Los hogares, guaridas y laberintos de Louise Bourgeois en el Guggenheim

Un recorrido por el periplo artístico de la artista a través de la exposición «Estructuras de la existencia: Las Celdas», que se exhibe en el museo bilbaíno

Louise Bourgeois , fotografiada por Peter Bellamy en 1986
Louise Bourgeois , fotografiada por Peter Bellamy en 1986

Bilbao

A lo largo de seis décadas, Louise Bourgeois realizó un viaje inspirado en su relación con la arquitectura en tanto ámbito de la privacidad. Continuidad obsesiva, repetición e insistencia en permanente evolución estilística. Para comprobarlo el Museo Guggenheim Bilbao nos invita a participar en dicho periplo a través de la exposición Estructuras de la existencia: Las Celdas. Muestra que excede las obras que la titulan para retrotraerse a piezas de la década de 1960 o incluso a los primeros dibujos antropomórficos realizados en Nueva York a finales de la década de 1940.

Tres pinturas al óleo similares en dimensión y formato comparten el título de Femme Maison. Una de ellas muestra una figura femenina que ha sido alargada para adecuarse al perfil de un bloque de apartamentos; otra sitúa a la mujer dentro de un edificio de tabla de chilla y la tercera representa una mansión que cubre a su esbelta habitante. El cuerpo mismo de las mujeres brota a partir de las casas y, allí donde debería residir el intelecto, no hay más que estructura arquitectónica. Como constata la historiadora Whitney Chadwick, algunos críticos interpretaron las Femme Maison como aceptación de «la identificación “natural” entre mujer y hogar». Sin embargo, esta lectura no se corresponde con las declaraciones que posteriormente haría la propia autora: «Las pequeñas manos que surgen de la estructura están pidiendo ayuda a gritos: “¡Por favor, no me olvide. Venga a buscarme. Estoy herida!”». La mujer se resiste a quedar definida por el hogar y pide ayuda para poder buscar y buscarse en su proyecto de vida. ¿Hablaba Bourgeois de sí misma?

Las Femme Maison fueron exhibidas en 1947 en la Norlyst Gallery de Nueva York. Esta fue la última muestra de pinturas de Louise Bourgeois pues, con el tiempo, la artista se inclinó cada vez más hacia formas de expresión tridimensionales dando lugar, entre 1947 y 1949, a la serie Personnages. También estas altas y estilizadas piezas de madera policromada forman parte de la exposición que venimos relatando y surgen en la trayectoria artística de Bourgeois en el momento en que la artista comienza a utilizar el tejado de su nuevo apartamento, en el Stuyvesant Folly, «como estudio y escape de la casa». Escapar de la casa provoca la inmediata expansión de su obra. Pillar, The Tomb of a Young Person, Persistent Antagonism, Portrait of C.Y., Dagger Child, Knife Couple y Observer se proyectan en vertical como los rascacielos, sin límite físico, libres de la opresión doméstica.

Taller y madriguera

Mientras que el hogar era un confinamiento socialmente impuesto, el taller se irá dibujando como un retiro codiciado, el lugar para la construcción personal y la búsqueda de la trascendencia. Así surge una nueva etapa en la producción artística de Louise Bourgeois los Lairs. Lair podría traducirse como madriguera y supone una mutación de las Femme Maison en nidos o guaridas, formas intermedias entre lo humano, lo animal y lo vegetal. Toscas vasijas torpemente modeladas en escayola, como Fèe Couturière (1963), o en goma como el Lair (1986), con las que Bourgeois explora el espacio a través de un vocabulario más abstracto y orgánico.

Confinamiento o refugio, repliegue sobre uno mismo o relación con lo otro, interiorización de las emociones o exteriorización de los sentimientos. Todo ello tendrá continuidad en una serie de obras de los 1990s y en torno a las que gira la presente exposición del Guggenheim Bilbao: las Cells. Se trata de instalaciones cuya parte exterior se compone, en ocasiones, de puertas montadas en forma circular, espiral o rectangular que forman una precaria y a veces laberíntica solución provisional. Lugares de retiro y refugio como las Cell I y II que pueden funcionar también como laberintos o trampas. El laberinto, dirá Bourgeois, «tiene muchos significados para mí. Puedo esconderme y nadie puede encontrarme, y puedo salir sin que nadie se fije. Si me gusta mi visitante, el laberinto se convierte en un medio de seducción».

Una jaula gigantesca

En otros casos la piel externa de las Cells es una jaula gigantesca y envejecida en cuyo interior hay armazones de camas metálicas, mesas y sillas, vasos, ropa, mantas, esculturas compuestas de pequeñas piezas de desecho. Todos estos objetos desvencijados nos hablan de un tiempo pretérito pero, como con sus recuerdos, Bourgeois no se deshace de ellos: «Si no podéis abandonar el pasado debéis recrearlo. Es lo que yo he hecho».

Si algo tienen en común todas las Cell es que trata de instalaciones en las que no hay una frontera explícita entre lo privado y lo público pues, al exponer lo más profundo de su interior (la arquitectura de nuevo metáfora de la existencia), suprimen la privacidad. Llegados a este punto podría afirmarse que la relación de Bourgeois con el ámbito de lo privado varía en función del grado de libertad conseguido para trascenderlo. En las Femme Maison los muros de la casa son fronteras infranqueables pero, recluida aún en lo privado, Bourgeois encuentra una madriguera en la que aislarse de lo cotidiano: el Lair. Su «habitación propia», su taller, la puerta secreta por la que escapar aunque todavía no comunique con el exterior. Los muros de lo privado siguen siendo irrebasables, pero quien habita en su interior se ha dotado de un proyecto y agradece el cobijo que el hogar le ofrece.

Finalmente, llega el reconocimiento público, la artista deviene sujeto atractivo para la sociedad que se aproxima a contemplar sus Cells, sus laberintos. Es entonces cuando Bourgeois decide el cierre o la apertura, la exclusión o la inclusión, la agresión o la vulnerabilidad. Domina en ambos espacios y dispone, según las circunstancias, el ámbito en el que prefiere estar. Lo privado la comienza a seducir porque es opcional, no es una reclusión impuesta, ni es cobijo frente a una hostilidad ya inexistente. Llega el momento de la realización personal y una nueva metáfora, los espejos que poblarán sus Cells: «El espejo es la aceptación de uno mismo. He vivido en una casa sin espejos porque no alcanzaba a aceptarme. El espejo era mi enemigo, pero él no debe ser un enemigo, sino un amigo».

En el año 1986 Bourgeois se dejó fotografiar en el interior de Articulated Lair. La artista levanta los brazos y avanza un paso en una especie de danza entre las puertas de antiguas plantas industriales. Un gesto de afirmación de sí misma dentro de un espacio que no es un mero ejercicio sobre arquitectura, ni una simple estructura con la que expresar sus emociones, sino un trasunto de la existencia de la propia artista.

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