Redacción / La Voz

Toni C. es una de esas personas que podría andar cabreado por la vida y no se le podría reprochar absolutamente nada. Porque la salud se lo puso y se lo pone difícil a su espíritu de fedello. Sin embargo, tras más de veinte años sobreponiéndose a difíciles achaques, en su estado de Whatsapp se lee: «Fuerza y coraje, nunca te rindas». Esa es su forma de ir por la vida. Viene a cuento su historia porque Toni, hoy, domingo, madrugó para hacer una etapa del Camino de Santiago junto a varios amigos. No iban de peregrinos. Solo pretendían meterle unos kilómetros al cuerpo. Eligieron el Camino Portugués y apostaron por cubrir la etapa que va desde Caldas a Valga (en realidad, lo habitual es extenderla hasta Padrón). Pensaban encontrarse un camino solitario, una ruta tristona tras la estocada del covid, como la que hace solo medio mes recibía a una peregrina que hizo el Camino Francés, durmió sola en un albergue y no se cruzó con ningún caminante en 22 kilómetros. Sin embargo, hoy, en medio del puente de las Letras Galegas, tras el fin de las restricciones ligadas al estado de alarma y, sobre todo, tras abrirse la frontera con Portugal,  aunque el cielo amagaba con escupir lluvia de cuando en vez, lo que se encontraron fue otra historia. Nada es lo que era antes del covid, por supuesto. Pero el Camino Portugués, ese que arranca en las tierras lusas, entra en Galicia por Tui, atraviesa Pontevedra y se acerca a Santiago por Padrón, resucita, aunque sea a cámara lenta, y parece haberle leído el Whatsapp al inquieto de Toni. Porque la ruta, los vecinos, hosteleros y peregrinos que hacen que el camino sea un Camino en mayúsculas, no se rinden. Pasen y lean. 

Salida solitaria en Caldas 

Sobre las ocho y media de la mañana, en el arranque de la ruta en Caldas no se divisaban peregrinos. En la mente suena entonces aquella machacona canción de Karina. Efectivamente, como ella canta: «Cualquier tiempo pasado nos parece mejor». Duele ver los carteles de pensiones, albergues, hoteles y demás establecimientos que abrieron al calor del Camino Portugués, que en el año 2019 logró atraer a unos 100.000 peregrinos y que tenía que vivir su gran explosión en este año Xacobeo, e imaginar cómo lo llevarán sus propietarios. Jesús Fariña, que regenta el albergue Doña Urraca en Caldas y que en 2019 se atrevió también a inaugurar un hostel, saca de dudas: «Los peregrinos vienen a cuentagotas. Pero se empieza a ver algo de movimiento, tenemos reservas para julio y agosto, junio todavía está muy fría la cosa. Tengo fe en que este verano sea mejor que el pasado... pero habrá que ir viendo. Ya no hay nada de aquello de la gente en fila esperando para entrar al albergue, ahora vamos con reserva y poquito a poco», indica.«Sí, está todo frío aún, con la apertura de fronteras de Portugal se nota que se animan a venir los del país vecino, pero aún así vamos muy poco a poco», opinan también desde el albergue Avoa Regina de Redondela. Ese frío del que hablan los hoteleros se nota en los primeros kilómetros de la ruta. Y no por culpa de la meteorología. Se avanza por terrenos de Caldas sin que aparezcan otros caminantes. Así, al menos tres kilómetros. De repente, llega un hombre, paraguas en mano, en sentido contrario. No es peregrino, pero indica: «Hoxe da gusto, xa me crucei con máis camiñantes un pouco máis adiante, ata había un grupo facendo o camiño en cadeiras de rodas». El hombre, paisano de la zona, sigue su camino. Pero pronto se vuelven a oír voces. Son los primeros ciclistas de los muchos que vendrán. Porque el Camino ahora es pasto de amantes de la bicicleta, que por suerte van con pies de plomo para evitar sustos con los caminantes. Los tres primeros que llegan en pedaleando vienen de cerca. Salieron desde su tierra, de Caldas, y, antes de que se les pregunte, ya adelantan que son domingueros. «Nós non imos ata Santiago, pero polo que vemos si que empeza a haber algúns peregrinos», dicen. Luego pasarán también ciclistas de Vilagarcía, Sanxenxo... Algunos llegarán a Compostela en el día y otros no. Pero ningunos van a hacer noche en el Camino. No se puede considerar, por tanto, que sean peregrinos en estricto sentido. La ruta se acerca a la iglesia de Carracedo, donde la misma dominical está a punto de comenzar, sin que haya aparecido ningún caminante con su vieira, su mochila a cuestas y sus ganas de tumbarse al sol en el Obradoiro. Pero lo bueno está por venir y aparece solo unos metros más adelante, sin salir de Carracedo (todavía en Caldas de Reis). 

Tres ciclistas de Caldas, que iniciaron ruta en su tierra y que pretendían cubrir una etapa del Camino
Tres ciclistas de Caldas, que iniciaron ruta en su tierra y que pretendían cubrir una etapa del Camino

La magia del profe Quinín

Carracedo, hoy, era una aldea de contrastes. Primero, uno se topaba la reunión de parroquianos antes de misa. Todos peinaban canas. Luego, se pasaba por delante de un parque cuyos columpios serían el atrezzo perfecto para una película de la España de Paco Martínez Soria; de hierro y con esos toboganes y cachivaches en el que tantas generaciones se ganaron cicatrices. Daba la sensación, viendo ese parque vintage a pie de carretera, de que esa Galicia rural y genuina se quedó parada en el tiempo. Perdida en alguna década del siglo pasado. Pero nada más lejos de la realidad. De repente, ruido de niños, voces chillonas, alegría... ¿Qué era? Había jaleo en los alrededores de la escuela unitaria de Carracedo a golpe de domingo y en pleno puente festivo. ¿Cómo, por qué? Porque allí estaba el emblemático profesor Quinín, el hombre que un día decidió que esa aula unitaria del rural tenía que abrirse al Camino, con las familias y los alumnos. Acudiron allí porque sabían que iba a pasar un grupo de peregrinos formado por personas con discapacidad, que caminaban con sillas de ruedas, y el maestro pensó que sería bueno que los rapaces les escuchasen contar sus experiencias. «Estos niños aprendieron hoy más de la vida escuchando a estos peregrinos que lo que podamos decirles en la escuela en mucho tiempo», señalaba Quinín, un profesor genio y figura donde los haya, al tiempo que indicaba: «Parece que vuelven algunos peregrinos. Son poquitos, pero se marchan contentos y seguro que vuelven».

Miembros de la asociación Discamino, que cubrían la etapa desde Caldas hasta Padrón
Miembros de la asociación Discamino, que cubrían la etapa desde Caldas hasta Padrón

En grupo y con mucha marcha 

Unos kilómetros más adelante, cuando el municipio de Caldas se da ya la mano con el de Valga, aparecían los peregrinos de los que hablaba el profesor Quinín. No eran uno ni dos, sino más de veinte y formaban parte de una iniciativa llamada Discamino de Santiago cuyo nombre lo dice todo: se trata de fomentar que las personas con discapacidad puedan hacer el Camino de Santiago. En silla de ruedas, caminando o en esos vehículos Joelette que permiten cubrir la ruta a personas con mayor afectación física iban usuarios de la Asociación de Familias de Personas con Parálisis Cerebral (Apamp). «Estamos haciendo el Camino por etapas, no es que nos hayamos encontrado a muchísima gente, pero sí vimos a algunos peregrinos», indicaba uno de los monitores. Entre quienes iban motorizados, dando pedal y demostrando que vale más el afán de superación que ninguna otra cosa, estaba una mujer de 78 años. Retranca pura, señalaba a golpe de carcajada: «A mi me han traído por ser la más chalada de todos, no te creas que fue por otra cosa...». Iban ellos a ritmo alto, cantando con alegría aquello de «si vas a Calatayud pregunta por la Dolores» y con la sonrisa puesta, que es como suelen ir los héroes sin capa que cada día le dicen a la vida que les importa un bledo lo difícil que se lo ponga. Llevaban coches escoba y una esperanza grande dentro: son candidatos, tras el impulso de la Xunta, a recibir, por su iniciativa de Discamino, el premio Princesa de Asturias de la Concordia. Concretamente, está nominado el policía solidiario Javier Pitillas, alma máter de esta iniciativa, que hizo 72 veces la ruta xacobea pedaleando junto a personas con discapacidad.

Hernini Patrón y los ciclistas portugueses

Siguiendo la ruta, a punto ya de llegar a ese lugar de Valga donde todo es bonito y Galicia se vuelve verde y antigua, con robles y castaños a pie de ruta (amén de alguna zona donde las invasivas mimosas son omnipresentes) y el ruido del río poniendo la melodía, aparecía un hombre llamado Hernini con su gorro, su vieira colgada y su macuto a la espalda. ¡Él sí era un peregrino! Y no uno cualquiera, sino un ejemplo de que la apertura de la frontera con Portugal ha hecho que algunos vecinos lusos vuelvan a dejarse secudir por el Camino. Natural de Lisboa, salió desde Oporto en solitario hace unos días. La úitima noche la pasó en un hotel de Caldas y señalaba: «Que ganas tiñamos de vir! Estabamos esperando a que abriran as fronteiras para volver a España e facer o Camiño», indicaba. Hablaba así cuando, de repente, un batallón de ciclistas de su tierra aparecieron por la retaguardia. El ¡viva portugal! tardó poco en hacerse oír. Los ciclistas, en grupo de siete, salieron en peregrinaje de Exposende y eran naturales de Braga. Señalaban que era la primera vez que hacían el Camino y que esperaban encontrarse la ruta menos animada. «Algúns peregrinos si que vimos», manifestaban Pietro y Tiago, dos de ellos. El grupo y Hernini, que pronto hizo piña con sus paisanos, avituallaron en una especie de área recreativa. No tomaron café caliente en aquel momento. Pero no fue porque no tuviesen donde hacerlo porque, al revés que sucede en otros tramos del Camino, donde el covid mantiene cerrados los locales, en esta etapa sí hay sitios abiertos para tomar un refrigerio, como hizo luego el portugués Hernini llegando a San Miguel de Valga. 

Hernini, uno de los peregrinos portugueses que hoy mismo caminaban hacia Compostela
Hernini, uno de los peregrinos portugueses que hoy mismo caminaban hacia Compostela

El final, en San Miguel de Valga 

Precisamente, allí, en San Miguel de Valga, la realidad del covid volvía a imponerse. En el autoservicio Miguel, uno de esos sitios donde lo mismo se puede comer un bocadillo que comprar un enser para la casa, antes solía haber cola para entrar a esa hora de la mañana en la que el hambre empieza a apretar en el estómago, en cambio, hoy sobraba sitio. Hernini, el portugués, tomó asiento. Y sentado en una mesa del local seguramente vio pasar a otros de los caminantes que hoy cubrieron la ruta. Porque hacia Padrón también pasaron esta mañana Pili y Ramón, naturales de Lanzarote y que caminaban hacia Compostela. O Maileuza Augusto, de Brasil, y Juana Caravaliente, de Uruguay, ambas afincadas en Vigo y que también aprovecharon el puente para hacer el Camino Portugués. Por ver, desde la terraza y con el aperitivo puesto, Hernini seguro que también vio llegar a Toni, el caminante con el que se abría esta historia, que tomó asiento en San Miguel de Valga para abrir una de esas latas de bebidas para deportistas. Decía él, en ese final de etapa, que seguramente no volviera a tener los pies operativos hasta el jueves, por esos achaques antes citados. Es lo de menos. Porque ya quedó escrito que Toni tiene coraje. Como los amigos que le acompañaban, alguno también en horas un tanto bajas, pero dispusto a remontar vuelo. Y como tampoco lo hacen los miembros de Discamino con los que se cruzó un poco antes. Ya es casualidad que coincidiesen caminando. O quizás no. Y simplemente sea que el Camino, necesitado de esperanza en estos tiempos revueltos de pandemia, llame a rebato a los andarines más optimistas. Hoy, desde luego, los tuvo. 

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El Camino de Santiago resucita a cámara lenta y habla portugués: «Que ganas tiñamos de vir !»