Gumersindo de Azcárate, un centenario que no debe caer en el olvido


El 15 de diciembre se cumplirán cien años del fallecimiento de Gumersindo de Azcárate. Sin duda, su nombre será familiar para la minoría más culta, pero desconocido para la mayoría. En una conferencia que pronunció en el Ateneo Casino Obrero de Gijón el 24 de agosto de 1911, con motivo del primer centenario de Jovellanos, Azcárate se apoyó en el ilustrado gijonés, de quien se declaró admirador, para cuestionar las obras de historia dedicadas solo a narrar guerras y contiendas, «profecías, supersticiones; en fin, cuanto hay de inútil, de absurdo y de nocivo en el país de la verdad y la mentira», añadía la cita de don Gaspar. En cierto modo, se le puede considerar a él también víctima de una manera de recordar el pasado que todavía no ha desaparecido. Es cierto que Gijón no olvida a su hijo más ilustre, no sucede exactamente lo mismo con don Gumersindo en la más conservadora León, que, quizá obsesionada con sus reyes medievales y últimamente alucinada con griales y «oculturas», tiene más postergado a un intelectual que fue hasta su muerte republicano. En cualquier caso, para ellos predomina la memoria local, pero, como a tantos otros, se los conmemora mucho menos que a monarcas, guerras, gobernantes y santos católicos en los fastos nacionales.

Gijón misma parece haber olvidado a Azcárate, al que, en 1908, declaró su ayuntamiento, por unanimidad, hijo adoptivo y le dedicó una calle, la actual Munuza, que conservó hasta que, en 1937, una comisión gestora, tan cargada de ignorancia como de resentimiento, se la arrebató. Había obtenido el reconocimiento por su decisivo papel en las Cortes para conseguir que el entonces llamado «ferrocarril estratégico» de Ferrol a Asturias terminase en Gijón y no en Oviedo. La historia posterior de esa vía férrea hizo que perdiese importancia, no se completó hasta 1972, cuando la vía estrecha resultaba ya poco útil, pero de eso no tuvo la culpa el diputado leonés.

Azcárate tenía una estrecha vinculación con Gijón, era hijo de una gijonesa, Justa Menéndez Morán, y desde niño había pasado temporadas en la ciudad. Lo recordaba El Noroeste al introducir las palabras de Luis de Zulueta en el acto de homenaje que se le realizó en 1918, tras su muerte, en un abarrotado teatro Jovellanos: «La venerable figura de Gumersindo de Azcárate, que paseaba por nuestras calles y nuestra playa su figura quijotesca como un Alonso Quijano el cuerdo, todo rodeado de una aureola de austeridad y de idealidad». El ilustre pedagogo institucionista destacó en su discurso que «consagró toda su vida y especialmente sus últimos años, a los problemas sociales, trabajando por un régimen mejor para el trabajador, no debilitando la producción sino intensificándola para luego hacer un reparto mejor entre los hombres. La muerte de este gran hombre constituye un símbolo, porque Azcárate encarnaba el símbolo de la verdad y de la justicia». Intervino también Julián Ayesta Manchola, que poco después sería nombrado director de El Comercio, y señaló que «este acto tiene un sentido especial; no tiene una finalidad sustancial, como la realización de propaganda de ideas, ni ampliar tampoco el valor social de la figura. Este acto es algo grande que corresponde a otro orden, que no es orden intelectual, ni de ideas, ni político, sino un acto sentimental, de verdadera emoción, algo grande y hermoso, que está en el espíritu de todos; son momentos de fervor colectivo exteriorizados al recuerdo de aquel que durante su vida fue ejemplo de la más acendrada virtud».

Don Gumersindo estuvo muy ligado a los dos diarios gijoneses, fue quien redactó el editorial que anunciaba el nacimiento de El Comercio en 1878 y su ideología y la estrecha relación con Melquíades Álvarez lo unían también a El Noroeste. Ambos lo llevaban con frecuencia a su primera página, lo recordaron cuando falleció y también en años posteriores. El Comercio reprodujo en 1927, cuando se iba a cumplir el décimo aniversario de su muerte, el artículo fundacional, que presentaba con estas palabras: «El Comercio puede vanagloriarse de no haberse apartado de la senda fijada por la pluma respetable y austera de Azcárate, y nuestro mayor homenaje a quien primero honró nuestras columnas, es presentarnos al cabo de medio siglo de luchas incesantes por Asturias y Gijón, pudiendo repetir, sin modificar ni una sola letra, las cuartillas que llenara con estilo clásico y sana orientación aquel varón justo».

Este leonés, respetado y admirado entonces en Gijón y en toda España, había sido un intelectual, uno de los padres de la Institución Libre de Enseñanza, un jurista reconocido internacionalmente y un político empeñado en democratizar y modernizar España y en promover reformas sociales que atenuasen las enormes injusticias de un país que comenzaba a industrializarse. No es casual, en este sentido, la admiración que sentía por Concepción Arenal.

Gumersindo de Azcárate era hijo de un abogado, filósofo y político progresista leonés de origen cántabro, Patricio de Azcárate Corral, que también había vivido varios años en Gijón. Patricio, amigo de Julián Sanz del Río y de Fernando de Castro, introdujo a su hijo en la filosofía krausista. Estudió Derecho y Filosofía en Oviedo y en Madrid y, en 1869, entró como profesor en la universidad madrileña, de la que se convertiría en catedrático en 1873. Fue expulsado de la universidad en 1875 por su oposición al decreto Orovio, que limitaba la libertad de cátedra, y, con su amigo Francisco Giner de los Ríos, Nicolás Salmerón, Laureano Figuerola y otros profesores, creó, en 1876, la Institución Libre de Enseñanza. Todos podrían recuperar sus cátedras tras la llegada de los liberales al poder en 1881, aunque continuaron con la Institución y su transcendental proyecto educativo. Con Giner, Manuel Bartolomé de Cossío y Francisco Fernández Blanco Sierra Pambley pondría también en marcha, en 1885, la Fundación Sierra Pambley en la provincia de León, institución educativa cuyo patronato presidió a la muerte de su fundador y mecenas.

De ideas republicanas, Salmerón lo nombró en 1873 director general de los registros civil, de la propiedad y del notariado, pero solo ocupó el cargo unos meses. Su entrada continuada en la actividad política se inicia en 1886, cuando fue elegido por primera vez diputado por León, escaño que mantendría de forma ininterrumpida hasta 1916. Formó parte de la primera comisión de reformas sociales y presidió el Instituto entre 1903 y 1917, desde donde promovió estudios y reformas legislativas. Con él colaboraría allí su discípulo Adolfo Posada, con el que tenía una buena amistad. De su labor como parlamentario todavía se recuerda su ley contra la usura, aún en vigor.

Su obra intelectual es muy amplia, con libros como Estudios filosóficos y políticos (1877), El «self-government» y la monarquía doctrinaria (1877), La Constitución inglesa y la política del continente (1878) o Tratados de política (1883). Fue miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Era un republicano moderado, un reformista que, a pesar de su oposición a la monarquía, admiraba el sistema político británico. Con Jovellanos compartía la ilustración, la anglofilia y la moderación, dijo expresamente que admiraba de él «el espíritu moderado, igual, ecuánime». Por su honestidad, inteligencia, ecuanimidad y tolerancia, Azcárate se ganó el respeto de sus adversarios, no hay mayor prueba que su amistad con el conservador Antonio Maura. Su voz era siempre escuchada y respetada, aunque no tantas veces atendida.

Solo la intransigencia más reaccionaria pudo intentar borrar su memoria. Gumersindo de Azcárate es uno de esos raros personajes que en cualquier país democrático sin una historia como la española sería reconocido sin discrepancias por todas las tendencias políticas. No sé si devolverle su calle plantearía problemas con los vecinos, aunque es corta y sin demasiados portales, pero, si eso no fuera posible, debería el ayuntamiento gijonés darle una nueva y acorde con sus méritos.

Me temo que no recibirá demasiados homenajes este diciembre. Sí lo recordarán la Fundación Giner de los Ríos-Institución Libre de Enseñanaza y la Fundación Sierra Pambley. La primera, entre otras actuaciones, publicará una cuidada edición de su libro Minuta de un testamento. La segunda organiza, con la Universidad de León y la UNED, un simposio en León, en el que destacados especialistas analizarán su vida y su obra. Las conferencias serán editadas en un libro por la diputación leonesa y colaboran en la organización la ILE y la Fundación Juan Entrecanales Azcárate. No sé si este artículo servirá de estímulo para que también se lo recuerde en Asturias. No está de más recuperar en estos tiempos a una figura que representa lo mejor del liberalismo social y reformista español.

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