Una etapa por la sierra de Tineo

La cuarta etapa del Camino, de casi 14 kilómetros de recorrido, surca la sierra de Tineo, descubre joyas arquitectónicas y penetra en el suroccidente asturiano


Redacción

Lo que hay que hacer

De la villa de Tineo se sale situándose frente al Ayuntamiento, en la plaza de la Constitución, y echando a andar por la calle que nace a su izquierda, que se llama al principio Calvo Sotelo y acaba convirtiéndose en avenida de González Mayo. No mucho después de que se oficialice este cambio de nombre, ascenderemos la pendiente que surge a mano derecha, en Venera de la Conda, para culminar la subida en la calle de la Fuente. Pasamos el manantial que da nombre a la vía y continuamos el ascenso. Nos encontramos así con una fuente dedicada a San Juan, que cuenta con una pequeña área de descanso, y un poco después un camino cuajado de vegetación nos permitirá cruzar el regueiro de Robléu. Un nuevo ascenso nos lleva junto a un criptograma en el que los peregrinos más audaces habrán de leer correctamente la frase «Quien va a Santiago y no al Salvador visita al siervo pero no al Señor», y justo después podremos ver uno de esos lugares que, poco a poco, han ido imprimiendo carácter al Camino Primitivo. Se trata del lugar autodenominado «Mirador de Letizia» y que es, en realidad, la cabaña de montaña en la que habita El Pana, un peculiar vecino de estos parajes que se denomina a sí mismo «el último de Filipinas» y al que no es difícil ver por los alrededores.

El paseo por la sierra de Tineo, que nos lleva en un demorado caminar por la falda del monte Brañugas y el pico Navariego, sin duda terminará siendo recordado por los peregrinos como uno de los más gratos de su caminata. Hay aquí frondosidades caducifolias, ingente vida animal y un estallido espectacular de todos los olores, ruidos y colores con que nos puede obsequiar la naturaleza. Queda a nuestra vista una sucesión de montes que se extiende hasta las tierras leonesas, y los más avezados en conocimientos geográficos serán incluso capaces de distinguir la silueta del temido puerto del Palo, que cruzaremos dentro de dos etapas si optamos por seguir la ruta oficial en vez de la llamada variante de Hospitales. Un depósito de agua jalona nuestra subida por La Freita y el Rebuchar hasta vernos en el collado de La Guardia, y un poco más adelante rodearemos el pico de Puliares, pasando a la vera de los pozos de La Llamavieya y El Ruxidor, para bajar más tarde hasta una carretera provincial que nos deja a los pies de Pedratecha.

Hay que caminar por el arcén izquierdo de la carretera durante unos metros. Luego, veremos nacer a la izquierda un sendero por el que nos adentramos para descender suavemente mientras sentimos los olores y rumores del bosque. Llegamos, casi sin darnos cuenta, a un doble mojón en el que se nos ofrecen dos direcciones: si tomamos la senda que nace a nuestra izquierda, mantendremos sin interrupción el rumbo que dentro de unos días, y si nada se tuerce, nos dejará en Compostela; si por el contrario seguimos de frente, perderemos bastante tiempo y probablemente caminemos algún que otro kilómetro de más entre unas cosas y otras, pero debe decirse que el dispendio valdrá la pena porque lo que nos aguarda al final de este sendero no es otra cosa que el monasterio de Santa María la Real de Obona, cuya visita es inexcusable para aquellos que entienden el Camino como algo más que una competición por ver quiénes llegan primeros a cada albergue.

Quienes opten por acercarse a los misterios de Obona, habrán de volver luego sobre sus pasos para situarse de nuevo ante el mojón y, ahora sí, adentrarse en el sendero que conduce a Santiago. La subida, muy bella, permite una visión en perspectiva y sosegada del cenobio y de la aldea a la que sirvió en su día, encaramada a una media ladera desde la que contempla el devenir de las tierras colindantes. La senda nos deja en la aldea de Villaluz, que atravesamos por un parque provisto de merendero y fuente para dar con una carretera local que supone el tramo más agridulce de la etapa: por un lado, el hecho de que discurra sobre asfalto lo convierte en cansino y, por momentos, agobiante; por otro, se trata de un trecho brevísimo que nos conducirá, antes de que queramos darnos cuenta y después de atravesar aldeas como Vega del Rey, Berrugoso y Las Tiendas, al lugar de Campiello.

La mayoría de los itinerarios alargan esta etapa hasta la villa de Pola de Allande. Sin embargo, preferimos concluirla aquí por dos razones: en primer lugar, quienes quieran hacer la variante de Hospitales tendrán por fuerza que hacer noche o bien aquí o bien en Borres, cinco kilómetros más allá, donde también dispondrán de albergue, y quienes opten por seguir hasta Pola de Allande podrán tomárselo con calma antes de afrontar los peores tramos de este itinerario primitivo; por último, tanto unos como otros pueden aprovechar la brevedad de la etapa para recrearse en la visita a Santa María la Real de Obona, una de las grandes joyas del patrimonio histórico-artístico asturiano.  

Lo que hay que ver

La gran joya de esta etapa es también uno de los grandes hitos de la arquitectura románica y barroca en Asturias. Se cree que el monasterio de Santa María la Real de Obona fue fundado en el siglo IX por el príncipe Adelgaster y su mujer, doña Bruñilde. Es este Adelgaster un controvertido personaje de cuya existencia llega a dudarse y que habría sido hijo ilegítimo del Rey Silo. La veracidad de estos orígenes es bastante dudosa, puesto que aparecen mencionados en un documento del propio cenobio que algunos consideran una mera falsificación destinada a concederle al lugar una impronta de la que habría carecido inicialmente. No obstante, y con el único fin de avivar el enigma, ha de decirse que en el muro septentrional del altar mayor existe una lápida funeraria que indica el lugar en el que está sepultado el tal Adelgaster. Parece ser que este enterramiento estuvo originalmente en el claustro primitivo y no se trasladó a este lugar hasta el siglo XVI. Tras el altar, por cierto, una tabla de madera muestra una pintura en la que, según se dice, aparece representado este príncipe del que no existen más referencias documentales.

Lo que sí es seguro es que en la zona ya existía una comunidad monacal allá por el siglo XI, pues en esa fecha pasa a depender del monasterio de Corias, y que la construcción del templo actual arrancó en el siglo XIII, respetando escrupulosamente los parámetros arquitectónicos que definían a los edificios adscritos a la orden del Císter. La iglesia presenta unas dimensiones importantes y consta de tres naves, la principal de mayor altura que las laterales, que rematan en tres ábsides. Del arco del triunfo que separa la nave mayor del principal cuelga la que sin duda es la gran maravilla del templo. Se trata de un espectacular Cristo románico del siglo XII cuya pervivencia aquí tiene mucho de milagrosa. Durante la Edad Media, Obona alcanzó gran relevancia en estas tierras del suroccidente asturiano y llegó a convertirse en una referencia del Camino Primitivo. Alfonso IX fue taxativo cuando, después de visitarlo en 1222, ordenó que cuantos caminaran hacia Santiago de Galicia lo hicieran «pasando por su puebla de Tineo y por su monasterio de Obona».  En el cenobio se atendía y daba cobijo a los peregrinos que se dirigían a Santiago, y llegó a haber en él aulas en las que se impartían clases de latín, filosofía y teología. Se llegó a concentrar aquí mucho poder, tanto en el plano económico como en el cultural, y en determinadas épocas sus monjes, que dedicaban una buena parte de su tiempo al perfeccionamiento de técnicas agrícolas y ganaderas, no llegaron a tener muy buena fama por los alrededores, donde se criticaban prácticas excesivas y, según dicen, poco o nada emparentadas con la moral cristiana. En Obona está el manantial del que se hacía servir el padre Benito Jerónimo Feijoo en su celda del monasterio de San Vicente, en Oviedo, y que de la fama que él dio a esa «agua buena» nació el topónimo que hoy conocemos. La teoría tiene todas las trazas de ser falsa, pero gusta mucho por estos pagos y aún la repite algún lugareño si se le pregunta al respecto. De hecho, aunque la fuente se llama «del Matoxo» hay muchos que se refieren a ella como la «fuente de Feijoo». En cualquier caso, y ya que hablamos de bebidas, cabe señalar que en Obona se pergeñó en época barroca el primer documento de la Historia en el que se hace referencia a la sidra, bebida asturiana por antonomasia.

En el siglo XVII se demolió el antiguo claustro para construir el actual, que finalmente quedó inconcluso y hoy se presenta ante el peregrino convertido en una absoluta ruina. No obstante, aún puede apreciarse la belleza de sus elegantes líneas barrocas, materializadas en un piso inferior con arcos de medio punto de perfiles moldurados y una planta superior dotada de vanos cuadrangulares a los que separan pilastras alargadas que nacen en el piso bajo. El hecho de que la construcción ni siquiera llegara a finalizarse evidencia que ya Obona había perdido en aquellos años parte del prestigio del que había gozado. La desamortización de Mendizábal y la usura hicieron el resto para culminar la historia negra de este lugar hermoso: el monasterio quedó deshabitado y poco a poco su interior se fue desvalijando merced a la codicia de algunos curas y la falta de sentido común de ciertos desaprensivos. Causa especial daño a la vista la estructura de madera de lo que fue un órgano, desprovisto hoy de todas sus demás piezas, seguramente vendidas a precio de saldo a quién sabe qué manos. Se cuenta que hubo un lugareño que sacaba piedras de aquí para hacer reparaciones en su propia casa, y el Cristo románico que aún hoy causa la admiración de todos aquellos que se sitúan bajo sus pies estuvo también a punto de abandonar la iglesia para instalarse en el almacén de un anticuario de Zamora: el trato ya estaba cerrado cuando un grupo de vecinos, los mismos que debían trasladar la imagen hasta el camión del comerciante, tuvo un rapto de lucidez que les hizo defender con uñas y dientes su permanencia en Obona. Desde entonces, la escultura se ha convertido en la niña mimada del pueblo. Ni siquiera el entonces arzobispo de Oviedo, Gabino Díaz Merchán, consiguió convencerles para que permitieran que el Cristo formara parte de los fondos de la exposición Orígenes, que en 1993 reunió en la catedral de Oviedo un conjunto de piezas que resumían el arte y la cultura de Asturias entre los siglos VII y XV.

Es muy posible que los peregrinos que lleguen hasta el monasterio de Obona se encuentren cerradas las puertas de la iglesia -al claustro se accede libremente-, pero en este caso puede decirse que todo tiene arreglo. Las llaves se custodian en un bar del pueblo, Casa Bernaldín, y pueden solicitarse si quien las demanda deja a cambio en prenda su Documento Nacional de Identidad. Hay que subir y bajar la pronunciada cuesta que va desde el cenobio hasta la parte alta del pueblo, pero el esfuerzo quedará compensado con el disfrute de uno de los ejemplos inexcusables del románico en Asturias. Los aficionados a los secretos también tendrán tiempo y espacio para dar rienda suela a sus obsesiones: hay quien asegura que en los anocheceres se oyen voces espectrales en los alrededores del claustro; también se dice que en alguna parte de Obona se esconde la entrada de un túnel que unía este convento, masculino, con el de la vecina localidad de Bárcena del Monasterio, femenino. Por último, y sólo para los muy atrevidos, cabe señalar que bajo la alfombra que se extiende a espaldas del altar mayor se encuentra la tumba de uno de los abades con los que contó el cenobio.    

Comer y dormir

Puede decirse que Campiello ha convertido las peregrinaciones jacobeas en un modo de vida. Allí se levanta uno de los albergues más conocidos del Camino Primitivo, Casa Herminia (Campiello, 4; tfno: 985 800 011), que ofrece cama, litera y menús enjundiosos a un precio oscilante. A su lado, en plena entrada del pueblo, se abren las puertas de Casa Ricardo (Campiello, 1; tfno: 985 800 709 / 985 801 776 / 661 431 210), albergue de ambiente sumamente acogedor, dotado con todo lo imprescindible, que cuenta con literas y habitaciones privadas y compensa su único inconveniente, no disponer de comedor, con un trato exquisito por parte de sus propietarios que incluye la preparación de sustanciosos bocadillos.

Ambos albergues son de titularidad privada y, como se ha dicho, Campiello constituye un buen lugar para detenerse tanto si se pretende hacer la ruta de Hospitales como si se busca concluir el Primitivo sin apurarse en exceso. En cualquier caso, aquellos que prefieran ganar kilómetros pueden adelantarse hasta la cercana localidad de Borres, donde el Albergue de Santa María de Borres (Borres, s/n; tfnos: 985 800 232 / 985 801 067) también ofrece una posibilidad para pasar la noche.

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