Cineasta bonapartista y genial, pasó en solo dos películas, «El cazador» y «La puerta del cielo», en un lapso de tres años, de cimentar la revolución del Nuevo Hollywood a cavar la tumba de aquella rebelión
09 jul 2016 . Actualizado a las 09:15 h.Comenzaré por decir que, una vez asumida la desaparición biológica de Michael Cimino -su mente llevaba ya muchos años, probablemente dos décadas, vagando en un limbo más allá de la realidad- tengo agridulcemente saldada mi parte de la deuda emocional colectiva con este ecce homo del Nuevo Hollywood. Concretamente desde que en el 2012 el Festival de Venecia le rindió un homenaje con motivo de la restauración de la versión definitiva de Heaven’s Gate, la de 216 minutos. Guardo vívido recuerdo de aquella sesión nocturna en el Casinò. De sus palabras de presentación, dificultosas, con una incapacidad notoria para hilvanar un discurso mínimamente protocolario. Y, sobre todo, de los largos y frenéticos minutos de ovación finales dirigidos a un Cimino que, dada la disposición semicircular de la sala Casinò, se encontró en el centro de aquella envolvente ola de afecto, de una ofrenda de amor hacia la obra de arte. Y de ánimo de reparación necesaria a su autor, asaeteado, demolido por las fuerzas más reaccionarias que temían perder el poder real sobre Hollywood. Y que se sirvieron de Michael Cimino como chivo expiatorio, aprovechando como maniobra de despiste su megalomanía, para destrozar en la sala de montaje Heaven’s Gate, convertirla en un despojo y estrenarla con cerca de 75 minutos amputados. Y todo con el fin de doblarles definitivamente el pulso a aquellos directores que, incubados en la contracultura, el consumo de drogas y un cierto mesianismo de cada uno por libre, amenazaban con tomar los mandos de una industria estratégica para la economía de los Estados Unidos y esencial para el mantenimiento de su hegemonía cultural. Nada es casual, en ese 1980 en el que los productores desmembran emocionalmente a Cimino -y, a través de su tortura, en una operación de extensiva deflagración de la amenaza, a todos los demás, Coppola, Ashby, Schrader, Friedkin, De Palma, Bogdanovich-, y en el mismo mes de noviembre en el cual se descuartiza Heaven’s Gate es elegido presidente de la nación Ronald Reagan, cuyo héroe de cabecera, heraldo de la nueva década, va a ser John Rambo.
Por eso aquella noche de agosto de 2012 en el Lido existía aquella convicción tan explícita de convertir aquel foro en un acto de esencial desagravio. Supongo que todos los que nos negábamos a pausar los aplausos logramos, en la persistencia de aquellos minutos de standing ovation, que el gélido aura, casi tanática, que componía Cimino, se viniese abajo por la emoción. Allí estaba, 25 años después de ser declarado enemigo público número uno, el artista que filmó una obra capital del cine de todo el siglo XX, probablemente la película más explícitamente marxista nunca hecha en Norteamérica -aunque su autor, Cimino, no lo fuese en modo alguno- y en la cual se equiparaba el nacimiento de una nación con una Shoah avant la lettre bajo barras y estrellas.
Tuve esa noche la convicción de que a aquel hombre le habían provocado, veinte años atrás, algo más que un knock out. Le habían quebrado el espinazo. Es verdad que continuó braceando: que en 1985 dirigió la notabilísima Manhattan Sur: lo acusaron por ella de racista con la comunidad chino-norteamericana. Y un grupo de memos, con mantequilla de cacahuete alojada en el cerebro, hizo cuchufletas nominándola cinco veces a los Razzies de ese año, entre ellos, los de peor película y director. Y hablamos de un filme capital en la puesta en escena de la violencia, una obra de anticipación al noir tanto asiático como occidental. Todavía Cimino tuvo arranque para sacar adelante un remake del clásico de William Wyler Horas desesperadas, en el cual obtuvo el logro fastuoso de trasponer el claustrofóbico lugar de acción de una habitación con secuestro exprés y liberar la película en una memorable escapada hacia ríos cristalinos y grandes horizontes propios del western. Y, de los que cuentan que fue su autobiografía a través de ese personaje, enfermo terminal en huida hacia adelante, en busca de las fuentes de su raza, la de los irredentos. ¡Hay tanto de paradójico en el hecho de que Michael Cimino cerrase su carrera hablando auténticamente de sí mismo, después de la conocida anécdota que, en sentido totalmente inverso, acompañó ya de delirio su despegue, cuando aseguró que la historia de los metalúrgicos de Pensylvannia que sucumben o sobreviven demolidos en Vietnam estaba basada en sus propias vivencias, cuando su experiencia militar nunca pasó de una estancia en la Guardia Nacional!
Y qué importa, a la postre, si cuando su temprana gloria con esa otra obra maestra absoluta que es El cazador se le fue la pinza y se divirtió, mientras desde la izquierda se le tildaba de fascista y, al mismo tiempo, en el festival de Moscú -aún Unión Soviética- el filme era aclamado. En Berlín, el museo Helmut Newton exponía el pasado año en un monográfico de retratos de celebridades una foto que me dejó mesmerizado: está tomada en París, en 1985. En ella, una imagen compuesta por Newton en un museo, posan dos hombres delante de un imperial retrato de Napoleón. Son Mickey Rourke y Michael Cimino. El primero es hoy el zombie en contraluz del chico de la moto bien/mal afeitado para Newton. El segundo, Cimino, en la instantánea pasado de peso, con aquel rebuscado aire de seguridad insultante y de testosterona rabiosa, es el ultracuerpo de la figura enjuta, con una agónica androginia más cercana a una momia que al sexo de Los Ángeles al que tratamos de sacar a hombros aquella noche en el Lido. Aquel que, como el propio Bonaparte, cruzó Austerlitz, cazando ciervos y Oscar. Y concluyó en un Waterloo, en efecto napoleónico, consumado en una obra de arte como Heaven’s Gate, sin la cual no se puede explicar el cine norteamericano de este siglo ni del pasado. Y condenado a una muerte en vida de la cual solo salió ocasionalmente para asistir a los fuegos fatuos de los calores cinéfilos (en Venecia, en Nueva York o Locarno) y en la que definitivamente, sin mirar atrás, inscribió el sábado su exquisito cadáver de golden boy devenido niño nadie.