Justicia popular


Hace unas semanas vi el documental «The Karma Killings», en el que se narra la historia de un asesino en serie que trabajaba de sirviente,y quien supuestamente fue su cómplice o instigador, un burgués, su jefe. La desaparición de docenas de niños en un punto concreto de Nueva Delhi generó pánico en la población, y cuando las autoridades detuvieron a los presuntos culpables, los medios de comunicación dieron una cobertura sensacionalista a los hechos. El resultado de este cóctel fue el esperable: odio de clase ( aunque uno de los asesinos, y posiblemente el único, es de clase baja ), masas sedientas de sangre, asalto a la vivienda de uno de los acusados y violencia en la puerta de los juzgados.

Hay una escena que se me quedó esculpida en la memoria. Un equipo de televisión a la puerta del juzgado entrevista a un hombre vestido de negro. El hombre dice que toda persona decente de la India debería acudir al juzgado para linchar al acusado burgués. Asegura que es lo que le ocurrirá al hombre cada vez que acuda al juicio, recibir una paliza,  y que él estará allí dispuesto a ello, pues no solo es abogado, también es un ser humano. Durante la delirante entrevista callejera, el zoom de la cámara nos muestra su mano izquierda llena de sangre y mechones de cabello del acusado. Una imagen del agredido posterior muestra su rostro hinchado por lo golpes. La imagen del abogado con la mano manchada de sangre es una de las más desasosegantes que he visto en mucho tiempo. Algunos familiares de las víctimas asesinadas y probablemente violadas y hasta devoradas no dudan en mostrar su profunda desconfianza hacia la justicia del país. Uno de ellos asegura que solo la pena de muerte le aliviará un poco. Sentí al escucharle y después ver la imagen del abogado linchador que esa desconfianza es normal si hasta los abogados deciden tomarse la justicia por su mano y el sistema se lo permite.

La violencia contra las niñas y las mujeres en India es terrible. Recientemente, la víctima de una violación en grupo fue quemada viva por sus agresores debido a que la denuncia que interpuso acabó con una condena consistente en una multa de setecientos euros y cien abdominales. La semana pasada, el país instauró la pena capital para las violaciones a menores de 12 años. Admitámoslo, es para desconfiar de la justicia del país.

Las noticias sobre linchamientos no se limitan únicamente a la lapidación de adúlteras en teocracias islámicas. Un ligero vistazo a Google te puede mostrar cómo esta práctica recorre muchos países como un virus. Donde no llega el Estado, los linchamientos se producen por motivos tan banales como el robo de una bicicleta.

En Alabama se ha inaugurado un monumento y un museo en recuerdo  de las alrededor de 4400 personas linchadas entre 1877 y 1950, año en el que, al parecer, se aprobaron leyes contra esta práctica. La gran mayoría de víctimas de esta peculiar justicia popular eran negros, y solo unos pocos eran blancos pobres. Los motivos para linchar a un negro eran endebles, y nunca sabremos si alguno de ellos fue realmente culpable, y no lo sabremos porque fueron asesinados sin juicio y de todos modos los racistas nunca necesitaron excusas para linchar a un negro. En el siglo XIX algunos de estos linchamientos eran anunciados en la prensa y el público podía acudir a regocijarse en el sufrimiento y la tortura de personas acusadas de, por ejemplo, violar a una mujer blanca, algo que era realmente una obsesión entre muchos blancos del sur. De hecho, era el temor que sentían cuando un bluesman negro como Muddy Waters era sexualmente explícito en sus canciones, o cuando Charlie Patton hacía gestos obscenos con la guitarra en sus actuaciones o, mucho después, cuando Howlin' Wolf hizo el número de la botella de una bebida gaseosa agitada en su entrepierna. Los negros querían violar a las mujeres blancas, y si no era asi, siempre se puede intentar matar a un negro famoso por el simple hecho de ser negro, como comprobó Nat King Cole cuando una facción del Ku Klux Klan intentó matarle durante un concierto en Birmingham, Alabama, en 1956, y solo pudo abandonar la ciudad gracias a su amigo Frank Sinatra y sus contactos con Cosa Nostra.

La historia de los linchamientos es la historia de la indignación y cada vez más, la historia de la estupidez y la intransigencia fomentada por los medios. En el caso  que narra «The Karma Killings»,  no dejaron de dar todo tipo de información sensacionalista del mismo modo que los linchamientos en el sur de Estados Unidos eran anunciados en los periodicos, de la misma manera en la que Pepe Navarro dio cobijo a una delirante teoría de la conspiración sobre Alcàsser, de la misma manera en la que se da cobertura a quien pide penas más duras pero se pasa de puntillas ante las quejas de la madre de Gabriel, exactamente igual que los que publican la vida privada de la víctima de la violación de Pamplona, exactamente igual que la carta publicada en los medios dirigida a la pareja de un miembro de la Manada. Es lo que llevó a la condena de Dolores Vázquez sin pruebas de ningún tipo por asesinato. Es lo que piden los justicieros de pacotilla en las redes sociales cuando destapan los líos sexuales de algún famoso de medio pelo y se le señala como a un pervertido si lo es como si no. Es más fácil que sentarse a pensar antes de actuar. Es de locos. Es desagradable, temible y siniestro. Es justicia popular, la de la turba que juzgó a Peter Lorre.

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