¿Y el pasado?

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No faltan los que echan a volar banderas con aguiluchos. Ni quienes aseguran, literalmente, que los españoles tratan a los catalanes como «los nazis a los judíos». Y, en medio de esta alegre banalización de los horrores del pasado, la ultraderecha regresa al Parlamento alemán. La Cámara está ubicada en el antiguo Reichstag, en Berlín. La cúpula del edificio lleva la firma de Norman Foster. Es de cristal. Quizás para que la oscuridad no volviera a reinar nunca allí. Los visitantes montan mayores hormigueros en el Checkpoint Charlie, el punto de control más famoso cuando la guerra fría partió en dos el país y la ciudad, donde se siguen vendiendo camisetas que rezan: «Está abandonando la zona americana». La cicatriz del Muro recorre las calles. A muchos les sigue doliendo. Como la sede de Stasi. Como la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, que conserva en su torre los mordiscos de los bombardeos.

En Múnich, por las noches, la cervecería Hofbräukeller se convierte en una especie de pulpeira cosmopolita. Mesas corridas en las que corre la cerveza y en las que las salchichas sustituyen al pulpo. Los turistas japoneses, los estudiantes italianos, los licenciados españoles y los ejecutivos alemanes (todavía con traje y maletín), codo con codo. Si el tráfico de jarras es generoso, acabarán bailando la conga al ritmo de canciones bávaras. Bajo ese techo dio sus primeras arengas políticas Adolf Hitler. Y dicen que en ese lugar también se han reunido miembros y simpatizantes de Alternativa para Alemania. Seguramente habrán brindado por la negación del holocausto. En coche, tardarían solo media hora en llegar a Dachau.

El pasado repite sus lecciones cada día. Pero uno de cada diez votantes alemanes acaban de darle la espalda a la historia.

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