Velos varios


A Manuel Valls, primer ministro francés, le llueven las críticas por sugerir que los pechos desnudos de Marianne en La libertad guiando al pueblo son más representativos de su país que un velo. Llegados a este punto, parece necesario negar la evidencia con tal de ser políticamente correcto. El de Valls es un hervor más de la polémica sobre el burkini, un debate que en Europa solo se enfriará con el otoño, a medida que las playas queden despobladas de sombrillas, flotadores, tangas, burkinis y pañuelos. Cuando bajen las temperaturas y caiga toda esa hojarasca quizás alcancemos a ver el bosque y no solo el árbol. En la clasificación de prendas que borra a las mujeres del mapa, el burkini está muy por debajo del niqab y del burka. En estas dos vestimentas sí que reside una inequívoca intención de arrancarle a una persona aquello que la distingue en el mundo para que solo tenga identidad en su casa. Fuera del hogar la portadora es una sombra que acompaña a una figura masculina reconocible (y en muchas ocasiones con un estilismo más parecido al de Cristiano Ronaldo que a otra cosa). La hermana de, la hija de, la esposa de, la madre de... ¿Debe ser una prioridad combatir estos bañadores de cuerpo mientras imanes radicales siguen difundiendo su discurso integrista? ¿Hay que agitar la bandera del burkini y permitir, sin embargo, que un hombre presente la declaración de la renta conjunta sin la firma de su mujer porque considera que ella no tiene derecho a decidir nada? ¿Es coherente plantar batalla en los arenales y acoger con alegría el Salón de la mujer musulmana para que los ponentes prometan castigos atroces a las chicas que se perfuman? Europa y sus cínicas contradicciones. Sus velos varios.

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