La antológica del Prado devuelve su esplendor al genial pintor francés del siglo XVII
06 jun 2016 . Actualizado a las 07:33 h.Apenas queda una semana. Por lo que esto bien puede entenderse como una llamada de alerta. El próximo domingo se clausura en el museo del Prado la exposición Georges de La Tour. 1593-1652, un argumento sin igual para quien absurdamente no halle en la colección permanente -o en la monumental muestra del Bosco- un motivo para visitar la pinacoteca pública. Es por supuesto una oportunidad increíble para conocer a fondo el fascinante y personalísimo universo del pintor francés Georges de La Tour (Vic-sur-Seille, Lorena, 1593-Lunéville, Lorena, 1652), ya que la sala C del edificio Jerónimos acoge estos días 31 de las 40 obras del maestro que se tienen por perfectamente identificadas. Apenas 28 telas y grabados más se conservan como copias de originales perdidos.
Los expertos creen que en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), a cuyo término el ducado de Lorena perdió su independencia política y los Habsburgo la reintegraron a Francia, se destruyó buena parte de su obra. En el incendio del taller en Lunéville a manos de los soldados galos habrían perecido cientos de sus cuadros (y toda la documentación existente). Hay quien dice también que ese fuego devastador lo abocó obsesivamente en su madurez a las pinturas de interior, nocturnas, donde un punto de luz (una vela, una lámpara, unas brasas) condiciona decisivamente la interpretación de la escena, casi siempre íntima.
Éxito en vida y olvido
El misterio envuelve la producción de La Tour -más allá de sus claroscuros y sus penumbras-, ya que de esas poco más de 70 composiciones conocidas, solo cuatro están fechadas y 18 firmadas (rubricar, datar, fechar o titular sus telas no fueron asuntos que preocuparan al autor). De hecho, pese a la temprana fama que alcanzó su trabajo en vida -gracias a las adquisiciones que el duque de Lorena realizó a comienzos de la década de los 20 del siglo XVII-, cayó en el más ominoso de los olvidos durante siglos. De poco sirvió que hubiese obtenido en París el título de pintor ordinario del rey, o que coleccionistas célebres como Richelieu, el superintendente de finanzas Claude de Bullion, el arquitecto Le Nôtre e incluso Luis XIII poseyesen telas de La Tour. De hecho, si el Prado alberga hoy dos cuadros suyos es porque -años después de adquirir en 1991 Ciego tocando la zanfonía- fue descubierta en los fondos del Ministerio de Trabajo una pieza inédita, San Jerónimo leyendo una carta -en su reverso puede leerse Zurbarán, atribución falsa que probablemente favoreció que acabase en una colección española-, que en el 2005 fue transferida en depósito al museo. Como salido de sus propios lienzos, el silencio y el recogimiento se adueñaron de su arte a su muerte a mediados del siglo XVII, como en un secuestro.
Y, así, admirado erróneamente como Zurbarán, Ribera, Murillo o Velázquez, Stendhal y su discípulo Hippolyte Adolphe Taine contribuyeron a rescatar ya en el siglo XIX el gusto por su obra pero muchas veces sin tener clara la autoría: que si se trataba de un artista español o quizá uno flamenco, buscando el parentesco estilístico de Caravaggio en último término. La inflexión verdadera -de la que se acaban de cumplir cien años- no llegó hasta 1915 con la publicación de un artículo del historiador del arte e investigador alemán Hermann Voss en la revista Archiv für Kunstgeschichte en que se elogiaba su talento y relacionaba varios lienzos. La exposición Pintores de la realidad corrobora en 1934 el puesto irrenunciable que merece La Tour en la pintura francesa y europea, y que ya no cederá jamás. La sonada adquisición, en 1960, de La buenaventura por The Metropolitan Museum of Art de Nueva York pone el cierre de oro a casi 300 años de incomprensible arrumbamiento.
Comisariada por Andrés Úbeda, jefe de conservación de pintura italiana y francesa del Prado, y Dimitri Salmon, conservador del Louvre, la antológica de la pinacoteca madrileña devuelve a Georges de La Tour todo su esplendor, al mundo mágicamente iluminado a la llama de una vela, ya sea en el tratamiento realista y de dignidad de sus personajes humildes, toscos, ya sea en sus delicadas escenas religiosas, despojadas de efectos divinificadores o atributos sacros.
Silencio metafísico
Sus lienzos están pintados con un colorido casi monocromo, teñidos por las sombras y marcados por el contraste de un foco de luz casi siempre artificial, con unas formas humanas monumentales, de atuendo sencillo, impregnadas de soledad, sencillez y silencio, y donde el paisaje, la arquitectura, la anécdota y el ornamento son únicamente ausencias, y el mobiliario, cuando existe, es presencia muy modesta. Las escenas diurnas le ofrecen la posibilidad de un enriquecimiento de la paleta cromática, gracias al empleo de unas luces frías y claras. En ellas encuentra La Tour el gusto por los encuentros corales de cierta carga dramática. Pero en la madurez se acrecienta su inclinación hacia la austeridad y lo esencial, volúmenes planos y rotundos, y ese expresionismo de luces y sombras que invita al íntimo recogimiento, la reflexión y el ensimismamiento de sus personajes en la atmósfera casi metafísica de sus escenas interiores nocturnas. «La Tour [dice el escritor Pascal Quignard en la hermosa nouvelle-ensayo que dedicó al artista] fue uno de los últimos genios del Renacimiento. Se opuso a la pintura de la época: al barroco sensual y drapeado de Vouet, al clasicismo humanista y lleno de remilgos de Poussin. Contemplar la pintura aún conserva para él su antiguo significado: orar ante la imagen doliente. [?] Más que Philippe de Champaigne, es para mí la definición del barroco jansenista. Toma prestado de Honthorst el artificio de ocultar la fuente de luz mediante una pantalla de hierro, una mano, un personaje, una calavera. Plasma soberbias imágenes góticas. [?] La composición, saturada de sí misma, rozando los bordes del cuadro, alcanza una fuerza visiva capaz de ejercer su poder como una mirada. Entonces la imagen se convierte en un cepo donde el espectador -al igual que el pintor, sin duda- queda atrapado». La legitimidad científica de Quignard no será óptima, pero el poder del arte de La Tour no se puede expresar con mayor justeza.