Rajoy, el PP y los profetas


Si usted se fue de vacaciones a Zimbabue o se recluyó en uno de esos imposibles lugares sin cobertura, o sencillamente decidió desconectar y se volvió a conectar el domingo, se habrá llevado un susto (o una alegría, depende de sus simpatías políticas) al abrir algunos periódicos. Habrá visto que uno daba por liquidado al Partido Popular como gobernante, a manos de Albert Rivera. Y habrá culminado su sorpresa al saber que, como consecuencia de la debacle, el PP se disponía al relevo de Mariano Rajoy. Después, ayer mismo, otro diario situaba a Ciudadanos 20 puntos por encima del PP y 30 puntos por encima del PSOE. En el golpe a los socialistas se fijan poco los oráculos periodísticos, porque la noticia es que el trasatlántico de la derecha española no tenía rival hace solo unos meses, pero ahora puede cambiar de manos. La novedad apasiona a los profetas.

Lo malo de estas encuestas para el PP es que todas dicen lo mismo y cada una empeora el diagnóstico. Y lo pésimo es que Ciudadanos se está viendo rodeado de una aureola de ganador, que es el factor necesario para ganar de verdad. En este sentido, las encuestas no solo recogen los estados de opinión, sino que los crean. Creo que estamos en uno de esos momentos y, como vivimos en una fiebre de sondeos y no hay semana que no se publique alguno, el monstruo se alimenta cada domingo, que es el día preferido para su publicación. Puede estar ocurriendo que el crecimiento de Ciudadanos no se deba a sus méritos, sino a los estados de opinión creados por las empresas demoscópicas.

Sobre la situación personal del señor Rajoy, sería muy razonable que atravesase un momento de dudas. No es hombre que se amilane ante las dificultades, pero sí es hombre de partido. Por tanto, si entiende que él es el problema, sería también razonable que hiciese cálculos sobre su retirada. Pero que no se entusiasmen sus detractores internos y externos. Antes de tirar la toalla, esperará un cambio en la opinión pública. Primero probará en la convención nacional del próximo fin de semana en Sevilla: de ahí espera salir con el liderazgo fortalecido. Y después esperará un año más, a las elecciones municipales: de ellas espera que el lobo Rivera no sea tan feroz como lo pintan.

Pero puede ocurrir también lo que dicen algunos dirigentes de Génova: que Rajoy ya tomó su decisión, pero no la dirá hasta el último minuto. Y en ese supuesto, me pongo a especular: si don Mariano hubiera decidido seguir, lo habría comunicado. Si no dice ni palabra, admitamos la opción de la retirada: el silencio es la mejor estrategia para mantener la autoridad y evitar el vacío y la lucha por el poder. Quedan avisados los aspirantes a la sucesión. Y no quiero señalar.

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