Aguirre o la increíble ingenuidad


Entras en la Wikipedia, buscas Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, y te encuentras con que es Grande de España por sus títulos nobiliarios. Hoy parece una ironía. La Grande de España se ha visto obligada a renunciar a su último puesto, el de concejala en el Ayuntamiento de Madrid, por el saqueo del Canal de Isabel II. Es la primera víctima política en activo de ese saqueo. Lo explicó con cierto dramatismo: Ignacio González había sido su hombre de confianza, su colaborador, la persona a la que había encomendado la gestión administrativa de los muchos y notables cargos que ocupó desde los años ochenta. González le mintió cuando le pidió explicaciones sobre los rumores de sus tropelías económicas. Y Esperanza Aguirre -lo escribimos hace unos días- se confió y se siente engañada y traicionada, pero con un grave fallo personal: «No vigilé todo lo que debía». Hay una responsabilidad in vigilando.

Debo decir que he hablado con ella en tertulias de televisión sobre esa responsabilidad y nunca la negó. Incluso la admitía antes de que estallara el caso Canal. Su discurso era siempre el mismo: ella, personalmente, no había cometido ningún acto ilícito, pero tampoco había sabido ver lo manejos de la Gürtel, de la Púnica o de los alcaldes corruptos de su comunidad. Sé, por otras vías de información, que cuando alguien le denunciaba lo que presuntamente hacía Ignacio González, respondía algo así, al estilo Van Gaal: «Hay que pensar positivamente, no hacéis más que divulgar cosas negativas». La inocencia de doña Esperanza en el mal sentido de la palabra. Al final ha sido víctima de sí misma y de su ingenuidad, aunque parezca increíble en una persona tan experimentada y de tan larga trayectoria.

Pero, si esto parece increíble, para el común de los ciudadanos es aún más increíble que todo lo ocurrido en la Comunidad de Madrid, todos los escándalos, todo el dinero robado, todos los cargos públicos implicados, todas las comisiones ilegales cobradas, todos los supuestos de financiación ilegal del PP, se hayan producido bajo su mandato. Será mala suerte, será fruto de una época siniestra de latrocinio generalizado y de confusión de lo público y lo privado, pero esa es la realidad. Aguirre no tenía ni disculpa ni escapatoria. Podía resistir más tiempo -yo pensé que lo haría-, pero su destino era insalvable porque, además, era imposible que el PP le dejase repetir como candidata.

Así termina la biografía política de una mujer que ha sido sinónima de mayorías absolutas. Su dimisión solo deja una duda: ¿es la única que debe dimitir por no haber vigilado bastante a sus colaboradores? ¿Hay más responsabilidades in vigilando que se deben exigir? De momento solo lo puedo preguntar.

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