Inés Arrimadas, sola ante el peligro

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Jamás lo olvidaré: el 26 de octubre se celebraba en el Parlamento catalán el debate sobre la proclamación de la república independiente que culminaba la rebelión secesionista. Lo seguí agotado ya del esperpento. Pero mi hartazgo se convirtió, ¡tras!, en emoción política profunda cuando tomó palabra una joven diputada que habló con un coraje, claridad e inteligencia desconocidos en aquella tierra castigada por el nacionalismo.

Inés Arrimadas, andaluza afincada en Cataluña se apoderó de la tribuna y al hacerlo se convirtió en la dueña intelectual de un parlamento que la escuchó completamente atónito. Y es que frente a tantas mamarrachadas, atropellos y silencios de complicidad, la portavoz de Ciudadanos dijo verdades como puños, sostuvo de cabo a rabo un discurso coherente y puso al descubierto con tanta valentía como exquisita educación la red de abusos y patrañas del desafío independentista, cuyos líderes miraban al suelo abochornados al ver que alguien se atrevía sin miedo a cantarles las cuarenta.

Inés Arrimadas defendió el imperio de la ley como única forma de vivir en sociedad; proclamó la obvia pluralidad política, social y cultural de Cataluña; y se comprometió a convertir la lucha por uno y otra en el centro de su compromiso con la libertad. La que el nacionalismo arrebató, con una acción sectaria exasperante e intolerable, a los catalanes no nacionalistas. Y eso, justamente eso, ha hecho desde entonces.

Inés Arrimadas lidera la fuerza que según la mayoría de las encuestas ganará en votos las elecciones catalanas. Pero, aunque quede de primera, está sola ante el peligro. Para los nacionalistas se ha convertido en la bestia negra que ha tenido la osadía de decir en voz bien alta lo que ellos habían prohibido siquiera sugerir. Para los llamados constitucionalistas es el adversario a batir, pues su éxito se construiría sobre el fracaso del PP y el PSC.

Inés Arrimadas, llegado el caso de que el Partido Popular, el PSC y Ciudadanos tuvieran la mayoría absoluta, contaría con el apoyo del PP, que haría presidenta sin dudarlo a quien lo habría dejado hecho cisco en los comicios. La actitud de Iceta y del PSC, que han anunciado que jamás la votarían, es muy distinta. Tanto que llamar constitucionalista al PSC es un abuso de la semántica, que solo sirve para crear una realidad inexistente. El PSOE, y no en todas partes, es constitucionalista. El PSC ni lo es hoy ni desde hace mucho tiempo: es un partido de nacionalistas disfrazados o acomplejados por no poder manifestarse como les gustaría porque parte de los votantes que aun le quedan no se lo perdonarían. El PSC es el reino del oportunismo, la confusión y el pasteleo, eso a lo que Iceta llama transversalidad.

Inés Arrimadas no será muy probablemente presidenta, pero su hazaña es ya parte de la historia de nuestra democracia: porque decir la verdad en un lugar donde tanta gente miente es mucho más difícil y mucho más meritorio que sentarse en un sillón que han ocupado predecesores que no merecen tan digna sucesora.

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