«Era la negra»


Fue un latigazo sonoro. Salió de una garganta. «Era la negra». Hablaba de Ana Julia, la chica que transportaba en el maletero del coche que conducía en Almería el cuerpo sin vida de Gabriel. Llegaron a ser unos 400 los que buscaban a este niño de sonrisa que cautiva, la que llega a camuflar el horror que es la existencia para la conciencia que se mantiene en vela. Ocho años, y «fue esa negra», soltó otra voz, «la que se entendía con el padre; enseguida sospeché de ella». El adjetivo predominó sobre el nombre y, muy significativamente, sobre el verbo.

Nunca nos libraremos de la apelación al color, a la etnia, a la sexualidad (la mujer seguirá siendo ‘mujer’; no hay un antes y un después del 8-M), a las creencias, a las taras, a la pobreza. Son los aherrojados, con independencia de su culpabilidad o su inocencia. Las emociones son embridadas a unas leyes viciosas que encanallan a los sujetos. Y las convicciones se vuelven invencibles. Y eternas. Eternas.

Joaquín Forn, el ‘preso político-lazo amarillo’, exhibió su ruindad en otro horror. «Este es catalán; este es español». Contaba los cadáveres de los aplastados en las Ramblas de Barcelona y en Cambrils, en agosto último. Y la exhibió con la jactancia del sádico. Pocos días después fueron los xenófobos catalanes los que violaron los cadáveres de las víctimas yihadistas en la manifestación de repulsa al atentado. Estos ultras no fueron a rendirles homenaje. Y recibieron la bendición de los monjes de Montserrat. Dios sirve para amar (‘Nuevo Testamento’) y para odiar (‘Antiguo Testamento’).

La metapsicología es el cosido de la cultura por la psicología. Para el bordado usa los hilos del engaño, de la ilusión, de la primacía, de la represión, del miedo. La prenda que obtiene es la psicopatología de las masas. En eso estuvimos hasta ahora. En eso estamos ahora. En eso estaremos siempre.

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