Motor de reacción


Vamos a ver qué depara la sucesión en el liderazgo del Partido Popular y si, con el relevo, viene también un proceso de actualización política y de comprensión de las razones que les han llevado rápidamente de la mayoría absoluta a la precariedad parlamentaria y, de ésta, a la oposición, en la primera moción de censura exitosa de nuestra democracia. También comprobaremos si el PP se atreve a acometer la regeneración que las circunstancias le piden a gritos, ya que ha sido incapaz de atajar la corrupción en sus filas, que ha sido generalizada en algunas de sus estructuras territoriales (Comunidad Valenciana y Madrid, singularmente) y en la propia financiación del partido.

El estilo de oposición que lleven en lo sucesivo será, sin embargo, lo que definirá a la larga el tono del centro-derecha español. El escenario es muy singular, porque, por primera vez, compiten a tumba abierta por el mismo espectro político con Ciudadanos, que, al calor del debate territorial y el problema catalán, ha abandonado sus pretensiones iniciales de atraer a un electorado heterogéneo y prefiere escorarse a la derecha cultivando un nacionalismo español pretendidamente renovado (aunque con poco éxito en las formas, que chirrían tanto como la letra del himno de Marta Sánchez). A su vez, el auge de fuerzas populistas en Europa les sitúa ante la disyuntiva de alimentar el discurso que fortalece esas corrientes, y en el que el PP podría peligrosamente encontrar cierta comodidad, o seguir la onda democristiana europeísta en la que, con muchísimas contradicciones e inconsistencias (ya que el PP ha bebido de muchas fuentes, empezando por el propio «franquismo sociológico» ligado a su momento fundacional), ha querido inscribirse, en la línea de sus socios en el continente.

Para la derecha española, la tentación de tirarse al monte es más fuerte que nunca, y esa pulsión puede prevalecer pese a las formas aparentemente amables de algunos de sus posibles líderes (Soraya Sáenz de Santamaría o Alberto Nuñez Feijóo, por ejemplo). Por una parte, es lo que se lleva en el entorno de las democracias occidentales en crisis, donde la desvergüenza xenófoba y nacionalista desplaza en las preferencias electorales a los viejos conservadores de orden y tradición. La rabiosa demagogia de Trump, Salvini, Farage o Le Pen, y de otros que amenazan con la emulación discursiva (Boris Johnson, Sebastian Kurz o Laurent Wauquiez, entre otros) pone en una tesitura complicada a quien quiera ofrecer una imagen de moderación y responsabilidad. Lo que vende es, por el contrario, la intransigencia y la voluntad disruptiva, aunque no se tenga otra alternativa que aprovechar electoralmente las aguas revueltas del desasosiego generado. Por otra parte, siguen pesando los orígenes de la derecha política española, una parte de la cuál es incapaz aún de mirar a los ojos a la historia de España para ver «el rostro puro y terrible de mi patria», que diría Blas de Otero, lo que se comprueba fácilmente con los alucinantes sarpullidos que surgen cuando se reivindica algo tan elemental como la memoria y reparación para las víctimas del franquismo. Además, la competencia entre Ciudadanos y PP no se está haciendo en el terreno de la modernidad y la capacidad atractiva para votantes de ánimo templado, sino en el campeonato de credenciales de españolidad en la que se han situado, como reacción pendular frente al disparate independentista de quienes controlan las instituciones catalanas. Finalmente, el estilo bronco de la oposición del PP a González y a Zapatero ha servido de antecedente que se considera acreditado y exitoso entre la derecha, por lo que hay pocos motivos para pensar que esta vez vaya a ser distinto, máxime cuando el Gobierno de Pedro Sánchez se mueve en un contexto político mucho más complejo (con la fragmentación parlamentaria, que requiere un doctorado en geometría variable para navegar) y, a priori, tremendamente difícil.

La derecha española ha funcionado habitualmente, cuando le ha tocado estar en la oposición, no como constructora de un proyecto identificable que plantear a la ciudadanía como alternativa, sino por estímulos de reacción, movilizando al núcleo duro de los suyos y subiendo los decibelios del ruido político. Ahora tienen una buena panoplia de asuntos que suelen moverle al activismo y al endurecimiento del discurso, donde, probablemente, no dejará espacio para el matiz: tratar de normalizar las relaciones con las instituciones catalanas será poner en riesgo la unidad de España y ceder ante Puigdemont y su vicario Torra; respetar la pluralidad lingüística de España (también en Asturias), alentar el independentismo; dar trato humanitario a los extranjeros, favorecer el efecto llamada y la «invasión»; permitir que los presos que pertenecieron a ETA (hoy una organización disuelta y sin que exista riesgo de retorno a la violencia en Euskadi) cumplan sus condenas más cerca de sus familiares y acogiéndose a los beneficios penitenciarios que por ley les puedan corresponder, traicionar la memoria de los muertos; reconocer a las víctimas del franquismo y superar de una vez por todas las reminiscencias del régimen en espacios públicos y monumentales, reabrir las heridas de la Guerra Civil; evitar la pendiente del populismo punitivo, ser complacientes con el crimen. Y. así, una lista con los temas que tan queridos vienen siendo a la derecha cuando necesita cerrar filas. Esperemos, sin embargo, que me equivoque y superen el impulso primitivo. Pero, sobre todo, deseemos que no añadan al bagaje retrógrado nuevos motores de reacción (la xenofobia e islamofobia descarada, el antieuropeísmo más cínico y la radical antipolítica), que se han demostrado muy potentes y que sacuden a los países de nuestro entorno, con efectos letales para la convivencia.

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