Jean-Pierre Léaud, «alter ego» de Truffaut, Palma de Oro honorífica en Cannes

La Costa Azul, blindada en medidas de seguridad, abre la Croisette en alerta máxima


Cannes / E. La Voz

Hasta que este festival hizo pública este martes la concesión de la Palma de Oro honorífica al irrepetible Jean-Pierre Léaud, la gran estrella de todas las previas venía siendo Bernard Cazeneuve. No revisen su memoria cinéfila porque este hombre no ha protagonizado película alguna. Es el ministro del Interior de la République. Y su protagonismo es tal que en las vísperas visitó el Palacio de Festivales para darle valor escenográfico al estado de alerta que vive la Costa Azul ante el riesgo de que un atentado terrorista haga retumbar el mundo desde su epicentro cultural que estos días se ubica en Cannes. Así que Cazeneuve hizo un poco lo que tradicionalmente viene tocándole a Woody Allen (este año, también); esto es, dar por declarado el festival como zona segura para el disfrute del cine.

Hemos sabido que las fuerzas del orden público, de siempre muy visibles, serán este año dobladas en efectivos por los 400 agentes de seguridad privada que parecerían extraídos de la distópica y bizarra Super-Cannes, novela de J. G. Ballard que anticipaba hace 14 años tantas supuraciones de nuestro tiempo. También nos han contado cómo en abril se escenificó en la fachada del Palais sobre la que se tiende la alfombra roja una teatralización de posible atentado con 180 sufridos extras y cuatro terroristas con coche bomba. Ya digo que poco podría hacer el pausado, calmoso Café Society de Woody Allen que hoy inaugura este certamen para vencer a esta fuerza de las armas que dirige Cazeneuve, ministro y maestro de escena de la deseada seguridad.

Por lo demás, no conviene dramatizar. La prensa acreditada aquí en Cannes lleva conviviendo con los detectores de metales y con las mochilas abiertas en canal ante los cancerberos antes de cada proyección desde hace demasiados años como para que venga a cuento exagerar la presión de la olla. De todas formas, ahí están, como novedad, el cierre de parte de la costa y los socorristas en la playa por si se produjeran ataques en la arena como en Túnez.

Supongo que está bien que el necesario ministro Cazeneuve dejase paso ayer ya al cine. El anuncio de la Palma de Oro honorífica para una leyenda en bruto de la pantalla como el francés Jean-Pierre Léaud, que se le entregará el próximo 19 de mayo, reconoce a una figura que encarnó el cine de una manera tan descarnada que acabó por canibalizarlo. Léaud, el hijo creativo y emocional de Truffaut, el Antoine Doinel parido en Los 400 golpes, una paternidad truncada por la muerte de la que el actor nunca se repuso y que lo llevó al reconocimiento público de su agonía en vida. Ese ser atormentado y errático ha alcanzado a cobrar en la última década algo así como una nueva existencia, esta espectral, por la cual se han fascinado, dándole cancha a sus excentricidades o a su look de dama vieja, autores ilustres como Kaurismaki, Tsai-Ming-liang, Bonello, Garrel o, en este mismo festival, el catalán Albert Serra, que ha momificado de manera gótica a Léaud hasta amortajar su aura de Muerte del Rey Sol, un filme que se verá en el festival fuera de concurso.

Qué sensible idea la de Cannes premiar, en este limbo que habita entre la niebla, a Léaud. Por ver si sale de sus ultratumbas, de sus fuegos fatuos, esa cenital figura a la que sacralizaron Truffaut -antes que nadie-, pero también el Jean Eustache de La maman et la putain (1973), el Bertolucci del El último tango en París (1972) o el Godard al que rinden tributo las escaleras al cielo del cartel oficial de esta 69.ª edición.

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