Trapos y tripas


A comienzos de la semana, el acoso a un niño de Tennessee, Keaton Jones, al que su madre grabó llorando después de narrar que le tiraban leche por encima en el comedor de la escuela y le insultaban por su aspecto, conmovió a tanta gente que hasta el bueno de Chris Evans, el actor que interpreta al Capitán América, le ofreció ir al estreno de la próxima película de los Vengadores. Pocas horas después, de la misma manera en que había crecido la historia en las redes sociales comenzó una contracampaña que denunciaba que la madre de Jones era una racista defensora de la bandera confederada y que Keaton reproducía improperios de ese cariz en la escuela por lo que ahí estaba el origen de sus problemas. ¿Cuál es la versión correcta? Ya es imposible conocerlo, el revuelo de la discusión, las capturas de fotos antiguas, el posicionamiento de miles de personas sobre aspectos que ya van más allá del caso de acoso se han convertido en una maraña de sobre-información. No pasa nada porque, al menos a nosotros, Tennessee nos pilla muy lejos y para cuando llegó el viernes ya nos daba un poco igual. Tenemos una historia en la que primero un niño denuncia que se le maltrata por la pinta que tiene y luego nos dicen que es él quien juzga de forma vil la pinta de los demás. Pero, aunque la madre del niño fuera ciertamente una racista consumada, aunque todo fuera cierto ¿estaría justificado machacar día tras día a un crío en el colegio de esa forma? Incluso aunque Keaton fuera repitiendo lo que escuchara en casa. Yo creía que los adultos nos responsabilizábamos las cosas y no les cargábamos un peso así a unos mocosos. Normalmente, si un niño hace o dice algo atroz no es su culpa sino de los que lo han criado. Normalmente.

Juzgar por la pinta es la clave de esta historia. Chris Evans es un actor comprometido, que se apunta a campañas de beneficencia y defiende causas sociales. Quienes no saben mucho de cómics, o a quienes no le interesan las tramas de superhéroes suelen hacerlo también con su personaje. Pese a la parafernalia, con su escudo estrellado y demás, el Capitán América es el superhéroe progre por antonomasia, encarna los valores más avanzados de EEUU, los opuestos al lado oscuro que también tiene esa nación marcada en su nacimiento, en la misma media que por principios liberales, por un puritanismo religioso rayano en el integrismo, la desigualdad extrema y un individualismo que a veces es inhumano. Pero no el Capitán América, que no sólo luchó contra los nazis sino que a lo largo de las décadas ha sido defensor desde las viñetas de la lucha por los derechos civiles. Aquí a veces nos puede parecer raro por la pinta que lleva, así vestido con los colores de la bandera del país, aquí no es costumbre precisamente.

Mientras nos íbamos olvidando de Tennessee, nos conmocionamos con un suceso más atroz y más cercano. El asesinato por la espalda de un hombre en Zaragoza, del que se decía que lo habían matado por llevar unos tirantes con los colores de la bandera de España. Aquí es que Hydra ganó la guerra. Fue también cuestión de horas que se buscaran los antecedentes del hombre asesinado, Víctor Laínez, supuestamente por sus tirantes. Motero, amigo de falangistas, en una foto posaba al lado de un tipo que lucía una camiseta con el lema «Heil Hitler». Hay veces en que las apariencias engañan y otras no, que dicen a gritos lo que hay. Pero ¿tuvo tiempo acaso el presunto asesino Rodrigo Lanza de saber todo esto? ¿quién merece morir de forma tan vil, por la espalda, con un golpe en la nuca y su cara deformada a patadas en el suelo por la pinta?

Lanza sí tiene antecedentes, y unos terribles. Fue condenado por causar una tetraplejía a un agente en el desalojo de una casa okupa en Barcelona en 2006; se le acusó de lanzarle una piedra. Lanza era recordado esta semana por esos sucesos y por haber parecido en el documental «Ciutat Morta» que denunciaba en esa historia un montaje policial. Yo no vi el documental, pero leí muchos artículos sobre aquellas detenciones antes de que se rodara. En aquella noche fue detenida junto a Lanza otra chica, Patricia Heras, con la que coincidió en el hospital. Siempre negó que ella hubiera estado en la casa okupa, llegó al centro sanitario después después de tener un accidente en bicicleta en una noche de jarana. Pero es que Patricia tenía toda la pinta. Con el pelo cortado en forma de tablero de ajedrez por un lado, con una indumentaria que para muchos agentes de las fuerzas de seguridad es ya indicio de algo. A ella la detuvieron allí por su aspecto, la condenaron y terminó suicidándose. Es importante señalar que algunos de los agentes que participaron en esa historia fueron luego también condenados por torturas y falsificar pruebas. Pero Lanza sí estaba en la casa okupa. También estaba en el bar donde murió Laínez, ahí le vieron otros clientes, el dueño, sus propios acompañantes que atestiguan la pelea. Ninguno de ellos vio el cuchillo que, según su versión, empuñaba Laínez. Tiene pinta de que el caso tiene poco recorrido, pero este es un artículo sobre los peligros de juzgar por la pinta, y también de que incluso la gente más deleznable, el mayor de los hijoputas, tiene sus derechos.

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