Cuando la luna se acuesta en Oviedo


Cuando me dispongo a subir la calle Martínez Vigil, antigua entrada a la ciudad para quienes venían desde Gijón, veo las ventanas del edificio de Cruz Roja, que muestran la vida de dentro, en el primer piso, muestran parte de la vida y la que no muestran se adivina. Están dentro las luces encendidas y unas pantallas de televisión, donde corren las imágenes, bajan desde el techo, mirando a las butacas, adivinadas, de las personas que reciben tratamiento de diálisis, adivinadas. Miro hacia las ventanas, cada vez que me dispongo a subir, y veo muchas veces a alguna enfermera inclinada hacia la butaca, con uniforme blanco y mascarilla en la boca. Es por la noche y la luna nos mira, a quienes reciben tratamiento, a las enfermeras, a mí; la luna, acostada, nos mira, nos ilumina y nos protege.

Este es un trozo muy pequeño de una ciudad muy pequeña, de una ciudad de provincias, anodina, como cualquier otra, hermosa, tantas veces, fea, unas cuantas, rutilante e indecente, mojigata y canalla, llena de alegría y de ganas de seguir adelante e indolente. Herida muchas veces, curada casi tantas. Curada por quienes viven en ella, cuidada como cuidan las enfermeras en Cruz Roja o como cuida la luna.

Un trozo muy pequeño de Oviedo, mi ciudad. Que me gusta mucho este trozo, por ser puerta que se franquea, porque la vida de dentro del edificio se muestra a la calle, porque hay personas que necesitan cuidados y hay otras que hacen su trabajo, se inclinan un poco y cuidan. Porque la ciudad son las personas; el resto, aunque a veces parezca al revés, es accesorio y contingente.

A veces, la ciudad resulta herida, se le corta la piel, sangra y lloramos cuando eso sucede, lloramos al menos quienes entendemos la ciudad como una maraña de relaciones que van de la amistad al amor, de la fraternidad al cuidado, del saludo al amanecer a la despedida cuando sacamos la basura, lloramos cuando la ciudad resulta herida, nos juntamos para condolernos y esperamos, pudiendo hacer poca cosa, a que la herida cicatrice.

Esto ocurrió hace muy poco, en la calle que me dispongo a subir, en la calle Martínez Vigil, porque el Ca Beleño, cervecería imprescindible con treinta años de vida, cerró. Y, ahora, en Martínez Vigil, la ciudad se encuentra herida, la piel se ha abierto y tardará en cicatrizar. Porque el Ca Beleño fue de lo mejor de la ciudad: un lugar hermoso, caliente, acogedor, solidario, reivindicativo y cantarín, con la fuente de la verdad en un jardín diminuto, y hay que condolerse, dolerse con, y curaremos, poco a poco, la herida con quienes nos dolemos, sabiéndonos con privilegio por estar llorando, porque eso significa que antes estuvimos.

Iba a hablar de cuál es el modelo de ciudad que quiero para la mía, más allá de los terrenos de El Cristo o de la fábrica de armas o del trazado de la Ronda Norte, que doctores tiene la Iglesia dotados para el urbanismo.

Iba a hablar, una vez más, de por qué es fundamental que haya música en directo en los bares y en todos los rincones, por qué es compatible con el descanso vecinal; de por qué sería sencillo rescatar comida que va a la basura cada noche y que está en perfecto estado; de por qué quiero un mercado del Fontán vivo y sin miriñaques. Iba a hablar de todo eso y me quedé atrapada enfrente del edificio de Cruz Roja, con una enfermera inclinada y la luna acostada y protectora.

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