Unos huyen, otros reniegan de sus obras cuando sienten sobre sus hombros la pesada losa de la prisión. Pero los demás siguen en sus trece y, aunque tanteando el terreno con más cautela, mantienen su ánimo de desafiar la legalidad. Los secesionistas no están preocupados ni por el bloqueo ni por gobernar Cataluña, solo buscan hacer visible su enfrentamiento al Estado. No hay mejor prueba que el esperpento en que han convertido el proceso de investidura, proponiendo uno tras otro candidatos imposibles. Hasta la traca final de presentar un candidato que mañana puede ir a prisión y hacerlo con una convocatoria y un pleno de investidura exprés que cuando menos burla los usos democráticos y desprecia los derechos de los parlamentarios, que es tanto como desentenderse de los millones de catalanes que los votaron.

Nada nuevo, nada que no hayan venido haciendo desde hace años. Pero su capacidad para traicionarse incluso a sí mismos no tiene parangón. Se alimentan de una sola idea, la imposición de la independencia, y en ese altar sacrifican la ley y todos los principios democráticos, desde el respeto a los catalanes -a todos los catalanes, no solo a los que piensan como ellos- hasta la separación de poderes, al intentar provocar a la Justicia invistiendo a un candidato encausado. Y que, por ello, mañana podría ir a prisión. Lo cual demuestra el valor que le dan a la gobernabilidad de Cataluña: ninguno. Y en ese desquiciamiento han acabado todos convertidos en partidos antisistema. Abducidos por Puigdemont. Y por la CUP, dispuesta, por lo que parece, a la apostasía para apoyar una candidatura ante la que sus bases habían votado abstenerse. Es decir, vuelta a empezar.

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Vuelta a empezar