La crisis de los refugiados cuestiona lo que es el núcleo de Europa, nuestro corazón; nos estamos suicidando.
19 may 2016 . Actualizado a las 10:26 h.Adela Cortina (Valencia, 1947) no es el tipo de Catedrática de Ética que entiende su trabajo como una dedicación meramente académica o docente. Durante las últimas tres décadas, y en muy distintos frentes, ha venido poniendo la disciplina que enseña en la Universidad de Valencia en contacto con la realidad cotidiana, desde la ecología o los derechos animales hasta la política o, más recientemente, asuntos como la actual crisis de los refugiados. En este último debate en carne viva, proponía recientemente en una tribuna junto a José Ignacio Torreblanca un decálogo para reaccionar ante unos hechos que además están suponiendo una quiebra en los valores europeos. Sobre todo ello reflexiona en una pausa de las deliberaciones del jurado del Premio Princesa de Comunicaciones, del que forma parte de modo habitual. Cortina se duele, en primer lugar, de la «tragedia humana», pero también de una «segunda urgencia» que está «poniendo la Unión Europea bajo mínimos».
-¿De qué manera? ¿En qué sentido?
Porque una unión tan prometedora, en la que muchos creemos y pensamos que es lo mejor que nos podía haber pasado, se está poniendo en cuestión: fallan sus propios valores. No estoy hablando de los valores de otras gentes, sino de los que plasmamos en aquella especie de proyecto de Constitución, que incluyen los derechos humanos, la vida de las personas, la solidaridad, la hospitalidad... Son los valores son los que nos identifican como Unión Europea. Esta crisis ha puesto en cuestión que la UE esté siendo fiel a los valores que ella misma se ha dado. Lo cual es un desastre. La Unión como tal tiene un mensaje que dar en el contexto mundial, un mensaje que no es el de Estados Unidos, ni el de H ni el de B, sino justamente el nuestro, que incluso muchos norteamericanos reconocen que es mejor que el suyo, en el sentido de que, efectivamente, para nosotros los derechos humanos eran los fundamentales, y no los civiles y políticos -que por supuesto que lo son-, sino también los económicos, socialies y culturales. Somos los patrocinadores de la economía social de mercado, de lo que se puede llamar la ciudadanía social... En Europa ha nacido la socialdemocracia, una conjunción de elementos de distintos lados, no solamente de corrientes de origen socialista. No podemos ser una entidad política que se despreocupa de estas cosas. Y eso es lo que se está poniendo en cuestión. Eso que ofrecemos nosotros que no se ofrece en otros lugares.
-¿Hacia dónde volver la vista para localizar esos valores? ¿Dónde están sus fuentes, sus fundamentos?
No hay una Constitución propiamente dicha, pero sí un Tratado constitucional que no todo el mundo dio por bueno, pero sí que se dio por bueno en muchos sitios, incluido España, y en él aparece un conjunto de valores claramente explicitado. Allí lo puede encontrar cualquiera, con una simple búsqueda en Google. Y también todas las declaraciones y constituciones democráticas europeas.
-Es decir, que estamos faltando a nuestras propias leyes, no solo principios éticos en sentido abstracto.
Así es. Lo malo de todo esto es que estamos viendo en crisis valores que no solo hemos reconocido implícitamente, sino que hemos puesto en negro sobre blanco. Aquí no puede ser que permitamos el asesinato, la tortura, la expulsión de la gente y la dejemos morir... La crisis de los refugiados cuestiona eso que decimos que es nuestro núcleo, nuestro corazón. Entonces, nos estamos suicidando.
-Pregunto a la docente. ¿Cómo evitarlo, cómo hacer didáctica de esos valores, en el contexto de un sistema educativo que renuncia a la enseñanza de la filosofía?
Lo primero es reivindicar es que la filosofía y la ética estén en la Secundaria y en el Bachillerato. Esta reducción empobrecedora que no sirve para formar ciudadanos maduros. Desde los orígenes de la transición democrática se implantó una asignatura de ética, esa ética cívica y común a todos los ciudadanos. Tenía un título muy bonito: Vida Moral y Reflexión Ética; es decir, la vida real en la que vivimos con cuestiones como la igualdad entre hombres y mujeres, los derechos humanos, el respeto a la naturaleza... las grandes propuestas morales, y luego la reflexión de la filosofía sobre esa vida moral. Fue una asignatura preciosa que nadie discutió. Después todo el mundo se enfrentó y acabó imponiendo una cosa que se llamaba Valores Éticos, que encima es alternativa a la religión, cuando todos decimos que no, que alternativa no, que la ética, todos y la religión para quienes quieran religión. Es básico que la ética esté en Secundaria Obligatoria, porque ahí es donde los niños empiezan a pensar: "Bueno, los adultos deben de valorar esto porque dicen que lo hemos de aprender y practicar". Pero además, reivindico que en todas las carreras, en todos los oficios haya una asignatura de ética. Esto parece barrer para casa (ríe)...
-¿Y no lo es?
Para nada. Creo que es muy importante que cada una de las actividades, sea medicina, ingeniería o un señor que se ocupa de arreglar coches, da igual, tenga un momento para reflexionar en voz alta: «Este oficio, para qué», «cómo», «con qué problemas me puedo encontrar»... y que de eso se hable en voz alta con un director o profesor que tiene que ser buenísimo; no alguien que dé una serie de códigos o historias sino que reflexione con la gente sobre qué problemas concretos nos podemos encontrar y cómo responder. Si a un arquitecto le plantean: «Bueno, el material es más flojito, pero podemos ahorrarnos un dinero», qué hacer en ese caso. Esos momentos de la vida cotidiana en que uno se encuentra en esa situación en la que tiene que responder a problemas morales que no son siempre blancos o negros, buenos o malos.
-Eso que alguien llamó «razón práctica».
Exacto. Porque eso lo tenemos todos. Por eso yo defiendo en todas las disciplinas la existencia de ese espacio. De hecho, soy directora de una fundación de la empresa que este años cumple 25 años. La idea que nos animó fue la de pensar que muchos empresarios, en su vida cotidiana, se enfrentan a problemas morales. Hay que tener un espacio para que la gente razone sobre cómo vivimos la vida. Y no digamos en los medios de comunicación (risas).
-Hablaba del papel ejemplarizador de la enseñanza de la ética ante los alumnos. ¿Y en general, para los ciudadanos? ¿Quién podría ejercer ese papel ahora mismo?
Todos tenemos cierta sensibilidad, y nos acabamos dando cuenta de dónde tenemos los referentes. A la gente a la que le gusta el deporte puede encontrar un referente como Rafa Nadal. No solo porque puede ser un campeón, sino porque es una persona que lleva muy bien serlo. Nos damos cuenta de que hay una diferencia con aquel que está solo acumulando dinero en el deporte para luego irse a Panamá. Luego hay figuras que para la gente parecen indiscutibles: la Madre Teresa de Calcuta. Pero eso quizá no se puede universalizar. O cierto tipo de políticos; aquellos que tienen la dignidad de dimitir cuando toca. Los padres, que tienen que ser de alguna manera ejemplares. Y los profesores también tenemos que serlo, en todos los niveles. Y nuestros políticos también tendrían que serlo. Deberían. Son las gentes que gestionan la cosa pública.
-Hablando de políticos, hace un tiempo hablaba de la evolución de los dinosaurios del franquismo a los camaleones de la política reciente. ¿Avista la aparición de alguna otra especie en este momento político, alguien capaz de superar por ejemplo el fracaso de esta última legislatura?
Mi propuesta era superar camaleones y dinosaurios yendo hacia los ciudadanos maduros. Esa era mi propuesta, y no sé si está saliendo. Tampoco se trata de ser la ardilla que sube y baja constantemente y no consigue nada. Tiene que ser alguien que intenta participar en la vida política, pero en la medida en la que le toca a un ciudadano; alguien que se lee los programas pero fijándose en la diferencia entre declaraciones y actuaciones con la suficiente inteligencia y prudencia. Y alguien que debería de ser capaz de reflexionar y ser capaz de darse cuenta de que la política tiene que servir al bien común, no de grupos determinados. Pero, claro, ¿qué es eso del bien común?
-¿Qué es?
No el interés general, desde luego, un término que encuentro desafortunado. Hoy en día, podríamos determinarlo viendo qué es lo justo, lo más justo: atender a los derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales de la gente. Eso es lo indiscutible. Luego discutiremos cómo se hace eso. El ciudadano maduro tiene que tener la vista para intentar darse cuenta de qué partidos serían más capaces de trabajar de verdad por esos derechos.
-Empezando por los propios políticos, ¿no?
Esa es la cosa. Los políticos no son algo distinto de la ciudadanía. Son unos señores elegidos por otros señores; no han venido de Marte. Hablamos de ciudadanos, tanto los que se han dedicado a la política como los que viven la política día a día. No hay diferencia entre unos y otros. Creo sinceramente, como mucha gente, que los políticos de nuestro país han perdido mucho fuelle desde la Transición democrática. Se estará de acuerdo o no con cómo se hicieron las cosas, pero había un tipo de político que miraba por el bien común, gente que trabajaba por el bien del país y no por su propio enriquecimiento. Eso se ha ido deteriorando mucho, y estamos muy desencantados porque no dan muestras de estar preocupados por el bien común.
-Entonces, ¿nos toca ejemplarizar a nosotros, a los ciudadanos?
No estaría de más. Al fin y al cabo, la política es de los ciudadanos. Es una de las cosas que propondría si se reforma la Constitución: que se dé menos fuerza a los partidos políticos. Al final son los únicos que hacen política. Una cosa que criticoes que se esté partidizando la vida ciudadana. Cuando una persona hace una afirmación, en seguida se dice: esa es la opinión del PSOE, del PP o de Podemos. Oiga, no: esa es mi opinión. Eso lo digo yo. Si coincide con un partido, me parece muy bien. Pero no es que estemos constantemente en nuestra vida cotidiana divididos en partidos. Eso es para la política, para la organización de la cosa pública. Que al final, se trata sin más de facilitar la vida de los ciudadanos.