Si un país tuviera que ser gobernado en función de los sentimientos de una parte de la población, bien podría ser que terminara gobernándonos el Real Madrid. Hacer política en base a lo que siente una parte de la población hace ganar votos. Y no solo votos, quizá también la gloria o la eternidad, una página en los libros de Historia, o tal vez una estatua ecuestre justamente demolida décadas después por la Ley de Memoria Histórica. Hacer política en base a lo que siente uno que es, tiene de contraprestación que los sentimientos pueden ser caprichosos y egoístas pues, necesariamente, focalizar todo en los sentimientos de unos, puede dañar o dejar huérfanos los sentimientos de otros. Lo que siente uno, o lo que se siente uno, es más romántico cuando uno se siente algo que no ha podido elegir, digamos haber nacido en Gijón o estar circuncidado.
Pero en esas parece que estamos. Hay cifras, números, tras los que también se esconden sentimientos, pero de los que se habla poco en política, desde el gobierno y desde la oposición. Un 17,1% de desempleo esconde tras de sí algunos de los sentimientos más terribles que puede albergar un ser humano, y estos sentimientos pueden ser abordados a partir de esas cifras para intentar subsanar esa incertidumbre ante un futuro negro en el que el trabajo ya no dignifica a nadie y en el que uno puede estar trabajando por primera vez por la mañana y acabársele el contrato esa misma tarde. En cualquier caso, los sentimientos de los circuncisos son más fáciles de abordar, pues no hacen falta números ni políticas tangibles.
Hay una diferencia entre los que sienten el orgullo de estar circuncidados y quienes con cuarenta años, o veinte, o cincuenta y cinco, circuncidados o no, se ven con una mano atrás y otra delante y pasan a engrosar las cifras del desempleo. A pesar de que unos y otros no han elegido su situación, es decir, unos no han elegido ser circuncidados y otros no han elegido estar en el paro, los primeros sienten un orgullo que bien pueden reivindicar políticamente como un hecho diferencial, mientras el parado es poco probable que sienta ningún tipo de orgullo ante su situación.
Los desempleados no hablan mucho sobre su situación poco proclive al orgullo, digo, pero bien puede ocurrir que cualquier día los circuncidados de este país salgan a la calle a gritar a los cuatro vientos su situación, y que su situación, de tan grande, orgullosa y diferente, deba ser tenida en cuenta por el Estado. Y curioso, puede que el Estado se haga eco de sus reivindicaciones, pero prepare una campaña contra los circuncidados, su egoísmo, su falta de miras y sus ansias. ¿Y los no circuncidados? ¿Acaso pretenden excluírles? No con este gobierno. Así todos quedan más o menos contentos: unos sintiéndose víctimas por su situación no elegida pero que les hincha el pecho, otros señalando a los circuncidados como monstruos sin sentimientos. Todos contentos, pues es lo que unos esperaban de los otros, es un desencuentro deseado y satisfactorio para ambas partes.
Mientras, 3.382.324 personas, circuncidadas o no, sufren en sus carnes una situación no elegida, una situación que anula las voluntades, elimina su futuro y destruye su presente. Porque, si de pellejos sobrantes hablamos, parece que los suyos hace mucho que dejaron de contar. Y eso sin hablar de las condiciones laborales atroces de quienes tienen un empleo, o los que tienen veinte empleos en un año, o los que trabajan dos horas diarias. En realidad, este es probablemente el único asunto que afecta, ha afectado y afectará a todos los españoles.
Habrá quienes señalen que ambas cosas, ambos pellejudos asuntos, son muy importantes, el orgullo de unos y el agujero negro triturador de voluntades que es el desempleo, y que ninguno debería eclipsar al otro. Y ahí, ciertamente, debo dar la razón a quien sostenga algo semejante. Pero ese no es el problema. El problema es que hay que circuncidarse para que hablen de uno
El principal problema de este país sigue siendo el desempleo y el vergonzoso mercado laboral. Nadie habla de eso. Políticamente, incluso en la izquierda, parece que el desempleo y la precariedad laboral con sus nefastas consecuencias, son problemas secundarios. Haríamos bien en desconfiar de políticos a los que les preocupa más lo que sientes que eres que tu situación económica. Esta enfermedad endémica, que se vive en Asturias, en Cataluña y en cualquier rincón del país, no tiene a nadie buscando solución. El paro en España es una nave sin rumbo. Mientras la legión de trabajadores y trabajadoras en desempleo, muchos de ellos sin cobrar prestación alguna que les alivie, sufren la severidad de una presunta recuperación económica que les ha dejado a la deriva, el debate político se centra en los sentimientos de algunos, en lo intangible, en lo esotérico, lo pasional.
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