«Paterson», de Jarmush, entusiasma

Gran acogida en el Festival de Cannes de la aventura «Mimosas» como sublimación del cineasta gallego Oliver Laxe


cannes / e. especial

Hay un cine que afirma su intensidad en lo cruel de sus personajes, en la maldad como objeto de culto o fascinación. Es menos frecuente lo contrario: que los buenos tipos, la gente noble y sencilla, sean protagonistas. Cannes se afirmó ayer como jornada para ellos, con el entrañable conductor de autobús amante de la poesía de Paterson, y con la lucha por preservar su amor interracial en tiempos de intolerancia de Joel Edgerton y Ruth Negga en Loving, de Jeff Nichols.

Jarmusch es uno de los más adorados autores en Cannes desde que con su debut ganó la Cámara de Oro en 1984 con Extraños en el paraíso. Desde entonces, no le ha ido tan bien con los jurados. Pocos llenan como él el Palais y convierten las proyecciones en declaraciones de amor de la grada. Eso, y de modo superlativo, sucede con Paterson. Su película minimal construye su armonía sobre la rutina cuando se es conductor de autobús y se siente devoción por la poesía en el pueblo de New Jersey que vio nacer al bardo William Carlos Williams; cuando nunca te acuestas ni te levantas enfadado con la mujer que has amado; y si eres capaz de convertir en un nirvana tu visita diaria al pub local donde veneran no solo a Williams sino al cómico Lou Costello, otra gloria local. Metamorfosis de la ficción, este santo varón sensible y amoroso es Adam Driver, que viene de asesinar a su padre, que no era un cualquiera sino Han Solo.

A mí me agrada este canto a la bondad de Jarmusch. No suena a impostura. Tampoco me provoca los éxtasis colectivos que generó en el Palais. Pero debe de ser que mi alma está perdida para las buenas causas como tema fílmico, porque tampoco colapsa mi corazón la manera en que Jeff Nichols detalla la batalla de amor, librada contra la segregación racial, por una pareja en la Virginia de hace 60 años. Es verdad que es cine con tanta pinta de Óscar que ha nacido hoy y ya se le considera senior para el próximo marzo, con ese quijotesco y notable Edgerton que podría adelantarse ya con premio de interpretación aquí.

En la jornada de la reafirmación del gallego Oliver Laxe como autor de Cannes, sus Mimosas ocuparon a sala llena el Miramar de la Semana de la Crítica. Laxe, en su primera ficción estricta, hace algo más que sublimar el cine de aventuras con el desierto como escenario. Lo sacude de cualquier resto de lentejuela para impregnarlo de polvo de arena y de la verdad de sus criaturas, que son agonistas de la fe, de la lealtad como valor despojado de galones, del bel morir, del heroísmo colectivo cuando se habita en un lugar, el Atlas fotografiado por un excepcional Mauro Herce, y en un no-tiempo de épica desalambrada, en un proceso de depuración inaudito que destierra cualquier canon hollywoodiense o aun occidental. Habrá que volver sobre esta obra que explora, indomeñable, territorios de libertad insólitos. Y cuyo alumbramiento en Cannes certifica la entidad del coraje de Oliver Laxe.

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