De la ficción


El episodio sucedió hace muchos años. Pese a que en su día armó bastante revuelo -hasta Informe Semanal le dedicó un reportaje-, acabó tan olvidado que me ha sido imposible encontrar en los recovecos de la red alguna mención capaz de refrescarme la memoria. Puede, por lo tanto, que al resumir ahora sus pormenores incurra en algún error involuntario: yo era casi un niño cuando pasó y recuerdo la historia en términos generales, no en sus detalles precisos, porque ya entonces me resultó tan abracadabrante que no pude evitar que se me quedara prendida en la memoria. El protagonista era un ferroviario, creo que empleado de la FEVE en una estación o apeadero del centro de Asturias, que con ocasión de las fiestas patronales de su pueblo había escrito, en el porfolio conmemorativo, un largo poema en asturiano. Se trataba de una alegoría en la que satirizaba, siempre con nombres falsos, algunos sucesos y personajes de su entorno más cercano. No recuerdo si estaba divorciado, si se llevaba mal con su familia política o si lo había hecho con una intención más jocosa que vengativa. Sí que las personas reales que sirvieron de inspiración para los personajes ficticios no sólo se sintieron molestos -eso era normal-, sino que además interpusieron una denuncia. Ésta dio lugar a un litigio que terminaron ganando, y el pobre hombre terminó cumpliendo condena, tampoco puedo precisar durante cuánto tiempo, en la cárcel de Villabona. Recuerdo haberle oído decir, en la mencionada pieza que sobre el caso emitió Informe Semanal, que sus compañeros de presidio -traficantes, ladrones, etcétera-, cada vez que les hablaba del motivo que le había llevado a ingresar entre aquellos muros, le decían que tenía que estar vacilándoles, que era imposible que por una gilipollez así un juez metiese en la cárcel a nadie, que esa historia no era de recibo.

El argentino Hernán Casciari publicó recientemente, en el suplemento dominical del diario El Mundo, un artículo o relato -él lo presentó como una pieza de ficción- en el que ponía de vuelta y media a los abogados, cuyo oficio definía como «el peor del mundo» y a los que calificaba de mentirosos para arriba. Se trataba de un texto que, más allá de sus cualidades literarias, constituía una sátira poblada de hipérboles y extrapolaciones de lo que sólo podían ser experiencias personales bien del propio autor, en el caso de que se tomara aquello como un artículo, o bien de un narrador anónimo dispuesto a regurgitar sus desencuentros con los picapleitos que había conocido en sus experiencias judiciales. Como en aquella historia del ferroviario, hubo abogados que se sintieron molestos, lo cual entraba dentro de la lógica, y algunos hicieron pública, de forma totalmente legítima su discrepancia con el texto. Lo espeluznante vino cuando el Consejo General de la Abogacía Española, a través de su presidenta, envió una carta al director del diario El Mundo en la que, además de lamentar el tono y el fondo del artículo en cuestión -lo cual, insisto, no entraña ningún problema-, se lanzaba a pontificar a propósito de la ficción y sus supuestos límites. La cosa adoptaba un cariz peligroso ya en el segundo párrafo, cuando la remitente amenazaba con que «si el texto de su colaborador no estuviera amparado por el epígrafe ficción, sus afirmaciones tendrían que sustanciarse ante los tribunales», evidenciando un mal encaje de las críticas, un respeto discutible a la libertad que tienen los demás para referirse a algo que les desagrada -toda vez que en el artículo no se esgrimían nombres propios, ni se exponían casuísticas concretas, sino que, como he dicho, se generalizaba de forma todo lo chusca y excesiva que se quiera, pero del mismo modo que puede generalizar uno cuando cuenta un chiste o resume sus experiencias con, pongamos por caso, los taxistas de Madrid o Barcelona- y su incapacidad para ofrecer una respuesta proporcionada, dado que para responder al supuesto ataque habría bastado con la propia carta al director o con un artículo más extenso y fundamentado, ya que, igual que existe el derecho a expresarse libremente, existe el derecho a la réplica. Con todo, lo peor venía al final, cuando la presidenta del Consejo se desinhibía con una aseveración tan contundente como falsa: «Ni siquiera bajo el amparo de la ficción puede justificarse la ignorancia atrevida y sin límites». Cualquiera que haya leído más de dos libros, y navegado un poco por las aguas de la historia de la literatura universal, sabe cuán desafortunadas son esas palabras, principalmente porque en ellas sí se evidencian una profunda ignorancia acerca de un campo del saber, el de las letras, dentro de un texto que (en este caso está claro) no es precisamente de ficción. Porque si algo permite la ficción es precisamente saltarse las licencias y escribir sin otras normas que las que se quiera otorgar quien coge la pluma o maneja el teclado, ponerse en la piel del sabio más deslumbrante o en la del villano más zafio, emplear la ponderación y el equilibrio o hacer gala de toda la desmesura y toda la arbitrariedad de la que quiera uno pertrecharse. Por eso, entre otras cosas, ha sido capaz la ficción, no pocas veces, de arrojar luz sobre la cara más oscura del mundo. Por eso, entre otras cosas, ha tenido y tiene tantos enemigos. La presidenta del Consejo General de la Abogacía Española debería deducir que una cosa son el corporativismo, no siempre deseable, y la defensa legítima y razonada contra algo que se considera ofensivo para la dignidad de uno o de su gremio, y otra muy distinta aprovechar el tirón para airear veleidades inquisitoriales que, ella debería saberlo mejor que nadie, casan mal con un Estado de derecho. Su observación abre un camino peligroso por el que cualquier colectivo que se pueda sentir interpelado para mal por cualquier obra literaria, del Lazarillo para arriba, exija alocadamente daños y perjuicios. Y eso da bastante miedo cuando se ve que hay representantes de la ley y el orden dispuestos a hacer justicia donde no hay justicia que hacer, como le ocurrió a aquel pobre ferroviario que dio con sus huesos en la cárcel por escribir una simple alegoría festiva.

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