«La dimensión religiosa del Camino de Santiago es la menos importante»

Pablo Batalla Cueto GIJÓN

CULTURA

Miguel Barrero
Miguel Barrero

Miguel Barrero presenta hoy «Las tierras del fin del mundo», un libro en el que narra su experiencia reccoriendo el Camino Primitivo de Santiago desde Oviedo

13 jun 2016 . Actualizado a las 10:59 h.

El escritor Miguel Barrero presenta el lunes 13 en Oviedo su libro Las tierras del fin del mundo, en el que relata su experiencia haciendo el Camino Primitivo de Santiago desde la capital asturiana. En él, además de contar anécdotas con las que pinta un espléndido fresco del paisanaje que uno se encuentra cuando peregrina a Compostela y explorar la historia de hitos patrimoniales como el monasterio de Obona o el Real Hospital de Montouto, reflexiona sobre la parte metafísica de esta ruta milenaria concebida como la contraparte terrestre de la Vía Láctea y a la que Carlos V llamaba la Calle Mayor de Europa.

-¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

-Yo crecí en una casa en la que el Camino de Santiago tenía cierta importancia. Mi madre es licenciada en filosofía y letras por la rama de historia y mi padre era uno de esos médicos interesados en las humanidades, fundamentalmente en el arte y concretamente en la arquitectura medieval vinculada a la monarquía asturiana y al Camino de Santiago. En mi familia, el Camino era una especie de mito recurrente. Yo nací en septiembre de 1980 y en agosto mis padres habían estado en Santiago. Uno de los primeros viajes que yo hice de crío, con un año o dos, fue también a Santiago de Compostela, y los catorce años leí un libro que me dejó mi padre que se titulaba De San Salvador de Oviedo a Compostela y había sido escrito por Antonio García Miñor, un señor del RIDEA -entonces todavía era IDEA: no tenía el Real- que contaba ahí una peregrinación desde Oviedo hasta Santiago por el camino de Alfonso II. Fue un libro que me gustó mucho y que en aquel momento leí como un libro de aventuras, porque aquello se parecía mucho, realmente, a una road movie por unos territorios casi inhóspitos. Si ahora el Suroccidente está como está, imagínate qué vergel podía ser aquello hace cincuenta años.

-Las Hurdes del norte, se llegó a llamar en algún momento a la zona de Taramundi y los Oscos.

-Sí, sí. Eran zonas muy remotas. En fin, todo eso que comentaba fue quedando ahí, y entre 2012 y 2015 yo trabajé en la Consejería de Cultura y coincidí con el momento en que se reactivaron los trabajos para que los caminos del norte optaran a la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Era una iniciativa que conformaban Galicia, Asturias y Cantabria pero que lideraba Asturias, y yo fui testigo de todo ello. La declaración llegó cuando estaba a punto de irme, y un día nos juntamos un grupo de amigos y nos pusimos a hablar del Camino. En un momento dado, un amigo mío dijo: «No es tan difícil, es solo caminar, ¿no?», y entonces, aunque yo nunca había pensado en hacer el Camino, me dije: «Bueno, si es verdad que es sólo caminar, ¿por qué no probar?». También me llamaban la atención algunos tópicos sobre el Camino, como ése que dice que el Camino engancha; que sea uno ateo o creyente es una experiencia que uno vive muy intensamente. Me despertaba curiosidad comprobar cómo puede ser eso; cómo caminar como una bestia durante quince días puede ser una experiencia gratificante. En general me resultaba curioso que en pleno siglo XXI, cuando tantas cosas han cambiado desde el siglo XI, también en la Iglesia, la gente siga caminando a pie a Santiago. Hay más focos de peregrinaje: está Jerusalén, está Roma, está Lourdes, está Fátima, pero Santiago es la única ciudad del mundo cristiano que cuenta con itinerarios perfectamente detallados y con una tradición que exige ir a pie atravesando determinados hitos antes de llegar al Apóstol.