La próxima niña Saffie


No preguntéis más si era un lobo solitario o un grupo organizado. ¡Qué importa eso! Importa que son alumnos de una escuela, escuela de lunáticos y fanáticos que son formados (deformados) para matar en una guerra santa que ellos han declarado y, como en toda guerra santa, matan en nombre de su Dios. Importa que una niña identificada se llamaba Saffie y era una cría de ocho años que cometió el pecado (imperdonable para un yihadista) de amar el rock. Importa que esos asesinos saben cómo golpear a toda una civilización. Importa que cada atentado que cometen es una victoria suya y una humillación para los demás Estados. Importa que esa diabólica organización es un ejército que tiene soldados por todo el mundo dispuestos a inmolarse. E importa que transmiten la sensación de que ellos son los fuertes y los demás somos los débiles que no sabemos luchar contra ellos. 

En el Manchester Arena nos dejaron, además de muertos y heridos, dos severas lecciones. Lección primera: conocen las debilidades de los servicios públicos y privados de seguridad. ¿Cuándo colocaron las bombas o se hizo estallar el cinturón de explosivos? A la salida del concierto, cuando ya no había medidas de control. Hasta se podrían hacer pasar por padres de familia que iban a esperar a sus hijos. ¿Quién desconfía de un padre esperando a la puerta de un colegio, de una discoteca o de un recinto deportivo? Juegan con nuestra confianza y con nuestro descuido. Juegan y ganan a costa del dolor de gentes que no conocen.

Y lección segunda: las policías de las naciones atacadas reaccionan rápidamente. Tras cada atentado masivo se aplica un protocolo que ordena cortar calles, intervenir medios de transporte, analizar cámaras de seguridad, pedir colaboración ciudadana, movilizar agentes o llamar al Ejército, según el nivel de la alarma declarada. Cuando todo eso se acciona, los cadáveres ya están por el suelo y el terror ya se ha extendido. Después, unos días de lamento, olvido de los medios informativos y otra vez la relajación. Cuando nadie piensa en otro atentado, los asesinos están preparando la metralla de la próxima explosión. Falla la previsión. Falla la investigación. Una sociedad capaz de oír lo que se habla a cientos de metros, de conocer todo lo que se escribe a través de Internet, de saber qué comemos y qué tiramos a la basura, es incapaz de descubrir los planes de quien proyecta una matanza.

Ahora viviremos un período de calma: unos días, quizá unas semanas, a lo mejor unos meses. Volveremos al descuido y a la confianza, se bajará la guardia. Y en cualquier lugar de Europa se está fabricando una bomba, o muchas bombas, y formando asesinos. Y no sabemos, ay, qué niña Saffie habrá que identificar.

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