ETA: un fin a la altura de su infamia

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Después de 60 años en los que ha asesinado a cerca de mil personas, la banda terrorista ETA se rindió ayer con un comunicado tan repugnante, que está a la altura de la vileza de su historia. Son apenas cinco párrafos, pero destilan infamia por las cuatro esquinas. Desde su primera frase, en la que se define como «organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional» -¿socialista?, ¿liberación?-, hasta la última, en la que afirma que «ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él», todo es mentira, burla, perversión del lenguaje y orgullosa reivindicación de su barbarie criminal. Ninguna persona de bien que lea ese texto abyecto en el que los asesinos ni siquiera citan a sus víctimas, llaman «actividad política» a la carnicería que perpetraron, reivindican su «honestidad de siempre» y acusan a los estados español y francés de utilizar la violencia, puede concluir que hay en él una gota de arrepentimiento, verdad o reconocimiento del daño causado que justifique el más mínimo gesto de benevolencia, por mucho que el lendakari Íñigo Urkullu o su predecesor, el socialista Patxi López, se apresuraran a pedir beneficios penitenciarios.

El último escarnio de la banda es que esa bazofia literaria y moral nos la transmita Josu Ternera, un asesino en serie huido de la Justicia y que ordenó personalmente matanzas como la de la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. En todo caso, sea sincero o hipócrita, nada de lo que diga o haga ETA puede influir en el futuro de los presos o los perseguidos por la justicia ni acortar sus penas. Yo comprendo que para aquellos a quienes la banda destrozó la vida arrancándoles para siempre y de la manera más cruel a sus hijos, padres, hermanos o parejas, pueda significar algo que los asesinos les pidieran un perdón sincero o se declarasen arrepentidos. Pero a mí, personalmente, eso me importa un bledo. Lo que quiero es paguen por lo que hicieron. Que cumplan las condenas que les fueron impuestas de la misma manera que lo haría cualquier otro criminal. Sin que pasen en la cárcel un día más de los que dicta la ley, pero tampoco uno menos. Que su tratamiento judicial y penitenciario no dependa de sus cínicos comunicados ni de oscuras componendas políticas, sino exclusivamente de la gravedad de sus crímenes y de la eficacia para que no se repitan. Todo lo que no sea eso implicará que se les reconozca como presos políticos y que tengan un trato privilegiado por parte de la Justicia y del Estado de derecho por el mero hecho de ser terroristas.

El que ha asesinado, secuestrado o torturado en nombre de la independencia del País Vasco no merece un trato distinto de aquel que lo ha hecho por otro tipo de odio, por venganza, por codicia o por beneficio personal. ETA no se disuelve. ETA ha sido derrotada por la democracia, que no le debe nada. Su despreciable comunicado de ayer lo confirma. En cualquier país decente, los únicos protagonistas de esta jornada, aquellos de los que tendríamos que estar hablando, deberían ser las víctimas de la barbarie, no sus verdugos.

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