La Pradera Campanal cierra sus puertas y sale a la venta por 1,8 millones: «Lo que falló fue el relevo»

Carlos M. Riesco REDACCIÓN

AVILÉS

Restaurante La Pradera Campanal
Restaurante La Pradera Campanal

José Indalecio Viña, propietario de este restaurante, explica los motivos que le hicieron decidir dar un paso a un lado

10 ene 2026 . Actualizado a las 09:30 h.

«Ya por cansancio, realmente. Además, yo no estaba adaptado a la forma ni a la gastronomía que se exigía ahora». Así explicaba, de forma resumida, José Indalecio Viña, propietario del restaurante La Pradera Campanal, cómo decidió dar un paso al lado el pasado mes de octubre y jubilarse, aunque su primera intención no era que el local se pusiese a la venta: «Se requiere otra nueva generación y, en este caso, lo que falló fue el relevo de esa tercera generación». Ante esta situación, el dueño de este emblemático establecimiento decidió ponerlo a la venta por 1.850.000 euros para ver «si alguien lo retoma», aunque explica que está «abierto a cualquier posibilidad».

Este negocio, asentado en Santolaya (Gozón) e inaugurado en 1978, ha acogido durante sus casi cincuenta años de vida infinidad de grandes eventos, convirtiéndose en uno de los locales de referencia no solo de Gozón, sino también de Avilés. «Esto ya es de segunda generación. Mi padre ya tenía el restaurante de Luanco, que era el Restaurante de las Delicias Casa Campanal. Mi padre también se dedicaba a hacer bodas y banquetes. Entonces, con el tiempo, cuando yo tenía 25 años, decidió aprovechar una finca que tenía a las afueras de Luanco y, viendo que las bodas ya no querían estar en los centros urbanos, dijo: “venga, vamos a trabajar juntos en el restaurante, así con más amplitud y que la gente tenga aparcamientos y demás”. Entonces, con 25 años ya me casé y me metí ahí a funcionar y a gerentar el restaurante», explica Indalecio sobre los comienzos del establecimiento y los suyos propios.

La Pradera Campanal abrió sus puertas apostando por un estilo continuista respecto al Restaurante de las Delicias Casa Campanal: «La evolución fue la cocina que tenía él, una cocina tradicional. Incluso el cocinero que tenía él de toda la vida estuvo conmigo hasta que se retiró. Una vez que se retiró, yo decidí en esa época, me parece que fue en el 95, bien traer otro cocinero o alquilar el restaurante», afirma el asturiano.

Fue en ese momento cuando se hizo cargo de los fogones del local el prestigioso cocinero Michelin Koldo Miranda: «Hablaba mucho con él. Yo le pregunté si conocía a algún cocinero, si tenía personal para poder seguir dando bodas y banquetes y entonces él se interesó por el restaurante. Dijo: “No, no te preocupes, lo cojo yo, me lo alquilas a mí, yo lo gestiono y sigo con las bodas y banquetes”», cuenta Indalecio. Este cambio propició que durante esos años se apostase por una oferta gastronómica más moderna, acorde al estilo del cocinero vasco.

Posteriormente, Miranda dejó el local en manos de su administradora, que lo regentó durante un par de años. «En total fueron seis años los que estuve con el negocio alquilado», explica. Tras ello, trabajó junto a su hijo Sergio durante siete años, en los que recuperaron el estilo de cocina tradicional heredado del padre de José. Sin embargo, con la llegada del coronavirus y otros factores, el negocio no terminó de remontar: «Vino la pandemia, venían bodas más pequeñas, no teníamos mucha afluencia en cuanto al tema de bodas porque las instalaciones quedaron un poquitín obsoletas, pero luego hicimos una reforma potente y, aun así, no remontábamos», afirma.

En ese contexto, José reconoce que se encontraba ya «cansado» y en edad de retirarse, por lo que le ofreció su ayuda a su hijo, aunque este debería encargarse de «la gestión del negocio», algo para lo que, según indica, «no estaba por la labor». «Ese fue el motivo de la jubilación, por cansancio. Además, yo no estaba adaptado a la forma ni a la gastronomía que se exigía ahora. Se requiere otra nueva generación y, en este caso, lo que falló fue el relevo», añade.

José Indalecio resume su paso por el restaurante como una historia hecha de personas y vínculos familiares. Recuerda «un trato muy familiar con la gente», una clientela de varias generaciones, hasta “nietos de gente que ya se habían casado”, y la tristeza de los vecinos tras el cierre de «un sitio que era clave para hacer todas las celebraciones», que ahora les deja «un poco desamparados».

Ya jubilado, afronta esta nueva etapa con calma y centrado en la salud, tratando de adaptarse a «la vida de jubilado» y aprovechando el tiempo libre para el deporte y la lectura. Asume que «las bodas ya no son lo que eran» y que el negocio ha cambiado, por lo que deja abierta la puerta a que alguien lo retome: «estoy abierto a cualquier posibilidad», sentencia José Indalecio Viña.