«España es un país maleducado. Nos estamos cargando a las élites»

Arturo Pérez-Reverte ha participado este viernes en el Ciclo de la Palabra del Niemeyer, donde mañana se representa la versión teatral de «El pintor de batallas»

Arturo Pérez-Reverte en el Niemeyer
Arturo Pérez-Reverte en el Niemeyer

Avilés

Sus personajes no son simpáticos, no caen bien de primeras, incluso pueden producir cierto desprecio, aunque Arturo Pérez-Reverte sabe cómo hacer para que el lector acabe fascinado por un espadachín buscavidas o un espía que lo mismo trabaja para los de un bando que para los del otro. Se declara firme admirador de los lobos, le parecen más divertidos que los corderos y por eso nunca un personaje de sus obras pertenecerá a este segundo grupo. «No me caen simpáticos. Antes se podía entender que los hubiera, por el peso del poder, las fuerzas hegemónicas… era normal que fueran corderos. Pero ahora quien es cordero es porque quiere, lo elige, antes no se podía elegir», aseguró esta tarde en Avilés en la rueda de prensa previa a su participación en el Ciclo de la Palabra del Centro Niemeyer. Lo hacía hablando de Lorenzo Falcó, su última creación literaria, pero esto mismo puede aplicarse al capitán Alatriste o a Andrés Faulques, su hijo más autobiográfico y el protagonista de El pintor de batallas. La novela ha sido convertida en una obra de teatro de la mano de Antonio Álamo y mañana se podrá ver en el auditorio del Centro Niemeyer. Ha sido la adaptación de sus títulos que más le ha gustado al escritor y eso que ya lleva diez películas y tres series de televisión basadas en sus textos. «Por primera vez aplaudo el texto sin dudas», declaró.

Entre Faulques y Falcó hay similitudes, como ocurre con casi todos los personajes creados por Pérez-Reverte. Tienen todos los puntos para no caer especialmente bien al lector. Son interesados, audaces y turbios, aunque siempre conservan un punto de lealtad y honor, algo un tanto modélico y que parece propio de otras épocas que suenan muy lejanas. Son lobos, en definitiva, pero sometidos a un proceso de maquillaje, a manos del escritor, que hace que sean apreciados por el lector, que lo conquisten y «sigan con ellos después de más de 200 páginas». «No tengo admiración por los lobos, pero siempre es más divertido que uno con sangre en las fauces te cuente cómo ha matado a un rebaño de corderos a que te lo cuente un cordero superviviente», manifiesta. «Y para que el lector trague con un lobo así tienes que darle apariencia guapa, en mis novelas tienen que ser guapos para compensar ese lado cruel. Si no sería inaceptable, hasta para mí», asegura el que se sienta en el sillón T de la Real Academia de la Lengua Española. Otra similitud evidente entre Falcó y Faulques es que han sido creados por la misma persona. «Salí al mundo con una mochila llena de libros. Faulques soy yo, literalmente, al 99%. De ahí sale Falcó que sabe que el mundo es peligroso y que es mejor ser lobo que cordero. Eso yo lo he visto, no me lo han contado», apunta Pérez-Reverte.

De sus experiencias nace una visión del mundo especialmente pesimista, que traslada a sus novelas y que no duda en hacer pública en cuanto se le pregunta. Es muy crítico con el «analfabetismo» de la sociedad actual y reconoce que éste no es un problema sólo de España, sino general. «Estamos aplastando en los colegios a cualquier niño brillante para que se ponga al nivel de los más mediocres. Nos estamos cargando a las elites y necesitaremos desde filósofos a pensadores. Al cargarnos la educación no tenemos futuro», indicó. En el caso de nuestro país reconoce que «a la palabra memoria sólo se le aplica el factor ideológico», lo que unido «a la dosis de incultura de entonces» hace que dude que pueda repetirse lo ocurrido en la Guerra Civil. «Es muy raro que se llegara a esos extremos», aseguró y criticó la «la ansiedad de las etiquetas para entender las cosas». De España dice que es «un país maleducado, en formación», echa pestes contra el sistema educativo y asegura que con este proceder no se crean ciudadanos críticos, algo necesario para que cada uno pueda evaluar. Su solución sería cambiarlo por completo, comenzando por los ministros responsables del mismo. Y puso como ejemplo Internet, «que es maravilloso, pero no tiene filtros y en manos de un usuario inculto es un disparate. Al no haber ciudadanos críticos hay una cantidad de ruido absurdo», dice una persona muy activa y creadora de polémicas en Twitter, donde tiene a su propio alter ego en forma de parodia. En las redes sociales fue donde hace unos días surgió un movimiento de mujeres avilesinas que protestaba porque el Centro Niemeyer acogiera una charla del autor, al que tachaban de misógino. «He venido con ilusión por si venían a hacer un escrache, nunca he tenido ninguno», aseguró a los periodistas que le preguntaron por el asunto. «Tengo 65 años y a estas alturas estoy mayor para este tipo de tonterías», aseguró.

A pesar de quedarse «con las ganas» porque al final no hubo escrache, sí que fue visitado por un grupo de chicas de Frente Feminista Unión, que repartió entre los asistentes copias de los textos de Reverte en que se «denigra a las mujeres», según ellas. Al inicio del acto el autor leyó un artículo propio en defensa de una víctima de la violencia de género titulado Ana Cristina no sale en el Hola y publicado en el año 1996. «Sigo siendo un machista misógino irrecuperable», dijo con ironía.

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