Julio Valea, el gánster de Castropol involucrado en el atentado a Carlos Gardel

Nació en Piñera y sus padres prefirieron que partiera a la emigración antes que a la guerra de Marruecos

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En los años veinte del pasado siglo, cuando el tango hacia su voluntad entre minas y malevos de Buenos Aires, dos personajes copaban la atención de la ciudad. Los dos eran gayegos. El bailarín Tito Lusiardo, íntimo de Borges y Gardel, hijo de la ferrolana Elvira Amoedo. Y el gánster Julio Valea, El Gayego Julio, de Castropol (Asturias). Dos mitos porteños cuyas vidas fueron llevadas al cine, a la canción, a la historia…

 Valea había nacido en Piñera (Castropol). Sus padres prefirieron que partiera a la emigración antes que a la guerra de Marruecos. Tenía 18 años y permiso para comerse el mundo cuando llegó al bar que un hermano suyo tenía en el Paseo de Julio -hoy Leandro Alem- cerca del río.

El siglo XX alboreaba y en aquel Buenos Aires -dice Gustavo G. González en sus Crónicas del hampa porteña- en cada cuadra había dos casas de prostitución y tres cafetines con abundancia de mujeres.

Guapo y navajero

«Una se entusiasmó conmigo y dejó a su canfinflero. Y yo no pensara nunca en vivir de las mujeres» confesó, años después, Valea al cronista. Pero apareció el macarra y lo desafió a pelear. Era más grande y tenía fama de valentón. Julio se defendió con su navaja sevillana y le hizo un tajo en la cara. El chulo escapó. Y desde ese momento en todos los garitos de Buenos Aires se supo que había un guapo, bueno con la sevillana, llamado El Gayego Julio. A partir de ahí, transitó caminos inciertos.

 Era apuesto, valiente, varón. Las mujeres lo miraban con descaro y él se dejaba mirar. Frecuentó tugurios y burdeles. Y se hizo amigo de otro hampón legendario: Juan N. Ruggiero Vecino, Ruggerito, que regentaba casas de mala vida y casinos de baja estofa. Valea se ocupó de Barracas y La Boca y Ruggerito, de Avellaneda. Valea era apadrinado por un caudillo radical de La Boca y Ruggiero estaba ligado al conservador Alberto Barceló que lo tenía al frente de un comité cerca del Riachuelo.

Por la espalda

Compartían vida canalla y orillera, tragos largos, minas infieles e inocentes y la amistad de Gardel, íntimo de Ruggiero porque los conservadores de Avellaneda le arreglaran la cédula que lo declaraba argentino. Pero todo se torció, como en un giro de bandoneón. Según el historiador A. Pignatelli, una noche Valea desvalijó a un emigrante italiano y Ruggiero salió en su defensa. Discutieron y ahí comenzó a dar la vuelta el aire… Julio Alsogaray, en su Trilogía de la trata de blancas, dice que se enfrentaron a tiros en la Avenida de Mayo y que, poco después, fue asesinado por la espalda en la calle Corrientes el Ñato Rey, mano derecha de Ruggiero. Todas las miradas recayeron en la banda de Valea y el matón de Avellaneda juró vengarse. Corría 1915. El año en que un 11 de diciembre alguien intentó matar a Gardel. El día en que los dos gánsteres iniciaron su cuesta abajo en la rodada…

 

Una bala en el pulmón y un caballo llamado «Invernal»

Gardel tenía relaciones con Giovanna Retama, La Ritana, también llamada Madame Jeanne. Era la mujer de Juan Garesio, un hampón dueño del famoso Chanteclair. La madrugada del 11 de diciembre de 1915, a la salida del Palais de Glace, exclusivo salón de baile, el cantor fue tiroteado. La bala le entró por el costado y se alojó en el pulmón. Vivió con ella toda su vida puesto que quitársela implicaba grandes riesgos.

El gayego Julio se vio involucrado en el asunto por ser amigo de Garesio, un tipo turbio, ebrio de celos y rencor. Según Pérez Leira, Gardel se repuso en una estancia y se «sacó del medio» por un tiempo. Y fue Ruggiero quien intercedió ante Valea para que Garesio olvidara agravios. «Si tocan a Gardel, arderá Troya», advirtió.

Pero su intento fue vano y él mismo fue emboscado por la gente de Valea. Ingresó herido en el Hospital Fiorito y dos de sus compinches, Lucachi y Monte de Oca, cayeron. En el velorio de ambos, el Gordo Ceferino fue asesinado tras identificarlo como hombre de Valea.

La guerra era sin cuartel. Los de Valea intentaron rematar a Ruggiero en el hospital, pero fracasaron. Y este, harto de hostilidades, propuso un pacto: «Mis hombres no vendrán a la capital y los tuyos no cruzarán el Riachuelo». Estaban de acuerdo, pero todo quedó en nada.

Y un día de 1929, Valea fue al hipódromo a ver correr a su caballo Invernal. Tenía prohibida la entrada, así que aparcó en la parte trasera, se subió al techo del auto, sacó los prismáticos y vio como por una cabeza su caballo no fue el ganado El Gordo Carranza, un hombre de Ruggiero que lo había seguido, se situó cerca, sacó su Winchester y, de un solo tiro, acabó con la vida del gayego Julio.

Luego, el 21 de octubre de 1933, un Colt del 45 asesinó por la espalda a Ruggiero. Para unos, fue venganza del gayego. Para otros, el final de un tiempo, de un tango triste, trágico, fatal...

La fama de guapo, una anécdota del coronel Perón y una vida regalada con dos mujeres en el Hotel Castelar

El periodista Gustavo G. González, autor de Crónicas del Hampa porteña, que trató a Valea, lo recuerda así: «En el fondo era un buen hombre que, por circunstancias, se convirtió en malevo». La vida lo llevó a calles oscuras, la noche fue su hábitat y la ley y el orden, dos hermosas palabras con las que todos se llenaban la boca pero que se abstenían de practicar.

Aquel tajo en la cara del chulo de su primera mina lo lanzó a la fama. Así lo recordaba él mismo al periodista: «Nadie sabe lo pesado que es tener fama de guapo en el hampa porteña. Todos querían pelearme para lucirse y medirse conmigo. Así que tuve que rodearme de hombres peligrosos y llegué a esta situación, a un punto que costó muchas vidas. Y no había necesidad de tanta muerte…».

El historiador Adrian Pignatelli, por su parte, destacó que Julio Valea vivía con dos mujeres, una italiana y otra francesa, en el Hotel Castelar, el más moderno entonces de Buenos Aires, la capital argentina, en la céntrica Avenida de Mayo, donde aún existe en la actualidad.

Vida convulsa

Su agitada y convulsa vida quedó en el recuerdo de la ciudad. Ulises Petit de Murat cuenta en La noche de mi ciudad que cuando el tanguero Francisco Loiácono, Barquina, conoció al entonces coronel Perón, le espetó: «Si a usted no le diera por la política, ¡qué cuadro con las minas!. Con su pinta, trabajarían para usted más de las que tuvo el gayego Julio…».

Quedó también en el recuerdo de Castropol donde viven muchos familiares a pesar de que varios hermanos emigraron a Cuba y Argentina. Y un vecino, Arturo Álvarez, publicó en 2013, en ‘eonaviego’, Vida maleva, novela basada en la vida de su paisano, el gayego Julio.

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