Los huérfanos de Piolín


Antes de que se desplegaran acontecimientos históricos tan conmovedores como la llegada a Barcelona de un crucero decorado con dibujos de Piolín para acoger a la Policía o el comunicado de apoyo al referéndum del Primavera Sound hubo una sesión en el Parlament en la que se votó una ley de desconexión sin dejar que la oposición pudiera presentar enmiendas. Fue ya un episodio de desprecio al derecho y las libertades civiles como para poner muchos pelos de punta pero, cómo no, los acontecimientos se precipitan y ha quedado todo eclipsado en el devenir de la tontería.

¿Qué diría Rajoy si fuera jefe de la oposición y todo esto estuviera sucediendo bajo el mandato de otro presidente, probablemente socialista? No estoy exigiendo demasiado esfuerzo a la imaginación. Rajoy salió en portada de El Mundo tras el 11M a defender su «convición moral» de que los autores del atentado eran de ETA, prolongó durante una legislatura entera esa teoría de la conspiración mientras jaleaba recogidas de firmas contra la reforma del estatuto autonómico catalán y afirmaba en el Congreso que si a Zapatero no le ponían bombas «es porque ha cedido». Después se apuntó a un populismo nocivo que aseguraba que la crisis económica se debía únicamente a la «desconfianza» de los mercados hacia ZP y que mágicamente se arreglaría con su llegada a la Presidencia. La logró y nos embarcó en un rescate bancario que nunca ha reconocido y que nunca lograremos recuperar. Nunca. Siendo presidente se dedicó a gobernar a ritmo de decreto ley despreciando el parlamento, a eludir cualquier comparencia ante los medios de comunicación con apariciones en pantalla de plasma, escapando por el garaje del Senado, en una cumbre con el presidente de Rumanía un periodista de ese país usó una de las dos únicas preguntas permitidas no para inquirir a su gobernante sino al nuestro porque los escándalos de corrupción le llegaban ya al cuello. Tras perder la mayoría ?en unas elecciones arrastradas al tope legal de 2015 rozando la navidad-- incluso declinó optar a la presidencia en su cita con el rey con un nuevo desprecio inédito hacia las instituciones del Estado. Hubo entonces una oportunidad cierta de que no accediera de nuevo al gobierno y la mezquindad de los actores que lo impidieron sí que ha quedado grabada en la historia, mucho más (así lo creo sinceramente) que en el ponzoñoso capítulo siguiente en que el volvió a hacerse el longuis hasta que Ciudadanos le empujó a un acuerdo de legislatura mientras asistía sonriendo a cómo el PSOE implosionaba para darle paso de nuevo camino a La Moncloa.

No es posible, me parece, meterse a pontificar sobre lo que anda pasando estos días sin poner primero sobre la mesa que nuestro presidente lleva una década comportándose como un trilero sin escrúpulos, sin más estrategia que dejar pasar los problemas por si se solucionan solos o se pudren (y se han podrido del todo) y convirtiendo en un erial instituciones clave del Estado. No sólo ha minado con su comportamiento el prestigio del poder Ejecutivo, ha manoseado el Judicial todo lo posible, ha creado una policía política dirigida desde un Ministerio del Interior comandado por un fanático religioso que cree que un ángel de la guarda le ayuda a buscar aparcamiento, en fin. Con este destrozo general, sobre estos despojos hay que ponerse ahora a defender la legitimidad del Estado y claro, no es nada fácil.

Dicho esto (y aunque no lo hubiera dicho podría argüir igual) me resulta intolerable que un supuesto progresismo hispano le ría las gracias a un nacionalismo catalán que en buena parte ni siquiera se ha molestado en disimular el racismo indigno sobre el que se sostiene. Uno que alimenta la idea de que un poder telúrico indefinido convierte a las personas en ahorradores esforzados o gandules subsidiados en función del paisaje. Los impuestos (qué vergüenza ajena me da tener que repetir esta evidencia) los pagan las personas, no los territorios. Las idiosincrasias nacionales son un cuento perverso propio de lerdos iletrados; y es algo que no en pocas ocasiones hemos denunciado en el desarrollo de la crisis europea cuando el auge de la xenofobia en el centro del continente señalaba a los mediterráneos como culpables de sus miserias por pecados de despilfarro y juergas imaginarias. Qué vergüenza, es intolerable que personas que se pretenden de izquierdas apoyen a un Gabriel Rufián que dice querer elegir cuán solidario quiere ser porque le está pagando el comedor escolar a alumnos de Jaén; que se quiera hacer pasar la insolidaridad con los más desfavorecidos como cosmopolitismo es repugnante. Y el hecho de que De Guindos haya ligado su oferta de diálogo a la revisión de un modelo de financiación autonómica en el que entidades nacionales van a pisotear las necesidades de los habitantes de zonas despobladas, envejecidas, como si fueran ciudadanos de segunda clase, nos pinta un horizonte aún más tenebroso.

Por supuesto, mucho de esto se explica por el infantilismo de todo un sector progre (una extraña alianza de adanistas con cuatro letras y también un buen puñado de vetustos amargados que se quieren cobrar deudas pendientes de los 80) que se abrazan al viejo, falso e inútil lema de «cuanto peor, mejor». Renovado quizá, porque casi todos vemos Juego de Tronos, en la magnífica cita del conspirador Meñique cuando susurra al oído que «el caos es una escalera». No haré spoilers, pero no acaba bien. Por supuesto el caos sólo es una escalera para trileros sin escrúpulos y el que no quiera ver la evidencia de estos años de quién ha sido el mayor beneficiado de esta estrategia puede seguir engañándose a sí mismo pero basta ya de intentarlo con los demás.

Huérfanos estamos de un movimiento político que ponga como prioridad los derechos sociales de todas las personas, independientemente del lugar donde hayan nacido, que señale esa diferencia como lo que es: una antigualla feudal que no merece desempolvarse. Huérfanos estamos de que haya partidos que defiendan de una vez mejoras para los verdaderos oprimidos de esta historia, trabajadores en precario que están regalando miles de horas extra por la cara a una clase empresarial que lleva ya dos lustros que van para tres regodeándose en la miseria del paro abrumador para imponer condiciones de esclavismo. Qué huérfanos estamos, qué mediocridad nos representa si no hay nadie capaz de señalar que es precisamente la falta de igualdad, el gravísimo sistema de explotación sobre el que está anclado nuestra economía y que es el que nos ata en el subdesarrollo por un injusto reparto de la riqueza. Me resulta indecente tener que elegir entre supuestos bandos en conflicto que me resultan dos caras de la misma moneda pringosa. Esperemos que no dure mucho más porque la estupidez ya se ha prolongado demasiado.  

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