Los días mundiales dedicados a una causa son como las flores en primavera. Hay tantos que es difícil apreciarlos en su justo a medida. Algunos son banales, un pasatiempos moderno, una oportunidad de chanza en el grupo de WhatsApp o de gloria efímera en Twitter. Pero mañana es el día del alzhéimer. Toca recordar a aquellos que olvidan. Todas las familias padecen o han sufrido estos socavones, que empiezan como mordiscos de arenilla, pero en los que finalmente no se consigue hacer pie. En esa oscuridad hay destellos, reflejos curiosos, luces intermitentes, engañosas claridades. Mentes en las que, como un pantano vaciado por una feroz sequía, emerge el pasado mientras se pierde el flujo del presente. Que alumbran momentos extraños. Un buen día él no consigue orientarse, porque tiene en su cabeza los planos antiguos de su casa, que fue reformada de arriba a abajo hace cuarenta años. Ella, de repente, canta; antes no lo hacía, pero en su laberinto particular ha encontrado canciones que nunca habían asomado a sus labios y su nuera, asombrada, anota esos versos nuevos. No muy lejos, una mujer diferente buscaba con la mirada a los que ya no estaban con la urgencia sana del que espera encontrar al hermano o al padre a la vuelta de la esquina. Otra moradora de las neblinas, con la ingenuidad propia de un niño, confirma una mañana las sospechas de sus hijas y confiesa que sí, que quiere a las dos, pero que una de ellas es la preferida. Y está también aquel abuelo que no reconoce a nadie desde hace tiempo, pero que, mientras da un paseo, observa a su hija, que camina tres pasos por delante, y suelta un «¡mira Sarita!»; un instante de sol para volver de nuevo a su continuo anochecer. ¿Cómo no acordarse de ellos y de los suyos?

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Olvidos