Y ahora ¿qué?


Bien. Ya se han desbaratado los planes para la celebración del referendo, o lo que fuese; el Govern y los independentistas le han visto las orejas al lobo; el Estado demostró su fortaleza y que el que se salta el ordenamiento jurídico no tiene futuro, pero ahora queda lo más difícil que es saber lo que se va a hacer con Cataluña. Nos queda conocer el plan del Gobierno, si es que tiene alguno, una vez que jueces, fiscales y fuerzas del orden le hicieron el trabajo.

Hasta ahora mismo, ni el presidente Rajoy, ni sus ministros han dicho por dónde van a ir a partir del día 2. Dando por bueno que la consulta, o lo que fuese, queda aniquilada, si es que queda, algo habrá que hacer con una reivindicación tan masiva y significativa como la que se está produciendo. Porque ya no es que reclamen su derecho a votar cien mil chavales radicales, es que lo han hecho el Liceu, el Barça, colegios profesionales, ayuntamientos, asociaciones de todo tipo y significados ciudadanos.

Comprobamos la escasa utilidad de jugar al escondite y encomendar la solución al paso del tiempo. Eso no hizo más que crispar los ánimos y crear independentistas. Lo ideal habría sido que a estas alturas, una vez que hasta Oriol Junqueras parece haberse rendido, anunciar un plan para acabar con este espectáculo dantesco antes de que se transforme en tragedia. La propuesta de «diálogo dentro de la ley» ofrecido ayer por PP y PSOE no parece más que un entretenimiento después de años descartando esta opción.

Mariano Rajoy ha advertido muy solemnemente a los sublevados que están a tiempo de evitar males mayores. Él también. O, mejor, sobre todo él los puede evitar. Porque en sus manos está que el conflicto catalán no vaya a más y pueda resolverse cívicamente. Pero para eso hay que tener un plan. Y no parece que lo tenga.

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