«Me ofrecieron ser alcalde, pero no quise; se erige uno en un déspota en cuanto se descuida»

El pintor, docente y activista social y cultural acaba de recibir la Medalla de Plata del Principado, un galardón que «se agradece, aunque da la impresión de que piensen que voy a estirar la pata»

Alejandro Mieres, en el museo Barjola
Alejandro Mieres, en el museo Barjola

Gijón

Alejandro Mieres (Astudillo [Palencia], 1927) recibe en su casa a la legión de periodistas que lo acechan para entrevistarle tras serle concedida la Medalla de Plata de la Villa de Gijón. Sus alabados cuadros, con su carga de materia pictórica, sus colores vivos y sus abruptas modulaciones geométricas, colgados de las paredes de su salón, presencian cada sucesiva conversación con este hombre risueño y bromista que frisa ya los noventa años, y que se sorprende cuando se le dice que hace ya más de sesenta de su primera exposición. En este encuentro con La Voz de Asturias, recuerda brevemente su formación, sus principios como docente -ejerció durante años en el Instituto Jovellanos- y su sólido compromiso izquierdista.

-¿Qué se siente cuando le dan a uno la Medalla de Plata de su región?

-Pues que mejor te la hubieran dado de oro, porque si la empeñas sacas más (risas). Hombre, bien, esas cosas siempre se agradecen. Lo que pasa es que me da la impresión de que piensan que ya estoy muy viejo y voy a estirar la pata (risas).

-Hace ya más de sesenta años de su primera exposición en Madrid, en 1952.

-¿Sesenta años ya? ¡Uf! Sí, fue en la galería Macarrón, al lado del Teatro de la Zarzuela. Recuerdo que tenía dos salas en forma de ele. La hice con Rosa [María Velilla, entonces compañera de estudios y más tarde mi esposa], y la hicimos allí porque éramos clientes: llevábamos años yendo allí a comprar materiales y demás.

-De pequeño no era buen estudiante, pero le encantaba dibujar.

-Sí, mi padre, como todos los padres, estaba empeñado en que estudiara el bachillerato, pero a mí no me interesaba en absoluto. El latín, las matemáticas... A mí todo aquello me caía gordísimo. De aquella, además, se aprendían las cosas de memoria, y yo siempre he tenido poca retentiva. Dibujar, sin embargo, sí me gustaba: dibujaba todo lo que podía, cosa que a mi padre lo ponía verde. Quien más me animó fue un amigo suyo, Mariano, que era del pueblo en el que había nacido yo pero había emigrado antes a Madrid, donde tenía una frutería. Él me decía: «Oye, si te gusta dibujar, pues dibuja», pero mi padre seguía insistiéndome en el latín, en las matemáticas, en todas aquellas cosas absurdas que no me interesaban nada en absoluto. Al final, entre Mariano y yo le convencimos de que me metiera en lo que entonces se llamaba una escuela de orientación profesional; una cosa con origen en la República en la que te enseñaban oficios.

-¿Y qué sucedió?

-Ahí ya funcioné mucho mejor. Había unos talleres y aprendíamos varios oficios: primero carpintería, luego forja, luego hojalatería, chapistería, ajuste mecánico... Todo eso se me dio muy bien. De hecho, el profesor de ajuste mecánico a veces me pedía que hiciera chollos que le encargaban, colas de milano y cosas de ésas que había que mirar al trasluz para comprobar que todo estuviera perfectamente ajustado. Para mí, aquello fue el gancho que me llevó al arte. La gente tiene que hacer lo que le gusta.

-Se formó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, pero había comenzado a estudiar por correspondencia en 1942.

-Sí, nunca tuve profesor. Es decir, tenía profesor, pero nunca lo llegué a conocer en persona. Me enviaban los ejercicios y las indicaciones, yo mandaba los trabajos correspondientes y luego recibía contestación del profesor. Era mejor así, porque no tenía al profesor encima dándome la lata.

-El formato le permitió desarrollar su talento con mayor libertad.

-Pienso que sí, que no tener al profesor encima de mí todo el rato, sino trabajar en soledad y haciendo las cosas a mi manera, me hizo más independiente. En esto de la expresión artística, tener un criterio propio es fundamental, pero cuando tienes un profesor cerca, muchas veces, aunque sea con la mejor intención del mundo, te obliga a seguir el suyo, el que a él le ha valido y está convencido de que es el correcto pero quizás a ti no te convenga o no te encaje. Un profesor de arte debe sugerir, orientar, inspirar, poner ejemplos, contar cosas que el alumno puede escuchar si le interesan o no escucharlas si no le apetece; pero no conducir, encauzar ni manipular: eso es fatal. El profesor puede dar su opinión sobre los dibujos, trabajos o escritos del alumno, pero no tiene ningún derecho a obligarle a cambiarlos. Guiar, sólo a los bueyes, a los que les ponen un palo para que sepan por dónde tienen que ir. A estudiantes de arte, no, porque es perder el tiempo. Yo, cuando he sido profesor, y lo he sido toda mi vida, siempre he procurado respetar la voluntad del alumno y ayudarle a encontrar su propio camino, no pretender clonar mi personalidad a través de él. Siempre he tenido claro que el arte es una experiencia muy personal; que debe ser el alumno quien vaya aprendiendo por sí solo a través de sus aciertos y de sus fracasos, de probar caminos y a veces darse de bruces con muros que te impiden pasar y tener que desandar lo andado, y quizás entonces acordarse de alguna cosa que decía su profesor, probarla y ver que funciona, pero no antes. Creo que es como hay que hacerlo, pero no sólo en el arte. En el arte especialmente, pero también en otras disciplinas.

-¿Por ejemplo?

La creatividad es fundamental en todas las ciencias, incluso en matemáticas o física. Lo tengo discutido con muchos compañeros: hay que ser creativo en todas las ciencias, incluso en las llamadas exactas. De no haber sido por la gente creativa que las hizo avanzar, que no se conformó con las doctrinas vigentes sino que dijo: «¿y si tiramos por aquí?», esas ciencias llevarían siglos estancadas. En fin, es una forma de dar clase que no me ha dado mal resultado: al menos, ningún alumno ha venido nunca a protestar (risas).

-Ha sido siempre persona de izquierdas.

-Una vez un periodista como tú me preguntó por qué me metí en política, y yo le respondí que no me metí en política, sino que fue la política la que se metió en mi vida desde que nací. Mi padre fue socialista y republicano toda la vida, hasta el punto de que, cuando yo era niño, estuvieron a punto de liquidarle. Era mecánico de automóviles y taxista: un hombre de clase trabajadora. Tenía un taller, y yo me crié correteando por allí. Adquirir una conciencia de izquierdas era inevitable, y más cuando yo nací en 1927, así que en 1936, cuando estalló la guerra civil, tenía nueve años, por lo que era niño cuando veía que unos tipos con camisa azul que andaban por ahí con pistolas y porras en los bolsillos llamaban a la puerta de alguien, le decían «vente con nosotros», se lo llevaban y la familia no volvía a verlo o lo encontraba en una cuneta. Por muy niño que seas, no dejas de hacerte preguntas cuando ves algo así, o cuando ves que esos señores de camisa azul, cuando van al taller de tu padre, no pagan nunca, sino que se consideran exentos de las obligaciones de la gente normal. Y luego, cuando vives cuarenta años con Franco, pues en fin. ¿Cuántas veces habré tenido que levantar la mano y cantar el Cara al sol? En la escuela, cada vez que había alguna conmemoración por algún aniversario, íbamos a la catedral y teníamos que levantar la mano y cantar el Cara al sol. Yo cantar no cantaba, pero la mano sí la levantaba, porque si te veían la mano baja te la subían a la fuerza y era peor. Estaba por allí el profesor de formación del espíritu nacional bien atento. Más que formación, aquello era forjación: nos forjaban a mano, a la fuerza, como en las buenas forjas.

-¿Es verdad que el PSOE llegó a proponerle ser candidato a alcalde?

-Sí, y a senador. Siempre he estado cerca del PSOE y me han propuesto muchas cosas, pero siempre he dicho que no. Cuando me propusieron ser alcalde, les dije: «A mí me hacéis alcalde y yo me conozco: aquí no se mueve ni dios. Para empezar, los coches tendrían que desaparecer de la ciudad, porque la ciudad es para los peatones y si yo mandara en algún sitio obligaría a que los coches se quedaran a las afueras. Llegado un punto determinado, línea roja y sólo pasan los peatones para que vayan a la playa o a pasear o a donde les dé la gana, pero no en coche. Y de hecho, a los ciudadanos también los voy a tener controlados; tampoco van a poder ir por donde les dé la gana, porque hay gente que quiere la ciudad para ella sola y eso tampoco puede ser. Si me ponéis de alcalde voy a hacer todo eso y vais a durar cuatro días... era la época del boom de los coches, cuando todo el mundo en cuanto juntaba un dinero lo primero que se compraba era un coche... así que vosotros veréis» (risas). No, en serio, a mí el poder nunca me ha interesado, porque he visto a otros y a otras que primero rechazaban el poder pero cuando lo tenían no lo querían soltar. Recuerdo que, cuando estaba en el Instituto Jovellanos dando clases, en un momento dado se empezó a elegir al director por votación del profesorado. Me votaron a mí, dije que no, votaron a otra profesora y tampoco quería, pero al final dijo que sí. De hecho, esta profesora me decía: «¡Joder, vaya faena que me has hecho no aceptando!». Bueno, pues luego no quería dejarlo. Le tomó gusto a eso de mandar (risas). Y es humano, ¿eh? A todos nos pasaría: yo, cuando me ofrecieron lo de senador, pensaba en una de esas tarjetas de visita que dijera «Alejandro Mieres, pintor y senador» y me decía: «A lo mejor me ayuda a vender algún cuadro, seguro que la gente quiere tener un cuadro pintado por un senador» (risas). Pero precisamente porque a todos nos pasaría yo nunca he querido aceptar nada. Se erige uno en un déspota en cuanto se descuida.

-¿Sigue pintando?

-De vez en cuando hago alguna tinta, sí. Óleos, hace tiempo que no trabajo, porque tengo todos mis aparatos en mi estudio, que está allá en el campo, en el alto de la Madera, y hace ya mucho que no voy por allá. Podría traer las cosas aquí sin problema, pero parece que cuando te acostumbras a hacerlo en un sitio...

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