De qué sirve la fuerza si falta la mística


Tal como evolucionan los hechos en Cataluña, el choque final entre las instituciones del Estado y los separatistas va a ser formidable. Ya no queda un milímetro de terreno que no esté minado. La Justicia avanza en tromba sobre los posibles delitos y cada día hay una noticia nueva del cerco. A la espectacular decisión de llamar a declarar a 712 alcaldes, se unió el aviso de que también es delito celebrar un mitin o esa supuesta reclamación judicial de imponer una fianza a Puigdemont. 

Por parte del independentismo, Oriol Junqueras comunica al ministro de Hacienda que suspende la rendición semanal de cuentas en lo que supone un nuevo acto de desobediencia, como si se quisiera provocar otra actuación judicial. El Gobierno catalán, a su vez, consuma operaciones maestras de manipulación con las declaraciones de Juncker, presentándolas como un visto bueno de la Unión Europea al referendo, cuando Juncker habló de referendo legal, no del que está en marcha. Y en la misma línea, se aprovechan palabras de doble sentido (o ningún sentido) de la alcaldesa Colau para aumentar la confusión sobre la posibilidad de votar en Barcelona.

Y en cuanto al Gobierno de la nación, además de la contundencia verbal de todos sus miembros, cada día se descubre algo de su gran poder para evitar cualquier resquicio por el que se cuele la consulta. Lo último, alertar a los servicios de Correos (estatales) para controlar el reparto de envíos que huelan a separatismo. Es una batalla política en toda regla. Es un desafío mutuo con todos los instrumentos que posee cada parte del conflicto. Y es, paralelamente, el agravamiento del clima de confrontación que hace ya imposible cualquier posibilidad de acuerdo. Incluso para después del día 1 de octubre.

Estando así las cosas, no es nada extraño que haya surgido un nuevo debate: ¿a quién beneficia el uso de toda la artillería que el Estado pone en el frente de ataque? Es un debate que nunca se debiera plantear, porque el Estado, después de no haber hecho política, no puede renunciar a la defensa de la Constitución y de la unidad nacional. Pero se sabe perfectamente que el independentismo es más hábil, más osado y más tramposo a la hora de rentabilizar el victimismo o de convertir en opresión el cumplimiento de las leyes. Y esa es la llamada de atención del día. Señores gobernantes de España: incluso para reprimir una rebeldía hace falta una mística, un mensaje, algo que gane simpatías entre la mayoría silenciosa. De poco vale ganar el día 1 de octubre si esa mayoría silenciosa o dudosa se inclina hacia el otro lado. Ese es el sueño de los caudillos independentistas. Aunque para ello tengan que pagar el precio de penas que pueden ser de prisión.

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