Pesadilla del fútbol-ficción


Redacción

Puedo recordar dónde estaba el día en el que Sergio Egea dejó de ser entrenador del Real Oviedo, iba camino del colegio de mi hijo para hacer un reportaje sobre un profe en prácticas muy especial que tenía a los niños encandilados. Allí estaba Diego Johannesson, un islandés de Villaviciosa, que además de futbolista maestro en el campo era profesor en el aula. Era desde luego una historia digna de contarse, más en una ciudad en la que los niños no quieren ser como Casillas sino como Esteban, porque junto a la devoción infantil por los ídolos deportivos (que es una cosa generalizada en todas partes) se da la particularidad de que hay canteranos del Oviedo que han completado con éxito sus estudios superiores (junto a Diegui está Cervero, que es médico) y eso no es tan corriente y sí un ejemplo para todos esos pequeños que esperaron impacientes este año a que saliera el FIFA para poder jugar en la consola con el equipo de sus sueños que es azul y ningún otro. Contaba con los permisos de la dirección del colegio, de otros maestros y la aquiescencia del jugador que, en todo caso y con suma prudencia, me advirtió de que necesitaba antes de nada el consentimiento del club. Y no nos lo dieron, acababa de estallar una crisis en El Requexón que todavía nadie podía calibrar y las llamadas eran a retirada y a la defensiva. Esa tarde se fue Egea y los entrenamientos comenzaron a celebrarse ya sin pausa a puerta cerrada.

El relato de mi reportaje inconcluso es una anécdota más o menos interesante, la decisión de cerrar a la prensa los entrenamientos es crucial para entender toda esta historia. Porque hasta aquel día el Real Oviedo parecía una balsa de aceite en la que sólo había buen rollo y de pronto se conoció un abismo que separaba al vestuario y del que no había noticia. Las explicaciones eran confusas o nulas y pareciera que el problema era que una cámara de televisión había grabado y hecho pública una bronca en un entrenamiento, no la bronca en sí. Después se desataron todo tipo de especulaciones, los jugadores leyeron un comunicado que si no desmentía ofrecía una visión muy distinta de la justificación que se había ofrecido para explicar la marcha del argentino, se conjeturó que nombres podrían llegar para sustituirle y finalmente se optó por dar mando sobre el equipo a Generelo que no contaba con ninguna experiencia como entrenador. Un aficionado cabal hubiera firmado al comienzo de la temporada el objetivo de la permanencia y ya. Pero ocurrió que se rozó con los dedos y con suficiencia la posibilidad del ascenso. Que se tuvieron a tiro todas las posibilidades, que nos quedamos con la miel en los labios.

¿Qué pasó realmente? ¿Por qué se llegó a esta situación? ¿íbamos a tener un equipo autogestionado por los jugadores, quién decidía realmente las alineaciones? El problema no es hacerse las preguntas, es que entramos en el terreno del fútbol-ficción porque nadie ofrecía las respuestas adecuadas. Es una cuestión elemental en los estudios de comunicación que los humanos no podemos vivir en la incertidumbre y que cuando no hay explicaciones sobre lo que sucede se desatan los rumores, los chismes y los bulos. Y eso ya es incontrolable. Los aficionados llegaban al Tartiere sin apenas pistas, lo único que sabían, la certeza a la que agarrarse porque era incontrovertible, es que Egea dejó al Oviedo en el tercer puesto y la llegada de Generelo se plasmó en una sucesión de derrotas. Cada cual puede elegir a su chivo expiatorio, al fin y al cabo son los jugadores los que compiten en el campo, pero también que no se conoce un equipo que haya desarrollado una campaña digna sin un entrenador mínimamente bregado. ¿Se equivocó Generelo en asumir esta responsabilidad, sobreestimó su capacidad o no le quedó otra opción? Repito que la cuestión no es que nos hagamos estas preguntas sino por qué hemos llegado hasta aquí sin respuestas.

Ser oviedista en este momento de la historia es, antes que nada, saber lo que vale resistir contra todo, con el mundo entero hecho una adversidad. Y eso agota hasta el más fuerte. Entiendo a los dirigentes y la parte de la afición que quisiera también, como ocurre con los vecinos, que se narrara un empate a cero como el colmo de la épica, que todo sea culpa siempre del árbitro, y que no haya apenas distinción entre periodistas que siguen al equipo y los forofos. Bueno, pues yo no. No me molesta que se critique lo que haya que criticar, que se señalen los defectos y se exijan responsabilidades. Ser del Oviedo también es saber que pase lo que pase seguramente ya se vivió algo mucho peor. Pero si el futuro carbayón siempre nos parecerá incluso más brillante que el pasado es precisamente porque el oviedismo construyó ese ideal, que nunca abandonó, luchando y resistiendo con el universo entero conspirando contra ellos. Y por eso se merecen una explicación. Ni más ni menos.

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