Pablo Larraín hace una grosera caricatura de Pablo Neruda

Nicole Garcia compite en el 69.º Festival de Cannes con «Mal de pierres» y una desangelada Marion Cotillard

El actor Alex Brendemuhl, la actriz Marion Cotillard y la directora francesa Nicole Garcia, que firma «Mal de pierres»
El actor Alex Brendemuhl, la actriz Marion Cotillard y la directora francesa Nicole Garcia, que firma «Mal de pierres»

Cannes / E. La Voz

La británica Andrea Arnold, dos veces premiada en este festival, con Red Road y Fish Tank, es especialista en metabolizar en pantalla mujeres de vidas tronzadas. En American Honey, por la que opta a la Palma esta vez, no baja el pistón. Su criatura del arroyo, encarnada con convicción por la debutante Sasha Lane, es aquí una joven noqueada en el primer asalto de su existencia, captada por una secta itinerante que recorre la Norteamérica profunda vendiendo panfletos de casa en casa. Hay en esta road movie un preciso retrato por aplastamiento de una sociedad sórdida, desestructurada, desgranada en almas muertas. Pero Arnold nos ahorra tremendismos, con una puesta en escena afilada, un sobrio bisturí.

Mucho más delito tiene la francesa Nicole Garcia. En Mal de pierres dirige a una bastante desangelada Marion Cotillard, mujer malcasada con un inmigrante español al que no ama y presa de una historia de amor imposible con un acartonado Louis Garrel, herido en la guerra de Indochina. Como los cálculos de su afectado riñón, el melodrama que afecta a Cotillard es pétreo, una antigualla oxidada que han empotrado en la competición de mala manera. Pero su torpeza se hace despropósito cuando lo que su directora plantea, para escarnio en sala, es un amor espectral, una especie de Ghost afrancesado y risible, con hijo fruto del barro pasional del amante del más allá.

Me sorprende que el chileno Pablo Larraín, acerado y fino en los despiadados retratos de las pústulas históricas de su país en Tony Manero, Post-Mortem y El Club, se caiga con todo el equipo en su burda manipulación de la figura de Neruda. Su película es una grosera caricatura del poeta, reducido aquí a ególatra putero, a narcisista comerciante de versos del compromiso, a santón odioso e internacionalista de la farsa. Larraín aprovecha la voz en off del policía que persigue a Neruda en plena guerra fría -un desnortado Gael García Bernal- para soltar unas cuantas sentencias reaccionarias. Y, de colofón, me sonroja ver a Picasso interpretado por Emilio Gutiérrez Caba, todo un desastre de miscasting. Cine malo y una vileza moral.

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