Ecodiseño y ecoproducción: la revolución del futuro ya está en Asturias

Suena a ciencia ficción, pero crearse en casa una prótesis en plástico gracias a una impresora 3D ya es una realidad. El diseño de productos pensando en su ciclo de vida, humanizando la tecnología, es un hecho por el que apuesta la cátedra Medialab Uniovi

La impresora donde se producen los elementos de gran tamaño
La impresora donde se producen los elementos de gran tamaño

Redacción

Dicen que la realidad supera a la ficción. Y, aunque primero haya tomado forma en la imaginación de alguien, lo realmente asombroso es transformarlo en esa realidad con una función muy clara. Para llegar a ella hay mucho trabajo detrás de investigación e innovación. Esas cabezas pensantes que, aún durmiendo siguen dando vueltas y vueltas hasta «parirla». Algo así es lo que pasa con el ecodiseño en todo su concepto: en el diseño de un sistema-producto hay que tener en cuenta el impacto ambiental durante todo el ciclo de vida, desde la idea conceptual hasta su tratamiento como residuo. Se contempla desde la extracción del material, el proceso de diseño, la forma, la fabricación, el uso y el fin de vida.

«Lo primero que explico al alumnado es que tienen que dejar de pensar en un producto como algo que estoy usando, sino como sistema-producto: pensar en todo lo que hay que trabajar para llegar a él», explica Ramón Rubio, director de la cátedra Medialab Uniovi-Milla del Conocimiento. Por ejemplo, si pensamos en una cafetera, hay que tener en cuenta el agua, el café, el filtro o la cápsula, la energía eléctrica… «No pienso solo en cafetera, sino en sistema-cafetera» ejemplifica. Este sistema-producto sería el primer punto a considerar cuando hablamos de ecodiseño. El segundo se refiere al análisis del ciclo de vida de ese producto: desde que se idea hasta que se convierte en residuo. En este caso si se valora entre una botella de cristal y otra de plástico PET, hay que tener en cuenta el impacto ambiental del transporte, que es mayor en el cristal por el mayor peso que el PET. «Ese es el ciclo de vida por el que apostó Coca-Cola; la función de albergar 200 ml. es mejor con PET que con cristal. Aunque hay que tener en cuenta que la fase de uso es la que más impacto tiene», explica Rubio.

Hay un tercer punto importante también a la hora de valorar, y es la unidad funcional que permita comparar unos sistemas con otros. «¿Qué es mejor, una bolsa de papel kraft o una de plástico? La kraft pesa mucho más, lo que no quiere decir que la de plástico sea buena, sino que la de papel es peor. Para compararlas tengo que pensar en la unidad funcional, por ejemplo yo quiero comparar la función de la bolsa: albergar un litro de compra, que no se rompa y que dure 50 veces. Esa es la unidad funcional: la función, la calidad y el tiempo», añade el director de la cátedra.

De directivas europeas y normas UNE-EN-ISO

Tal es la importancia que el ecodiseño comienza a tener que la UE dictó sendas directivas en 2009 y 2011 sobre esta materia y el ecoetiquetado a modo de garantía: para vender en el espacio económico europeo hay que cumplir con estas normativas y así conseguir el marcado CE. Las empresas tenían tres años para adaptarse a las nuevas normas, y si no perderían o no accederían a este marcado de calidad. Detrás de todo esto hay una ingente labor de investigación e innovación con el fin de ser más sostenibles. Por su parte, el ecoetiquetado informa al consumidor del impacto que tiene un producto, bien sea un aparato electrónico, bien sea una vivienda.

Pieza impresa a partir de una botella de agua
Pieza impresa a partir de una botella de agua

Así podemos encontrarnos con la duda de utilizar una cafetera italiana o una de cápsulas para hacer un café. Si la primera tarda unos diez minutos en hacerlo, la segunda ronda el minuto. «Energéticamente hay mucha diferencia. Pero por ejemplo nos encontramos que en Hamburgo (Alemania) han prohibido las cafeteras de cápsulas. Al prohibir el uso de cápsulas desechables lo que hago ver es que no es bueno desechar, es una manera de no normalizar la cultura del usar y tirar», hace ver Rubio. Lo cierto es, como él mismo admite, que «el ecodiseño implica tener en cuenta muchas cosas, y es complicado». El ecodiseño cuenta también con su propia norma UNE-EN-ISO que, por cierto, fue desarrollada en Euskadi. Se trata de la 14006:2011 de Gestión ambiental del proceso de diseño y desarrollo y tiene en cuenta el análisis de todo el ciclo de vida. «El certificado en ecodiseño lo que hace es decir que mejoró continuamente» añade el director de Medialab, una cátedra que en 2018 recibió el premio a la mejor cátedra de ese año por la Universidad de Oviedo.

La Milla del Conocimiento asturiana

Inspirada en el trabajo que se desarrolla desde hace más de 30 años en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT en inglés). Se trata de una iniciativa para dar salida a «un montón de actividad; queremos ser una evolución en la concepción de la Universidad. Veíamos una necesidad de fomentar la proactividad del estudiantado, con formación práctica, humanizar la tecnología, centrada en la industria 4.0», con cuatro líneas de trabajo: los destinos turísticos inteligentes, el ecodiseño, los nanomateriales, e ingeniería y envejecimiento.

Prótesis de una aleta de natación realizada en «Supergiz» en una impresora 3D
Prótesis de una aleta de natación realizada en «Supergiz» en una impresora 3D

«Queremos llegar al mercado, por esos queremos fomentar la relación con las empresas. Y de paso humanizar la tecnología, de ahí el trabajo con el departamento de Filosofía de la Universidad, porque queremos que todo este trabajo que estamos desarrollando desde la Escuela de Ingeniería tenga un mucho de reflexión, de duda, sobre qué está pasando con el avance tan rápido de la tecnología y un uso responsable de esta», presenta Ramón Rubio. Así entre los diferentes proyectos que llevan a cabo se encuentra Supergiz, concluido el pasado mes de febrero. Este impresionante proyecto se centraba en crear prótesis en 3D y en él participaron cuatro menores y una mujer como receptores de esas prótesis creadas en plástico. «Más que imitar una mano, por ejemplo, lo que se buscaba era cumplir la función que se necesitaba, por ejemplo atar un moño, montar piezas de lego; o una aleta para nadar en la piscina», cuenta Beatriz Rodríguez, diseñadora de producto por la Escuela Superior de Arte de Avilés. Así contaba el ejemplo de uno de los menores de diez años, con una amputación de pierna, que cada seis meses debe hacerse con una nueva prótesis a por la que tiene que ir a Barcelona desde Burgos, con la necesaria espera para su entrega, a unos 3.000€ más estancia, y lleva unas veinte en su vida. La impresión 3D, tan de moda ahora, ahorra tiempo y presupuesto y se erige como una opción en productos personalizados.

El extrusor de pellets de plástico

Pero para llegar a ese producto final exitoso hay un montón de impresiones fallidas, y eso supone desechar un montón de filamento de plástico, a unos 15/20€ el kilo. Cómo reaprovechar este plástico de piezas no válidas o, por qué no, el plástico de botellas, tapones y similares fue el punto de inflexión para Mahor Muñiz, un diseñador de producto nacido en Galicia, criado en el Valledor (concejo de Allande) y formado en Avilés que es una de esas cabezas pensantes que se puso a discurrir cómo crear su propio filamento casero con calidad y fiabilidad. Cuando se compró su primera impresora 3D tenía en la cabeza un montón de ideas sobre productos a crear, pero mientras se puso a modificar parámetros y demás funcionamiento, en ese proceso de aprendizaje «olvidé todo lo que quería hacer de manera sostenible» rememora. Pero todo ello dio lugar a la invención de un extrusor de pellets de plástico, el granulado con el que alimenta la impresora y que actualmente comercializa. La necesidad dio lugar a un nuevo producto que tiene su réplica en Aliexpress, copiada por los chinos, y que incluso ha comprado pero que no le convence. Lo que no quita de que se sienta orgulloso y de hecho en su página web publica algunos de sus trabajos en código abierto (de libre acceso).

Mahor Muñiz con una pieza impresa con la impresora de gran format
Mahor Muñiz con una pieza impresa con la impresora de gran format

Su idea era reutilizar plástico, otra manera de reciclarlo, de ahí que considere que «hablemos de ecoproducción al servicio del ecodiseño», pero en este mundo maker al que pertenece Muñiz la creatividad está a la orden del día y se ha encontrado usos tan dispares e insospechados de su producto como un cliente en Inglaterra que investiga el desarrollo de cápsulas de medicamentos desarrolladas con bioplásticos que permitan administrar a lo largo del día las dosis necesarias en «un cóctel de medicamentos personalizado». Y es que la personalización es uno de los puntos fuertes de la impresión en 3D, explica Muñiz, junto con el prototipado de productos, la investigación y la producción en gran formato: «hacer un molde de gran calibre o tamaño tiene que ser amortizable con muchas producciones. Realizarla a base de pellets de plástico resulta más barato, a unos 2-3 euros el kilo».

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