Sánchez quiere soplar y sorber

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«Una hoja de ruta clara. Moción de censura, estabilidad y elecciones cuanto antes». Así justificó el líder del PSOE, Pedro Sánchez, su moción contra Mariano Rajoy. Si no fuera por la gravedad de la situación, visto lo que ha sucedido desde entonces esa declaración de principios podría considerarse un chiste. O, más bien, una tomadura de pelo. Lo primero que hizo Sánchez nada más forjar una mayoría para derribar el Gobierno de Rajoy -no para apoyarle a él- fue negarse a sí mismo. Con el BOE ya en la mano, y antes de tomar decisión alguna, dejó claro que su único propósito era agotar la legislatura y convocar elecciones en el 2020. Es decir, el «cuanto antes» se convirtió en lo más tarde que permita la ley. Y, sobre esa fantasmal «estabilidad» que planteaba, lo menos que se puede decir es que, desde su llegada al Gobierno, España atraviesa uno de sus momentos de mayor inestabilidad, con un Ejecutivo desnortado que trata de endosar a las comunidades autónomas y los ayuntamientos los problemas que es incapaz de resolver, como el conflicto entre el sector del taxi y los VTC, y que ha perdido ya una votación, la del techo de gasto, que es la clave de bóveda para diseñar unos Presupuestos.

Un varapalo parlamentario de semejante envergadura (88 votos para el Gobierno y 173 para la oposición), y en un asunto de tal importancia, habría supuesto en cualquier otra situación la dimisión del presiente del Gobierno o la inmediata presentación de una cuestión de confianza. No lo digo yo, sino el propio Sánchez. «Si Rajoy no aprueba los Presupuestos y no anticipa las elecciones, yo le exigiré que, por obligación con la ciudadanía y por responsabilidad institucional, tendrá que someterse a una cuestión de confianza», dijo en marzo, cuando pensaba que Rajoy no lograría aprobar las cuentas públicas.

Resulta incomprensible que Sánchez pretendiera que con solo 84 diputados y sin un solo socio fiable de Gobierno, porque ni Unidos Podemos ni la tropa independentista que lo aupó al poder pueden considerarse como tales, fuera a haber en España más estabilidad política y parlamentaria que con un Gobierno del PP con 137 escaños apoyado -eso sí, de forma sui generis-, por otros 32 de Ciudadanos. Pero si algo hay que reconocerle al jefe del Ejecutivo es su capacidad para ignorar la realidad y actuar como si esta no existiera. Es el presidente con menos apoyos de la historia, pero se comporta como si fuera un rey sol plenipotenciario que no pacta, sino que exige. No se sabe por qué extraña razón, estaba convencido de que el resto de partidos aprobarían entusiasmados una senda fiscal que no había negociado con nadie, ni siquiera con Podemos.

Pero Sánchez, impasible, quiere ya rizar el rizo y garantizarse el respaldo del PP. Hoy, en la Moncloa, le pedirá al nuevo líder de los populares, Pablo Casado, un pacto de Estado sobre Cataluña. Y lo hará 24 horas después de que el Gobierno consumara la desvergüenza de sentarse a la mesa con los independentistas aceptando que en el orden del día figurara hablar de «libertades» (presos) y de «formas de participación» de los catalanes (referendo), aunque fuera para constatar el desacuerdo. Sánchez exigirá también al PP un pacto de Estado sobre inmigración. Y lo hará tras tachar de «xenófobo» a Casado. Con esos antecedentes, y con esas formas, sería un milagro que la cita de hoy resulte un éxito, porque soplar y sorber a la vez resulta imposible.

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