Manual para la revolución nacionalista


En el año 2000, en Oviedo, le dije a un político principal, hoy crucificado: «Quien no me quiere, no me tiene». Estas palabras valen para Cataluña: quisiera verla fuera de España, y aunque imposible, sueño con que los separatistas hundan la sierra hasta el manto y desgajen el trozo de corteza terráquea que pisan del resto de la península, y que sea isla a la deriva, cada vez más lejana. Pero hay problema, que la Constitución no permite mi querencia y la Geología niega mi sueño. Las naciones se forjan en el taller de Hefesto, a fuego, y luego las leyes las santifican. Los catalanes lo están haciendo a la inversa, y Hefesto no está contento. Les dice que, para ser nación, tienen, primero, que mandar a sus hijos al matadero de la Historia y, luego, ya se verá.

Bien. En la guerra civil (de hecho) entre constitucionalistas y secesionistas, estos están ganando las primeras escaramuzas gracias a un elemental manual revolucionario nacionalista. El capítulo del manual que consultaron en los días previos al 1-O trata de cómo hacer caer en la trampa al enemigo en el cuerpo a cuerpo. Así, los estrategas de los Mossos y de la Generalitat (asesorados por la CUP) pidieron por escrito al comandante de los policías estatales la intervención de sus agentes para que los mossos, no ya no se mancharan las manos, sino, y aquí encontramos la sustancia de la estrategia, para que sus escuadras se levantaran contra el Estado y para exhibir ante el Mundo la «represión de la España fascista», «la resurrección de Franco». El 1-O el recuento favorable no fue de votos; fue de heridos: más de 800 contabilizaron los catalanistas por solo unos 400 el CNP y la Guardia Civil.

Como en Occidente se ha pasado del «mírame pero no me toques» al «me estás agrediendo si me miras», las imágenes de la sangre del pasado domingo han ocultado el engaño. En EE.UU., donde la policía no da porrazos, directamente mata (los mossos les copiaron hace poco; los mossos dispararon bolas de goma, sacaron ojos y dieron porrazos cuando la gente protestó contra los recortes de Mas, que tuvo que ser evacuado en helicóptero). En Europa, las hostias de sus polis van y vienen. En Rusia, la violencia es una institución muy valorada. Sin embargo, todos ellos se echaron las manos a la cabeza. Veríamos lo que harían como a California y Texas se les ocurriese seguir la senda catalana. O a Lombardía. O al Rosellón. Y absténganse de citarme a Escocia, donde el referéndum es constitucional. Cítenme a los países con Constituciones como la nuestra: Francia, Alemania, Italia.

No voy a entrar en más capítulos del manual para no extenderme, salvo en este: para ganar el combate último hay que emprender dos acciones. Por la primera, es crucial tener dos divisiones paramilitares (unas SS y Gestapo) bien entrenadas y dispuestas a dar la «vida por la patria». Estas son la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium (los Jordis), que reúnen entre las dos a unos 90.000 elementos. Pero, aún dan más pánico los aproximadamente 300.000 mesnaderos de la CUP y varios miles más, que no estoy en disposición de cuantificar, de ERC y JXSÍ. Este abultadísimo contingente, amén de las flagrantes ilegalidades, burlas y patrañas que reiteradamente vienen cometiendo Carlos Puigdemont, Oriol Junqueras, Carmen Forcadell y Ada Colau (para qué poner más nombres y apellidos), han llevado la revolución a Cataluña. Una parte de este pueblo ha encerrado en guetos a más de la mitad de los suyos, a los que llaman «cerdos traidores», y arremete con fiereza inusitada a quien se le oponga. Es la fiereza que contiene el elixir del puro odio.

Por la segunda y última acción, se ha «obligado» a los sindicatos constitucionalistas, CC.OO. y UGT, a unirse a la huelga general que comienza hoy, y que es el medio para que la agitación social no pierda fuelle y refrende la declaración por el Parlament de la República de Cataluña. Con su apoyo (dicen: bueno, veremos caso por caso; o sea, sí), CC.OO. y UGT se alinean con los sublevados, arrancándose a tiras su máxima de internacionalismo, y han perpetrado esta felonía para no perder afiliados. Es una traición repugnante. A la par, la táctica de Pedro Sánchez (en antítesis con Susana y en sintética sintonía con Pablo Iglesias, sin cuyo concurso no se hubiera llegado a estos extremos) es descargar mamporros a diestro (PP) y siniestro (el Govern). Esta actitud del líder del PSOE es de una irresponsabilidad alarmante, porque en estos momentos no se trata de derribar a Rajoy (eso, más adelante); se trata de sofocar la revolución, que es un procés que puede, además de deprimir más la economía española, acabar con un golpe de Estado. Porque el diálogo que se pide en todo el continente es una necedad. En Cataluña, donde desde el 6 de septiembre pasado se desternillan del diálogo, solo tienen una fijación: la independencia, cueste lo que cueste.

(Hace tiempo, mucho tiempo, el periódico me enviaba en otoño al hotel de La Reconquista de Oviedo para entrevistar a algún que otro galardonado con el Príncipe de Asturias. Un año, le tocó el gordo a Camilo José Cela, y allí estábamos varios informadores a su vera cuando uno, no recuerdo a cuento de qué, le dijo al que luego fue Nobel que en Asturias teníamos una Virgen, la de Covadonga, que era «pequeñina y galana»; y las palabras brotaron rápidas de la lengua y labios de Cela: «pues que se joda». Esto es: oiga, que en Cataluña tenemos una Virgen, la de Montserrat, que es moreneta y catalanista; pues eso: que se joda).   

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