Señales de alarma para la paz social


¿Se acabó la paz social? Es mucho decir, pero algún deterioro sufre. Lo anunció el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, en el Primero de Mayo: si no hay pacto salarial, puede venir «un calvario». Este cronista tomó la frase como una declaración de ritual en una celebración tradicionalmente reivindicativa. No había por qué darle mayor importancia. Sin embargo, los hechos parecen darle la razón: las huelgas han comenzado. Hay paros en la sanidad privada, en grandes empresas y se anuncian en medios de comunicación. Ha comenzado un cambio, porque en los últimos tiempos las movilizaciones se habían reducido al sector público más afectado por los recortes, como educación y sanidad.

El fondo de estas movilizaciones es demagógico, pero elemental: si hay tanta bonanza económica como se dice, algunas empresas empiezan a ganar tanto dinero como proclaman (ahí están los beneficios de las cotizadas), ha llegado la hora del reparto. La clase trabajadora no está dispuesta a seguir en una crisis que el Gobierno da por superada. Si hay recuperación, que sea para todos. El argumento es eficaz para mover las reivindicaciones dormidas. Quizá también para poner fin a la etapa de menos conflictividad laboral de toda la etapa democrática y que coincide con el mandato de Rajoy.

Esa ausencia de conflictos se debió a razones conocidas: sindicatos y trabajadores aceptaron rebajas salariales a cambio de mantenimiento del empleo. La austeridad, de la que no dieron ejemplo las Administraciones Públicas, sobre todo la central, caló en la sociedad y fue aceptada como mal inevitable por las dificultades de la economía. A todo ello se añadió el factor miedo (miedo al despido, miedo al paro, miedo al futuro), que hizo contener las ansias reivindicativas. Y los sindicatos, sumidos en una crisis de credibilidad, dieron ejemplo de responsabilidad para no agravar la situación.

Todo eso está en revisión. Deseo equivocarme, pero temo que otra vez habrá que empezar a contar las jornadas de trabajo perdidas por huelgas, como en los viejos tiempos. Que eso ocurra cuando se está negociando el pacto salarial puede ser un arma de presión sobre la patronal. Pero es también un aviso para que se avance en ese pacto. Ya sabemos que no todas las empresas están en las mismas condiciones. Aunque muchas tengan altos beneficios, otras están reparando los daños o luchando todavía por sobrevivir porque no han recuperado las pérdidas. Pero para eso se negocia y para eso se exige transparencia.

Señor Rajoy, no deje que el egoísmo o la falta de transparencia deterioren su gran capital de paz social. Y escuche el mensaje de fondo: si ha terminado la crisis, que termine para todos, el lenguaje que se entiende mejor.

Deseo equivocarme, pero temo que otra vez habrá que empezar a contar las jornadas de trabajo perdidas por huelgas, como en los viejos tiempos

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