Hacer de la necedad virtud


Cuando los mensajes políticos que remiten a la exclusión de una parte de la sociedad tienen rédito electoral, estamos ante un ejemplo de «hacer de la necedad virtud»; perversa, eso sí. Y la exclusión no solo es identitaria o territorial, si es lo que estás pensando, también puede ser económica y política. Los referentes van desde el país más poderoso de la Tierra -demencial paradigma que está inspirando a otros virtuosos del odio-, a los partidos políticos de cualquier país, pasando por las trifulcas entre ultranacionalistas que difícilmente sobrevivirían si no se dan de comer mutuamente.

«Amarás al cercano y rechazarás al extraño», como dice Adela Cortina en su libro Neuroética y Neuropolítica, forma parte del discurso encubierto de una estrategia de supervivencia grupal-egoísta, puede que legítima, pero que, multiplicada por la depredación global, resulta suicida en el contexto actual. Esta estrategia pudo funcionar en un contexto evolutivo ancestral, dadas ciertas condiciones ambientales con población escasa y recursos inciertos. Pero en las condiciones actuales, y a diferencia de una estrategia cooperativa que tenga en cuenta a toda la biosfera a largo plazo, la estrategia egoísta está impulsando el colapso del sistema, como ha pronosticado ya algún modelo matemático. Aún así, como vemos, el discurso político del miedo a «los otros», atávico, como pretexto para el acaparamiento de poder, sigue sirviendo, como el perro al pastor.

Tampoco podemos esperar mucho de los políticos cuando de un lado se amparan en sus tropelías, mientras que de otro se afanan por amontonar sacos terreros alrededor de su parcelita de poder. Todos obedecen de algún modo, ya sea por interés, sumisión o incapacidad, respectivamente, a un plan maestro que tiene en la ambición su fiel criterio de selección.

La clase política constituye, así, el cuerpo de capataces que controla una cadena de montaje en la que una exhausta clase obrera monta, pieza a pieza, una máquina devastadora camuflada bajo una publicidad que alardea de eficiencia a la hora mantener limpias nuestras casas: una aspiradora global de recursos diseñada en Wall Street, la City, y demás centros financieros. Dice el Nobel Stiglitz: «Los que están en la cima han aprendido a absorber dinero de los demás mediante técnicas que estos ni siquiera conocen: esa es su verdadera innovación». Así que, efectivamente, nuestras casas quedarán limpias; pero no solo de polvo, sino de enseres y personas, para que un banco pueda subastarlas al fondo especulador más agresivo. Y el depósito de la aspiradora del lucro indiscriminado se vacía, sin descanso, en paraísos fiscales, de los que los gobiernos son cómplices. No tienen, pues, interés en erradicarlos.

En fin. Una sociedad en la que un jugador de fútbol, por bueno y majo que sea, vaya a cobrar, en el ocaso de su carrera, 25 millones al año, mientras 3 de cada 20 trabajadores no pueden proporcionar sustento a sus familias con sus infrasalarios, no tiene un buen pronóstico.

Una sociedad en la que produce más indignación colectiva que le roben un partido a un equipo de fútbol o que baje de categoría, a que roben quirófanos y camas de hospital o aulas de centros educativos, tal vez no merezca redención. Porque, tal vez, somos una especie tóxica; una enfermedad pasajera de un planeta, tan extraordinario en el Universo conocido, que sí la merece.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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