La compañía cerró el Festival de Danza de Oviedo con un programa de repertorio para un público entregado
09 jun 2016 . Actualizado a las 08:00 h.En costura se dice de la pasamanería que es la sublimación de varios materiales entretejidos para realzar telas u objetos; para adornar más, si cabe. Eso fue lo que vimos el pasado sábado en el Teatro Campoamor de Oviedo, con la representación del Ballet Nacional de España (BNE), que dirige el madrileño Antonio Najarro. Es decir, se vio pasamanería bailada, adorno puro, para ponerlo al servicio de hermosas telas coreográficas del pasado más glorioso de la propia compañía. O lo que es lo mismo: exponer un programa que gusta y es seguro para un espectador clásico, y hacerlo bien. La función resultó exitosa.
Tres composiciones del fondo de repertorio del BNE y una más nueva del propio Najarro trasladaron al respetable al pasado, pero al pasado del acervo de lo más clásico español, para llenarlo de nostalgia y, de paso, como ocurrió con Farruca (1984), traer al presente una pieza de flamenco de gran categoría, una verdadera joya de la corona; de lo mejor que se vio en la última de abono del Festival de Danza de Oviedo.
Precisamente fue esta pieza la que abrió la velada, una pequeña maravilla encerrada en siete minutos de verdadera excelsitud, que propició la visualización y el dominio de tres grandes bailaores: Francisco Velasco, Eduardo Martínez y José Manuel Benítez. La sobriedad que exhibe la creación, la seriedad con la que está empaquetada y el soberbio zapateado que la sostiene hacen de ella una exquisitez de gran valor; verdadero bombón. Y no es que sea una pieza fácil, por la rapidez en la ejecución que exige, el carácter canónico y el dominio del sonido, de la percusión en tabla y su tensión. Merece mucho la pena sacarla de gira. Muy bien. Estupenda.
El programa continuó con Viva Navarra (1978), una coreografía que rememora elegantemente lo folklórico de la jota navarra, diferente de la aragonesa, en un solo mono y bien ejecutado por parte de Inmaculada Sánchez. Fue el momento coros y danzas de la noche, y uno podía habérselo imaginado perfectamente en blanco y negro. Bueno, vale, bien.
Ritmos (1984), obra mayor de Alberto Lorca (figura indispensable de la danza en España, artífice y fundador del BNE), con música de José Nieto, nos devuelve a los tiempos en que la gran María de Ávila capitaneaba la compañía nacional. Esta coreografía es una sucesión de secuencias, dentro de un mismo cuadro, que abordan ritmos y cadencias de distinto rango en el marco del clásico español de base flamenca. Esa pauta de impresión en el dibujo danzado de gran refinamiento y elegancia; ese toque justo de plasticidad para la instantánea de una coreografía auténtica; el buen orden y magisterio para planificar el desenvolvimiento de todo el elenco en el escenario y, en definitiva, su inigualable sentido para mantener equilibro y armonía de principio a fin son los principios de este clásico. Siempre fundacional.
Cerró la función la obra más nueva, Suite Sevilla, que Najarro compuso en 2011 no para el BNE, sino para su compañía anterior; dura setenta minutos y consiste en un resumen bien hecho de los todos los tópicos del universo flamenco y de la cultura andalusí: manolas y costaleros de Semana Santa, torero, toro, ruedos, cristos, bailaores, peinetas? un despliegue de todo lo conocido sin otra conexión, aparentemente, que la de hacer resumen nostálgico y muy clásico de un pasado coreográficamente muy superado ya. Ocho cuadros diferentes con el elenco muy bien vestido, eso sí, que encajan en diversos momentos la escuela bolera, la danza estilizada y el flamenco.
Pero, formalmente, el análisis interno de la pieza nos lleva a otro sitio, a lugares demasiado comunes, a tipismo de olor antiguo, en ocasiones dejado bastante atrás por el quehacer actual de jóvenes creadores que, todo hay que decirlo, en buen número son mujeres, y que están dando novedosos momentos de calidad al clásico español que son muy de encomiar. (Amén de María Pagés, Sara Cano y Sara Calero son dos buenos ejemplos.) La vanguardia nostálgica y el revisionismo innovador hay que demostrarlo, no parecerlo. Y existen muchas formas de abordarlo. Internet está lleno de ellas.
Pero hay que decir la verdad: es un verdadero lujo ver bailar al elenco del BNE. Su gran precisión, el manejo de la experiencia para salvar desajustes y pequeños errores, la homogeneidad del grupo y su profesionalidad hacen que la estampa esteticista de la danza española brille, aunque el guión sea un poco ralo. Por eso no es de extrañar que esas castañuelas y ese zapateado de sonrisa plena hicieran las delicias de un público entregado a lo clásico desde el principio y que, algo enardecido, se puso en pie para festejar el final de un irregular Festival de Danza de Oviedo 2016.
Porque, ¿a quién no le pone la brillante traca de un buen taconeado, esa furia casi canina y mordiente que sale de los pies (por doquier), que percute alegría atronadora, quiérase o no se quiera?