dificultades en cuestiones tan cotidianas como disponer de personal suficiente, recibir formación adecuada, transmitir correctamente la información entre turnos o aprender de los problemas cuando algo sale mal. En este sentido, la formación específica en seguridad aparece como una de las áreas con mayor margen de mejora.

La dotación de personal fue el aspecto peor valorado. Y no se trata solo de ratios: también importa cómo se cubren los turnos y se distribuyen los profesionales. Cuando faltan manos, hay menos tiempo para observar, comunicar y anticiparse.

Francisco Javier González Menéndez. Investigador en Cultura de Seguridad. Profesor de la UCAV (Facultad de Enfermería) y miembro del CODEPA
Francisco Javier González Menéndez. Investigador en Cultura de Seguridad. Profesor de la UCAV (Facultad de Enfermería) y miembro del CODEPA

Por eso hablar de cultura de seguridad es hablar también de enfermeras/os, de técnicos en cuidados auxiliares de enfermería, de personal de limpieza, y del resto de profesionales que hacen posible el funcionamiento de una residencia. Pero no se trata únicamente de contratar más. Se trata de organizar mejor para cuidar mejor.

El estudio propone cómo hacerlo: plantillas más estables, más formación, mejor comunicación, cambios de turno protegidos, mejores sistemas de información y una gestión de los incidentes orientada a aprender, no a buscar culpables.

Asturias ha hecho algo importante: preguntar, observar y medir. Y lo ha hecho desde una iniciativa impulsada por el propio sistema público residencial, con la voluntad de conocer mejor su realidad y mejorarla. Ahora existe la oportunidad de completar ese camino: convertir los resultados en acciones, evaluar su impacto y mantener abierta esta línea de trabajo.

La cultura de seguridad no debería evaluarse una sola vez. El futuro pasa por una dinámica sencilla: medir, mejorar y volver a medir. El siguiente paso debería ampliar esta mirada a las residencias privadas y concertadas, a las que invitamos a sumarse a este camino para seguir aprendiendo y mejorando juntos. No para establecer rankings ni buscar culpables, sino para detectar buenas prácticas, aprender entre modelos diferentes y construir una cultura de seguridad común.

Porque una familia no debería tener que preguntarse si una residencia pública, concertada o privada será más segura. La seguridad debería ser una forma de trabajar compartida por todo el sistema.

Una investigación no debería terminar cuando se deposita una tesis o se publica un artículo científico. Su verdadero valor aparece cuando el conocimiento regresa a la sociedad y sirve para cambiar las cosas.

Asturias ya ha dado el primer paso: conocer. El siguiente es transformar ese conocimiento en cuidados más seguros para quienes viven en nuestros centros y más apoyo para quienes los cuidan.