La lógica de la resistencia


La moción de censura en España es una combinación de la censura propiamente dicha con la lógica política de la investidura de un nuevo presidente. Una regulación agravada que responde al sentido de la época en que fue elaborada la Constitución, cuando en una democracia incipiente se buscaba por encima de todo la estabilidad política. Se trataba de evitar situaciones como las de Italia, donde la fragmentación provocaba cambios de Gobierno prácticamente cada año. De ahí un sistema electoral que alienta el bipartidismo y un diseño de la moción de censura que en realidad la convierte en inviable, salvo cataclismos políticos, en cuyo caso la solución natural suele ser la disolución de las Cortes. En la práctica deviene, por lo tanto, en instrumento inútil, que alimenta más la lógica de la resistencia que la de la responsabilidad política. Y es en ese territorio, el de las trincheras, en el que se ha instalado Mariano Rajoy, consciente de que la mayoría no lo quiere, pero seguro de que una oposición fragmentada y enfrascada ya en la carrera electoral será incapaz de pactar una nueva mayoría política alternativa. El clásico divide y vencerás.

Es evidente que la lógica de la resistencia ha sido muy rentable para Rajoy. Pero que sea buena para sus intereses partidarios no significa que sea buena para los intereses generales de los ciudadanos. España lleva tres años paralizada políticamente. Por la incapacidad para formar mayorías, lo que obligó a repetir elecciones. Por la debilidad de un Gobierno en minoría sin más motivo de satisfacción que sacar adelante unos Presupuestos cuya medida estrella, la revalorización de las pensiones, es en realidad una enmienda a su política anterior forzada por el PNV. Un partido que pone en solfa el modelo territorial español en el Parlamento Vasco y que al día siguiente ya se muestra dispuesto a oír los cantos de sirena del PSOE para cambiar de bando. Una parálisis que incluso ha obligado a subcontratar en la Justicia la defensa del Estado frente al desafío secesionista. Un problema enquistado y que amenaza con gangrenar las relaciones institucionales, la convivencia social y, por supuesto, la vida política. Como lo demuestra que el voto de los independentistas se haya convertido en arma arrojadiza en esta moción de censura. Hasta el extremo de que el mismo partido que se entrega a los nacionalistas vascos se permita tratar de judas al PSOE por no renunciar al apoyo de los nacionalistas catalanes. Ciertamente, este hecho evidencia la debilidad de la moción socialista. Inadmisible sería pactar con quienes desprecian y se saltan la Constitución. Pero inaceptable es también que Rajoy lo utilice para chantajear al Parlamento y condenar al país a la inacción. La sentencia de la Gürtel es demoledora para su credibilidad, pero, como él dice, entramos en el terreno de la conciencia personal. Porque, en términos políticos, tiene la legitimidad y los números para seguir en el poder. Al menos mientras la oposición se siga mostrando incapaz de construir otra mayoría. Pero la lógica de la trinchera solo sirve para defenderse. Rajoy puede seguir instalado en ella, aunque así engorde aún más desafección por la política. O puede dejar de ser el tapón que impide la renovación, abriendo la puerta a otro líder en el PP y/o a unas nuevas elecciones. Ganaríamos todos.

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