Las sagas mineras, en peligro de extinción

El declive del sector y el cierre de pozos de Hunosa hace que hoy por hoy sean ya pocos los mineros en activo que pueden intercambiar su experiencia en la mina con sus padres o abuelos

José Luis y Marcos Miranda
José Luis y Marcos Miranda

Redacción

Hubo un tiempo en el que encontrar familias de varias generaciones de mineros podía ser más o menos normal o habitual en las comarcas mineras: abuelos que habían trabajado en la mina, padres prejubilados e hijos en activo. Todos trabajadores de Hunosa. Hoy por hoy, las sagas mineras puede decirse que están en peligro de extinción, y más en la empresa estatal minera, donde quedan poco más de 1.200 trabajadores (de los casi 28.000 que llegó a tener a principios de los años 70) y muchos de ellos accedieron por preferencia absoluta al haber perdido a un familiar en accidente en algún pozo de la compañía. Por tanto, son pocas las familias en las que hay dos generaciones de mineros vivos y menos aún en las que sean tres las generaciones que puedan contar su experiencia trabajando en la mina.

Marcos Miranda es uno de los mineros en activo que proviene de saga minera. Su padre, jubilado por accidente, trabajó en el pozo Entrego, su abuelo en los talleres Santana, ubicados también en El Entrego, y su bisabuelo en el mismo pozo Entrego que su padre pero cuando dicho pozo pertenecía a Nespral y Cía, es decir, antes de la creación de Hunosa, cuyo 50 aniversario se cumple precisamente hoy. Él trabaja como electromecánico en el recién cerrado pozo María Luisa, del que se dejó de extraer carbón a finales de 2016 pero en el que se mantiene un retén realizando trabajos de desmantelamiento de todo el área de Modesta. Marcos recuerda que cuando entró en Hunosa en 2009 su padre «recibió mal la noticia» y que le costó un tiempo asimilarla por ser conocedor de lo que supone entrar cada día en un pozo minero donde cualquier golpe o accidente siempre deja huella.

De hecho, Jose Luis Miranda, el padre de Marcos se retiró en 1990 tras un grave accidente que le desplazó tres vértebras, le causó varias hernias y le dejó mal una rodilla. Esa herencia de la mina la tendrá que llevar para siempre consigo y por eso le da un consejo fundamental a su hijo: «el siempre me dice que a la mina hay que tenerle respeto», comenta Marcos, que reconoce que uno de los hechos que más le pudieron marcar fue el accidente de su padre cuando el contaba apenas 9 años. «Me llevó mi madre a verle al Adaro y cuando le pregunté qué le había pasado me dijo: la mina ya no me quiere». Sin embargo, este joven entreguín también recuerda lo mucho que le gustaba pasar dos minutos por las oficinas del pozo Entrego a ver a su padre de la que volvía al colegio para las clases de la tarde. «Me generaba curiosidad ver salir los mineros de la jaula», comenta aún con cierto entusiasmo pese a conocer ya en carne propia esa sensación de bajar o subir en la jaula de una profundidad de 500 o 600 metros.

Y aunque de la que Marcos Miranda entró en la mina a su padre no le gustó la decisión, señala que en aquellos primeros meses si aprovechaban los encuentros o las comidas familiares de los domingos para intercambiar información de cómo era el trabajo en la mina de uno y otro y la diferencia de condiciones que había a la hora de desarrollar el trabajo. «Cuando yo entré mi padre no sabía lo que era una automarchante, no había subtiraje o rozadoras. Ahora está todo mucho más mecanizado», explica este minero del pozo María Luisa.

Pero aunque Marcos procede de saga minera y siempre oyó hablar de todo lo de la mina a sus antecesores, el mismo no pasa por alto los nervios de aquel primer día que bajo a la explotación de Ciaño en una visita de seguridad con el vigilante y el capataz: «íbamos andando por las vías y bajamos por la rampla de picadores, que no me la imaginaba así. Entonces te das cuenta de que es un trabajo penoso con mucha estrechez en el que te das golpes con todo» porque allá abajo no hay más luz que la de la lámpara «y cuando la apagas es la oscuridad absoluta», una oscuridad que apostilla es «desconocida» en el exterior de una mina «porque fuera siempre hay algún reflejo».

Y como todos los mineros saben lo mal que lo pasan sus familias cada vez que tienen que entrar en un relevo, Marcos Miranda procura «no hablar de la mina en casa, y omites comentar si pasó algo para no preocupar», porque por muchos mineros que haya habido en una familia, ésta nunca puede dejar de sentir intranquilidad. Por ello, a Marcos no le gustaría que su hijo tuviera que entrar a trabajar en la mina. Eso en caso de que la minería tuviera futuro más allá de 2018, porque si por algo las sagas familiares mineras están en peligro de extinción es porque el sector está condenado al cierre. «No veo el final de la minería, mejor dicho, no lo quiero ver», señala este trabajador aún en activo para el que «aún queda una última lucha, que es comprometer a los partidos políticos a que den una solución, porque estamos viendo día a día que se sigue necesitando carbón».

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